Ya nos vamos levantando después de una escasa hora de siesta. Nos vestimos para la ocasión y cenamos brevemente. Con el atuendo, todos juntos parecemos un grupo de rock alternativo, los miro y me hacen gracia, sin lugar a dudas al que le hace un estilo más curioso es a Bob.

No creo que en su día a día anterior vistiese así, desde luego que sería una sorpresa. Vamos a ir abajo a preparar el curioso convoy. Al bajar Jared dice:

-A ver, el primero en salir serán Tomo y Bob con la furgo.- Nos pasa unos walkietalkie, bueno a mí no, a Bob y a Shannon. –Seguramente os toque abrir paso entre esos cadáveres andantes. Despacio y apartándolos, no los golpeéis de lleno, pasad lentos y poco a poco, aporrearan los laterales, pero es la única forma de pasar. Si dañamos los vehículos en los primeros metros, no duraremos ni un asalto.

Los demás asentimos con la cabeza, los nervios se palpan en el ambiente. Es la primera vez que vamos a salir de aquí a hacer un camino largo, no una incursión en el terreno y volver. Sabemos que nos vamos, pero no si volveremos. En poco tiempo le he cogido cariño a este sitio, como las cosas que tira la gente pueden ser el medio de vida de otros. Esto te hace pensar. Las cosas no son inútiles, como mucho, son menos útiles para ti en ese momento.

Después del consejo de Bob de evitar las autopistas como sea, nuestro camino es la Nacional II en dirección a Girona. Son unos ciento diez kilómetros al norte, la dirección que siguieron los refugiados que se dirigían a Francia. Seguro que el camino está muy concurrido.

Como no sabemos si nos encontraremos controles militares por el camino, en caso de redada o acecho del ejército, el plan consiste en dispersarnos y mediante los walkies volver a encontrarnos en algún punto común.

Tenemos que salir ya del desguace, todos montados en los vehículos, esperando indicaciones de Jared desde los walkies, él lleva el mando de la verja de fuera, ahora nuestras conversaciones se mantendrán por estos aparatos menos con Shannon lógicamente.

-Vamos chavales, nos queda una noche movidita. –Suena con voz metálica.- Motores encendidos, luces y acción.

Los motores de todos los vehículos, retumban en la salida del garaje, el sonido de mi pequeñín es sorprendente, esos miserables golpean con una furia extrema las chapas exteriores creando un ambiente terrorífico e intimidatorio de primer nivel.

Se abre la puerta y Tomo asoma el morro con intención de que no entren dentro pero su intento es en vano, se cuelan entre los vehículos y nos amenazan al lado de las ventanas. Los golpes en el coche de Jared son brutales, ha tenido la mala suerte de ser objeto de dos gules jóvenes y muy enfadados, menos mal que a uno de ellos le falta un brazo.

-Tomo acelera el paso o me comerán vivo.- Dice Jared.- Vamos.

Tomo sale del desguace y va arrastrando a todos los seres que salen a su paso, como pasamos lentos los vemos de cerca. Esos cadáveres andantes son terroríficos, gruñen sin parar a nuestro paso e intentan agarrarse a los vehículos. Uno de ellos, se ha agarrado al limpia parabrisas trasero del Integrale y se lo ha arrancado.

Menos mal que hemos recogido los retrovisores, que te rompan el limpia trasero no tiene demasiada importancia, pero un retrovisor es más jodido y más ahora que tenemos que estar al acecho de cualquier cosa que pasa a nuestro alrededor.

Tomo ha pisado uno a juzgar por el movimiento de la carrocería de la Sprinter, como mi coche y el de Jared son mucho más bajos que la furgoneta, Jared para no desviarse demasiado del surco entre esos seres que está abriendo la Mercedes ha decidido pisarlo de lleno con las ruedas de la izquierda, el coche se levanta de un lado y no daña las piezas que podría tocar en caso de pasar por encima.

Hago lo mismo, Shannon arruga la cara cuando escucha el sonido del cuerpo al ser pisado, es como pisar una gran bolsa de salsa con huesos secos, que revienta al presionarla. Es indescriptible.

Al lado nuestro hay un tipo, de cerca de treinta años que me está poniendo muy nervioso, gruñe sin parar al lado de mi ventana y restriega sus manos por el vidrio, miro hacia delante impasible, mientras Shannon cada vez agarra más fuerte se barra de acero.

-Tío, esto es una locura, como a uno de estos mierdas se le ocurra golpear un cristal y lo rompa, nos destrozarán vivos. –Me dice mientras agarra el walkie para decir algo. –Chicos, esto es terrorífico ¿no podríamos aligerar el paso?

-Dímelo a mí que estoy en primera fila. Salen de su trance cuando me ven, se enfurecen y colocan a los lados. Tendríais que ver la cara de Bob.- Dice Tomo con la voz temblorosa.- Pero ya veo el final, acelero un poco la marcha, vamos.

El vehículo industrial avanza entre la multitud cada vez más rápido, los imbéciles del Hotel California se han dado cuenta ahora que tenían vecinos sin saberlo. Están asomados mirando como nos vamos por la lejanía, hay mucha gente asomada en las ventanas del edificio, si quieren una vida mejor, seguramente tendrán que marchar de ahí.

Al fondo se ve el final del gentío, por mucho que nos sigan íbamos más rápidos que ellos. Acelera Tomo, hace lo propio Jared y habla por el walkie:

-¡Ganamos uno a cero!¡Venga que ya nos queda menos! –Dice Jared riéndose con esa voz metálica que dan estos comunicadores.

Nos quedamos de piedra cuando vemos a Jared parar delante de la entrada principal del Hotel California. Baja corriendo del vehículo, abre el maletero y saca una bolsa grande de basura con algo pesado dentro. La coge como puede y la lanza dentro por encima de la valla, a continuación hace sonar el claxon varias veces al montarse y nos vamos.

-¿Qué has hecho Jared?- Pregunta Tomo.

-Un regalo para nuestros vecinos.- Dice Jared.

-¿Cómo? –Shannon no sabe de que habla.

-Era la carne de los congeladores, al menos que la aproveche alguien ¿no? –Dice riendo.

Nos ha dejado a todos parados, es la forma de ayudar un poco a las personas que están allí dentro, ha sido un gran detalle por su parte. Espero que esos idiotas lo valoren, aunque lo dudo la verdad. Emprendemos de nuevo el camino.

Vamos por carretera abierta, a nuestra derecha una mujer está cenando algo tirado en el suelo. Shannon saca la barra por la ventanilla abierta y le golpea en la cabeza a ese ser con fuerza.

Miro por los retrovisores, que ya hemos abierto, veo como su testa vuela por los aires y el cuerpo cae desplomado al lado de eso que se estaba comiendo.

-Jódete, bicho inmundo.- Dice con toda la rabia del mundo.- He pasado mucho miedo al salir de casa, tío.

-La verdad, es que ha sido terrorífico. Menos mal que ninguno le ha dado por golpear los cristales. Habríamos tenido problemas de verdad.- Le digo absolutamente convencido.

Seguimos por la carretera con el convoy, nos hemos colocado segundos a petición de Jared y él va detrás nuestro. La transición hasta la entrada de las rondas es tranquila, no vemos más de esas cosas por aquí, ya que con lo que llaman la atención nuestras luces en la noche, ellos nos ven desde  bastante lejos.

La oscuridad no es total, hay zonas de la ciudad donde se ve que el iluminado público funciona, no pasa lo mismo con los edificios que son columnas negras sin ningún tipo de iluminación. Según vaya cayendo la noche, se nos verá más aún.

Pasamos por encima de la Zona Portuaria, aquí parece que se está cociendo algo. Nos fijamos detenidamente y se puede ver que los militares están abriendo fuego contra alguien.

-Mirad, mirad. Ahí abajo hay guerra.- Dice una versión metálica de la voz de Jared.

Los militares van retrocediendo y abren fuego contra algo que cuando se ilumina el ambiente debido a los disparos dibuja la figura de miles de gules, deseosos de matar a sus contrincantes. Un gran barco con focos grandes iluminando la contienda, hace sonar una sirena como las que solo he escuchado en las películas bélicas.

Según están más cerca de la nave, van entrando hacia el interior del barco y quedan menos soldados para detener el avance de esos indeseables. Es una versión a escala de lo que no nos gustaría que estuviese pasando en todo el mundo, ellos avanzan, nosotros retrocedemos y tenemos que abandonar la tierra bajo la presión de una derrota inminente. Es lo que se vive en las batallas contra ellos.

Hemos parado ante aquella imagen, la imagen de la derrota de los nuestros. Da igual nuestra tecnología, nuestras armas, nuestros barcos, esto tiene toda la pinta de ser una batalla perdida. Las luces de freno de la Sprinter, nos hace seguir parados hasta que noto unas ráfagas en la parte trasera del pequeño italiano. Es Jared.

-Señores, aquí no hay nada que ver, sigamos nuestro camino. Rezad al Dios que creáis que existe porque es lo único que podemos hacer por ellos. –Dice con un gran pesar en la voz.

La carretera está colapsada de vehículos alrededor, solo queda un carril, por el que pasamos, pero que dado el caso no nos permitiría dar la vuelta. Es muy estrecho. Bob dijo que esta era la mejor zona para escapar, lo había oído en el polideportivo, era la ruta que usaba el ejército o los cuerpos del estado porque al pasar al lado del mar y las vías del tren era el que estaba mejor comunicado.

Parece que el escándalo que montan las unidades del ejército ha atraído a esos seres hacia donde hemos visto que estaban, porque por aquí no se ve ni uno.

De vez en cuando un vehículo militar semipesado anuncia que no hace mucho, los humanos han intentado tomar la ciudad. Pero no lo han conseguido, porque durante el camino, hemos podido ver barreras militares traspasadas, barricadas hechas con alambre de espino arrastradas e inservibles.

Si lo que menos sienten es el dolor, como se les ocurre usar esas cosas para intentar detenerlos, en fin. Siguiendo por el camino, otro semipesado abandonado, pero este es diferente, tiene las luces encendidas. Así que debe hacer poco que está aquí, pasamos por al lado.

-Dejadme que pregunte si están vivos.- Dice Tomo.

Supongo que después de lo visto, se siente en deuda al menos de comprobar que está pasando. La noche es negra, no se ve nada a los lados a más de dos metros y estamos rodeados de coches. Lo curioso es que a diferencia de los que perecieron delante del desguace, no hemos visto ninguno dentro de los vehículos.

Puede que sí que hayan, pero desde luego que no se  han anunciado, ya que Tomo va mirando a los cristales de una forma casi obsesiva. En cuanto aparezca uno se va a dar un susto de los buenos.

-Hola, ¿hay alguien?¿podemos ayudar? –Pregunta Tomo con una voz entrecortada que no escuchamos muy bien.

De repente me da por mirar atrás, el reflejo de las luce rojas de freno, crea un ambiente fantasmagórico detrás del convoy. Miro fijamente y veo como se acercan un gran surtido de cuerpos tambaleantes que se aproximan a la trasera de Jared, más rápido de lo que desearíamos.

-Chicos, chicos acelerad. Zetas por detrás, corred vamos. –Digo bastante nervioso.

Tomo no se mueve, parece que no nos ha escuchado.

-Tomo, vamos. Jared los tiene encima.- Le digo apresuradamente.

Arranca y escuchamos como golpean el coche en la parte trasera. Cuando pasamos por al lado del vehículo, me doy cuenta qué miraba Tomo. Un soldado sentado, apoyando la espalda en la fría carrocería del vehículo, se sujeta una herida que tiene en el cuello, intentando evitar que la hemorragia lo desangre.

Creo que ya es tarde para eso. Lo miro fijamente, hipnotizado ante la imagen de aquel chico joven, malherido que estamos dejando atrás, él me ve, aún consciente me mira y levanta el dedo pulgar de su mano derecha a nuestro paso. Es un cúmulo de emociones muy grande.

Las batallas que se han librado aquí han sido feroces y al parecer hemos sido derrotados. Lo mejor que se puede hacer para sobrevivir es pasar lo más rápido posible por zonas infestadas. No tenemos ni la misión ni el armamento adecuado para plantarles cara y los que sí lo tienen, al parecer no son capaces. Es muy triste. El paso por el resto de las rondas está siendo bastante más rápido, sin hacernos los héroes.

Sin parar, sin preguntar, solo actuando como mero espectador. Para ojos ajenos, puede que nos tilden de cobardes, pero me gustaría verlos aquí y ahora. Noche intensa y oscura, las zonas sin luz son cada vez más comunes. Puesto que no sabemos si el camino más adelante estará cortado, visto lo angosto que es cada vezmás, Tomo ha traspasado las balizas que delimitan los carriles de entrada y salida de la ciudad.

Ahora mismo, somos un convoy en dirección contraria, un kamikaze en toda regla,  que visto desde uno de los edificios apagados, donde he decidido no mirar más, debe ser una especie de gusano de luz. No quiero ni llegar a imaginar lo que pensaría alguien que nos estuviera viendo desde uno de los bloques. Desde la seguridad de su casa, esperando a que esos que huían en el puerto vengan a rescatarle. Solo de pensarlo, me estremezco.

La imagen de la ciudad arrasada es estremecedora, hace muy poco tiempo, esta era una de esas ciudades que no duermen, donde por la noche la gente iba a hacer unas copas, al teatro, al cine, se divertían y lo más importante, vivían. Ahora por culpa de cuatro miserables que querían hacerse ricos con lo más inútil que ha inventado la humanidad, la guerra.

Todos los sueños, proyectos e ilusiones de los seres humanos que pasaban su vida aquí, han sido truncados.

Seguimos por la carretera, llevo la radio puesta pero muy baja de volumen, son unos informativos muy secos y ariscos. No son locutores profesionales, parecen ser órdenes de algún tipo de aviso de catástrofe y no para de repetirse hasta la saciedad.

No dice nada que no sepamos ya, el Gobierno hace día que se saturó y como no podían negar que la infección estaba en la calle, solo llamaban a la calmaadvirtiendo que cualquier persona que tuviera los síntomas, fuera al hospital para ser tratado.

Están más pendientes de arreglar la situación con los franceses en la frontera que de encargarse de su propio pueblo. Qué triste, me gustaría ver donde están ahora, mientras militares mueren y nosotros cruzamos la ciudad.

Según vamos saliendo de la zona urbana más céntrica, aparecen más de esas cosas, los alrededores son más peligrosos como ya dijo Bob. Según íbamos avanzando, una señora con bata en medio de la carretera estrecha por la que pasamos se ha convertido en nuestro peaje particular, un peaje caro de pagar.

Tomo intentaba apartarla “cortésmente”, pero ella solo atacaba al coche, tenemos comprobado que es cuando paramos que se ponen las cosas feas.

-¿Qué hago con esta tía? No se aparta. –Dice Tomo nervioso.

Todos estamos pensando que lo que debe hacer es pasarle por encima y seguir nuestro camino. Pero es algo realmente jodido, no somos animales, la imagen de ellos, por muy cadavéricos que sean es la de personas. Tiene que tener la sangre fría, pero los demás no podemos forzar a que lo haga si no es su voluntad.

El walkie suena:

-Chicos, esto es muy bestia. Tomo la está mirando inmóvil, ¿qué hago ahora?- Dice Bob sabiendo lo que nos jugamos aquí parados.

-Joder, intenta ponerte en su sitio y apártala. Quietos somos muy vulnerables. -Dice Jared.

Un grito suena a través del walkie, es Tomo. La furgoneta se agita de un lado a otro, por debajo deja ver el cuerpo de la señora rodando y salpicando sangre negruzca hacia todas partes.

Shannon casi vomita. Hago lo mismo que con el cuerpo de antes y le paso por encima con las ruedas de mi lado, no quiero romper nada. Siento mucha lástima por la imagen mental que debe tener nuestro amigo del este ahora mismo, seguro que debía recordarle a algún ser querido y por eso se negaba a atropellar a la señora de esa forma tan fría.

Todos estamos luchando contra nuestros demonios ahora, solo que es una lucha silenciosa, que todos queremos llevar dentro como el mejor de nuestros secretos, este viaje el día de mañana será una anécdota. Ahora, intentaremos sobrevivirlo de la forma más digna posible.

Al otro lado de la entrada a la nacional hay un camión de bomberos chafando a dos coches pequeños, uno de ellos es un Smart por la silueta del chasis del lateral, inconfundible. El camión de los bomberos está ahí, pero… ¿y los bomberos? ¿víctimas también de la infección?

La entrada a la nacional es una rotonda bastante grande, está llena de vehículos, algunos con claros signos de lucha y trozos totalmente manchados de sangre reseca en la carrocería. Entre dos coches, un miserable de esos se está comiendo algo arrodillado en el suelo, cuando nos ve pasar levanta la cabeza y abre la boca amenazándonos, su mirada perdida y ojos blancos son hipnóticos.

Está cubierto de sangre por todos lados, nos advierte para que no intentemos comernos su presa, por lo que hemos visto, tienen un hambre insaciable y no paran hasta que eliminan a todos los seres vivos que tienen a su alrededor.

En muchos casos, en aquellos en los que estás más cerca de ellos de lo que te gustaría, te das cuenta que la fiereza con la que atacan sus víctimas está fuera de toda razón, porque casi siempre tienen la dentadura astillada y con dientes rotos, debido a que no miden de la misma forma que nosotros la “pasión” por morder seres vivos.

La que tuve el “placer” de ver más cercana fue la mujer de detrás de la valla del desguace mientras encendíamos en generador. ¿Habrán entrado allí dentro? ¿Qué pensarán los huéspedes del Hotel California? ¿Les habrá gustado el regalo qué les hizo Jared? Cuantas preguntas rondan mi cabeza. ¿Estará Pete llegando a su destino? Si Bob está con nosotros, se supone que irá solo.

Seguimos por la Nacional, igual que antes, en dirección contraria. Cuando vamos por el carril “correcto” es muy estrecho y tenemos que ir pegados a los coches y eso no nos gusta nada.

Por increíble que parezca, en todo el trayecto que hemos recorrido, no ha habido ningún accidente de gran consideración, algún alcance por detrás de turismos, pero poco más. De nuevo la realidad supera a la ficción, una enorme ciudad con los nervios a flor de piel, hace salir a casi todos sus ciudadanos sin causar apenas accidentes viarios.

Pero aquí la cosa cambia, una enorme hormigonera está volcada en una rotonda que tiene delante una salida de estación de tren. No puedo ver donde es y la verdad es que esto no me lo conozco demasiado.

Si te fijas detalladamente ves que se empotró contra la estación cuando había gente, por el suelo hay zapatos de mujer, alguna que otra zapatilla deportiva y un bolso abierto enseñando todo su contenido a la gente que pase por la acera.

Se puede ver un cuerpo atrapado debajo del enorme camión, es una chica joven, más de tres cuartos de su cuerpo asoma por debajo del chasis, la atrapó a la altura de los hombros, lleva unos vaqueros hiperceñidos, un solo tacón negro, su mano extendida y abierta mirando hacia la carretera señala donde cayó su móvil en el momento del percance. La sangre que baja de su cuerpo, pálido y sin vida hacia el asfalto, está negra, seca y oxidada.

Espero que ellos no estén tan afectados con las imágenes que vemos como yo, esto es un verdadero infierno. Cuando crees que nada te va a sorprender, miras a otro lado y ves que te has equivocado.

Aquí la luz sí que es nula, no hay electricidad, ni la carretera ,las calles, nada de nada. La oscuridad es intensísima y tenemos que tener mucho cuidado con las cosas que hay por el suelo para no pinchar las ruedas. Un pinchazo ahora, se me antoja bastante peligroso.

Adelantamos camino a una velocidad bastante aceptable, ir en el carril contrario ha sido una gran idea de Tomo, ya que no estamos encontrando demasiados atascos, pero siempre me pasa igual y hablo antes de tiempo.

Después de haber pasado por Mataró y ver el horrible accidente de tren, en la estación una locomotora alcanzó a toda velocidad a otro tren mientras recogía pasajeros que hicieron camino a mejor vida en vista a los enormes salpicones de sangre en la fachada del edificio.

Todos estos detalles los sé gracias a Shannon que cada vez que puede, apunta con la linterna a estos sitios de macabra estampa, no sin ganarse una reprimenda de Jared por el walkie cada vez que lo hace.

-Parad ya o no llegaremos nunca. Apaga esa linterna o nos verán esos indeseables.- No paraba de repetir Jared cada vez que mi compañero apuntaba con ella.

Sé que tiene razón, pero no lo hace por eso, pretende tenernos ausentes a este tipo de cosas para que no nos desmoralicen. Le entiendo, a mí me están afectando. Los trenes están rizados sobre sí mismos, dándole una altura a esa escultura cruel de tranquilamente veinte o veinticinco metros, es imposible pasar y no darte cuenta del terror que se tuvo que vivir allí.

Hay bastantes cuerpos tirados por el suelo, no sé si se levantaran cuando pasemos por al lado o simplemente murieron y no se infectaron. No hemos visto demasiados cadáveres sin estar “animados”.

En otra rotonda, siempre los problemas están el ellas, en Arenys de Mar un pequeño pueblo de la costa, los coches bloquean totalmente el paso. Vamos a tener que bajar a moverlos o empujarlos, no nos queda más remedio.

-Chicos, problemas gordos. El paso está totalmente cortado. Habrá que bajar y apartarlos, ¿cómo actuamos Jared?- Dice Bob.

Jared se queda pensativo unos treinta segundos:

- Vale ya lo tengo. Coged barras, poneos los guantes y cascos. Saldremos todos, dentro de los coches llamamos la misma atención que fuera, la diferencia es que fuera podemos defendernos los unos a los otros. Romperemos los cristales de  los coches que estén cerrados y quitando el freno de mano los empujamos a un lado. ¿Entendido? –Dice Jared mientras lo veo ponerse el casco.

-Entendido.- Dice Bob.

-Perfecto.- Dice Shannon.

Salimos ataviados con nuestros uniformes y en las manos las barras metálicas, los coches están encendidos y las luces puestas. Delante de ellos se ve bastante bien, Jared organiza a la gente.

-Patrick y yo apartaremos coches, vosotros vigilad, Shannon aquí sí que es práctica tu linternita.- Dice riéndose.

Me acerco a un Seat León, le rompo la ventanilla después de comprobar que no está abierto, hace más ruido del que nos gustaría.

-Siempre que puedas evitarlo, no rompas ventanillas.- Me susurra Jared mientras mueve un Peugeot 206 plata de tres puertas.

-Estaba cerrado. –Le digo excusándome.

-No. No pasa nada, solo digo que intentes evitarlo. –Me dice mientras aborda su segundo vehículo.

Llego a un Chrysler 300 C, cuando abro la puerta veo que es automático, está en la posición P y no tiene las llaves puestas.

-Jared, tenemos problemas, este coche está bloqueado.- Le digo con voz temblorosa.

-Chicos acelerad, nos están rodeando. Suben por los pasos subterráneos.- Dice Shannon.

-Ven, corre. Cogeremos un par de gatos hidráulicos, lo levantamos cada uno por un lado y lo movemos. – Me dice Jared mientras corre hacia la parte trasera de la Sprinter.

Abre las puertas traseras y empezamos a escuchar los primeros gemidos sordos de los Z, como dice Shannon, nos están rodeando. Cogemos los gatos y corremos a la parte trasera del coche parado. Lo levantamos por detrás, nos ponemos a moverlo, la ventanilla trasera del coche explota de dentro hacia fuera del habitáculo y sale un tipo de unos cuarenta años con los brazos por delante y me agarra la cazadora intentando conducirme a sus fauces, mientras da dentelladas al aire.

Sale detrás de mí cuando intento librarme de él, ha salido por la pequeña ventana, me echo hacia atrás rápidamente y cojo la barra del gato hidráulico. Él sigue agarrado a mi cazadora con una fuerza increíble, mientras me intenta morder, no puedo librarme de él, cojo impulso y le doy un cascazo en la cabeza, el muy cabrón ni se inmuta.

Lo voy apartando como puedo con las manos, la idea de ponernos equipación de moto la agradezco de una forma bendita ahora mismo. Lo sigo golpeando con lo que puedo, está colérico e intenta engancharme lo que sea. Le doy otro cascazo, cuando se aparta un poco le pongo la planta del pie en el pecho y lo tiro contra el Chrysler que ya está en el sitio correcto.

Se da un golpe tremendo, cae al suelo el suficiente tiempo para que me levante con la barra del gato y le de con todas mis fuerzas en la cabeza. Cae desplomado en un charco de sangre negra y corrupta.

Giro el coche y veo porque Jared no me estaba ayudando cuando me atacaron. Está en el suelo peleando con un gul gordo que se le ha tirado encima, por más golpes que le da, éste ni se inmuta. Le doy una patada en la cadera y se desestabiliza. Le paso la barra a Jared:

-Por favor, haga los honores.- Le digo sonriendo.

-Gracias caballero.- Me dice sujetando el larguero y postrándose hacia delante.

Le introduce la palanca en el ojo y cae desplomado al suelo hacia atrás haciendo un ruido espantoso a líquido derramarse. Nos giramos en dirección a ellos y están en una situación parecida a la nuestra pero se les da mejor. Empujamos a un par de ellos y nos montamos en los coches.

Tomo también se monta en la furgoneta, emprendemos la marcha al fin entre gritos de alivio y acumulación de tensión descargada.

-¡LO HEMOS CONSEGUIDO!- Grita Tomo por el walkie.

-¡SOMOS LOS AMOS JODER!.- Le sigue Shannon.

Seguimos pasando por los pueblos de la costa, nuestra técnica es la misma que por la ciudad. Dirección contraria se conduce mejor.

No hemos encontrado más bloqueos como el de Arenys, solo en la entrada de Blanes había un poco más de densidad, pero Tomo con muy pocas ganas de volver a bajar del vehículo, los ha empujado con la defensa delantera de la Mercedes que se ha portado increíble. Va muy cargada, pero no le importa.

Hemos seguido viendo muchas cosas de esas, es más, menos en los pueblos más pequeños y alejados. Habían unos cuantos por las carreteras principales, espero que en Tossa, al ser un pueblecito pequeño y más alejado por esa carretera que no es el mejor de los accesos, esté mejor. El camino ha sido muy lento y complicado pero en menos de una hora estaremos allí.

Amanece un día precioso, espero encontrar lo que busco.

 


 

Bob estaba famélico, mientras comía algo que le hemos preparado le he estado bombardeando a preguntas. Él debía saber mucho de todo lo que había pasado o pasaba allí de donde veníamos. Tomo y Shannon se han quedado fuera vigilando que no haya nadie más de los que somos. Jared está tumbado en el sofá, creo que duerme.

 

-¿Quién te ha hecho lo de la cara?

 

-Esos cabrones del orfanato, intentando sacarme información de tu hermano. Lo único que les di fue el e-mail, me estaban amenazando con echarme a una de esas cosas encima, creía que después podría avisarle, pero tiene el teléfono apagado. Si tenías entendido de que aquel centro era un centro público como pensaba tu hermano, estáis equivocados. El centro es propiedad de la Iglesia, que se lo alquilaba al Estado pero que ambos decidieron utilizaros a vosotros para un tercero que experimentase armas biológicas, mutaciones de adn, sueros para los ejércitos y yo que sé más. Con el tiempo, esa empresa se la quedó la Santa Sede, era una mina de oro. Les estaba dando beneficios brutales. Nunca pensaron que podría pasar esto, no conocen la ley de Murphy.

 

-¿Y tú que pintas en esto?

 

-Tu hermano contactó con una ayudante mía, espero que esté en la redacción con los demás. Nos conocimos, nos caímos bien y se quedó unos días conmigo para escribir el artículo que te sacaría de aquel infierno. Veo que no hizo falta.

 

-Entonces… ¿Él me buscaba a mí?

 

-No hacía otra cosa, las noticias, los periódicos, Internet… se pasaba el día leyendo artículos sobre el orfanato por si veía que estabas entre los supervivientes o los demás.

 

-¿Cómo te enteraste de que le han tendido una trampa? –Jared se incorpora y acerca el sofá hacia nosotros.

 

-Cuando me sacaron la dirección del mail, con mi teléfono, ese perro sabueso del vaticano, un tío con acento italiano y pinta de mafioso, escribió delante de mí el mensaje para tu hermano. Han quedado mañana sobre las doce del mediodía en Tossa de Mar, Girona. En la entrada del pueblo. Quieren matarle y creo que a ti también. Lo que él no sabe es que su jefe está muerto ahora.

 

-¿Y eso?¿Cómo que su jefe ha muerto?

 

-Para sacarme la información, el italiano, me amenazaba con un podrido que tienen atado a un cable en una habitación. Cuando sucumbí a la presión,el padre del que no me acuerdo su nombre, me estaba dando una paliza con un puño americano, el ser estaba excitado y violento al ver como aquel tipo me golpeaba. El italiano lo llamó para explicarle como habían quedado tu hermano y él, yo lo escuchaba todo. Siempre he tenido mucha flexibilidad y conseguí sacarme las bridas que hacían función de esposas que no apretaron lo suficiente. Al entrar a seguir zurrándome le puse la zancadilla, cayó a los pies de ese cadáver inmundo, él no desaprovechó la oportunidad y lo destrozó allí mismo. Corrí como un desesperado para salir de aquel sitio donde llevaba no sé cuantos días. Pude escapar.

 

-¿Entonces te buscan también a tí?

 

-Yo no diría eso. Si cayera a sus pies, me matarían encantados eso no lo dudo, pero perder el tiempo buscándome, no creo. Tienen cosas mucho más importantes en que pensar, su jefe ahora pertenece a las hordas de gules que campan por el mundo en busca de algo que destrozar. A más, mientras escapaba, escuché como hubieron más ataques. Ya que antes de salir de las instalaciones, solté a un par de esos que tenían atados en las camas para investigarlos. Necesitaba desorden para poder huir. Lo siento si por culpa mía, algún inocente salió herido o peor.

 

-Joder. ¿Entonces qué hacemos? Yo quiero salvar a mi hermano y encontrarlo.

 

-Yo me apunto. Fui quien le dijo a ese mercenario el mail y es mi responsabilidad, mira este es su número, si quieres intentar llamarlo. He estado llamando como un loco desde una cabina y no da señal.- Dice mientras se acaba la última pechuga de pollo frito.

 

-Jared ¿cómo lo ves? ¿Podrías dejarnos un par de motos? –Le pregunto.

 

-Espera, espera. Yo no voy en moto con esas cosas por ahí sueltas ni loco. En el polideportivo escuché un montón de veces que en los alrededores de la ciudad hay muchos más. La gente, lo primero que hizo es huir y en muchos casos se transformaron en las pequeñas poblaciones del extrarradio. Los hospitales de los alrededores de Barcelona eran un caos, gente que se ponía enferma en su trabajo, de visita a sus familiares porque la empresa donde trabajaban había cerrado por precaución a que no hubiesen más infectados, los que se ponían malos en las caravanas de huida, imaginad el panorama…

 

-Espera, espera señor periodista. ¿Quién ha dicho que nosotros no vamos? –Pregunta Jared a Bob.

 

-Pero… Vosotros estáis seguros aquí, tenéis agua, comida, luz… -Le digo pensando que ellos preferían quedarse.

 

-¿Tenemos pinta de que nos guste la seguridad? –Dice Jared mientras me agarra la cabeza y me alborota el pelo riéndose. –Nos vamos todos de excursión. –Dice con claro sentido para que le escuchen los otros dos que están fuera vigilando.

 

-Por nosotros, perfecto.- Confirma Shannon asomándose por el hueco de la puerta que queda entreabierta.

 

-Decidido. Salimos en cuanto tengamos preparados los vehículos, chicos, nos llevamos la Sprinter también. Habría que meter uno de los bidones grandes en la parte trasera de la furgoneta lleno de gasolina y las dos motos de competición, no creo que nos detengan por circular sin matrícula. Las dejaremos dentro por si nos hacen falta más adelante. Quién sabe. Todos poneos monos de piel de moto, eso evitará si nos atacan que atraviesen la piel con los dientes. No os olvidéis de zapatillas cómodas, porque habrá que correr, seguro. Coged algo de comida, lo que no sea perecedero y agua, unos cuantos bidones.

 

Nos ponemos todos en marcha, siempre intentando que no nos vean nuestros amigos del Hotel California, que han vuelto a practicar el tiro al Z. Bob se ha llevado un buen susto cuando han disparado por primera vez, le hemos explicado de que va la historia y con una mueca rara los ha insultado como hemos todos esta semana. Se ha aseado y ahora parece una persona respetable, desde el taller casi se escuchaban las quejas al curarse las feas heridas de la cara. Hemos metido un depósito grande en la Mercedes-Benz de carga, gasolina noventa y cinco, simplemente porque es más compatible con todos los vehículos. La Sprinter que es el único diesel la hemos llenado hasta los topes de gasoil, al ser una herramienta de trabajo su autonomía es elevada. Metemos las dos motos y las atamos fuerte, damos por sentado que será un viaje movidito. Tomo ha cogido la defensa delantera de barras de acero de un Nissan Patrol GR y la está acoplando al morro del vehículo industrial. Es un manitas.

 

Jared está instalando unos grandes faros Carello en el frontal del Integrale, es una pieza específica y la ha montado en veinte minutos, me acerco a ayudarle.

 

-¿Quieres qué instalemos unos en el tuyo?-Me pregunta mientras aprieta los últimos tornillos.

 

-¿El mío? –Pregunto extrañado.

 

-El 500. Lo llevarás tú. –Me dice .

 

-¿Yo? No es que no quiera ni mucho menos pero ¿porqué yo? –Pregunto ilusionado.

 

-Tomo y Bob irán en la Sprinter, para abrir camino. Tú y Shannon en el 500, es pequeño y será ideal para comprobar los caminos, en caso de ataque Shannon podrá ayudarte. - Me dice acabando su tarea.

 

-¿Y tú?- Le pregunto aún y sabiendo la respuesta.

 

-Me quedaré en el Lancia, no me importa ir solo. No puedo dejar el coche de mi padre aquí, no es solo un montón de acero para mí. Lo de los faros, te lo digo porque durante la noche vamos a necesitarlos, si salimos mañana por la mañana puede que no lleguemos. Haremos noche en la carretera. Si queréis echar una siesta de media hora o una hora, hacedlo. Estar descansados es importante para todos. Un compañero adormilado es muy peligroso, esas cosas no descansan.

 

De vez en cuando nos asustamos, al parecer estamos haciendo más ruido del que deberíamos, porque a veces nos escuchan los podridos de ahí fuera y golpean las paredes de chapa desde el exterior. No hemos visto nada de lo que sea que ha entrado en el cementerio de coches, desde el apartamento de encima del almacén se ve prácticamente todo el terreno y aunque los coches achatarrados dificultan la visión, no hemos visto nada de nada. Eso me mosquea más.

 

Según vamos acabando las tareas que teníamos que preparar para el viaje, se van a asearse y echar una pequeña cabezadita. Tomo, Shannon y el exhausto Bob ya han subido hace cosa de un cuarto de hora. Jared y yo, acabamos la instalación de los faros de la Sprinter y del 500, le dan un aspecto demoledor, bueno en realidad lo acaba él, yo he estado haciendo unos adhesivos grandes con formas de calaveras con un rollo de vinilo que he encontrado en el taller. Las he recortado y ahora pego la última. Jared se levanta de instalar cables y me dice:

 

-Perfecto. Vamos arriba a echar una cabezadita y nos vamos.  

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Llevo más de media hora leyendo el mismo reportaje en la pantalla del ordenador portátil de Jared, lo he repasado al menos diez veces. Me parece increíble que Pete haya contactado con alguien interesado en nuestra historia. Para bien o para mal, este suceso nos va a hacer famosos, además se llevó los documentos del doctor, es el mejor.

Ellos, llevan un rato hablando sobre qué hacer, el panorama aquí es el siguiente: gracias a nuestros esfuerzos, el desguace es un buen escondite, tenemos agua, generador eléctrico que nos ayudará a conservar la comida que hay en los congeladores y mucho carburante, pero unos huéspedes muy maleducados del Hotel California han convertido esto en un sitio poco seguro debido a los centenares de Z que se agolpan alrededor.

 

En otra situación, las cercas del recinto los tendrían lejos de nosotros, pero son muchos, muchísimos, de modo que si se dan cuenta que estamos aquí, no les costará demasiado tirar la valla con su propio peso. Cuando uno de ellos nota la presencia de cualquier animal vivo, hace poco mirando por el agujero del armario los vi perseguir un perro, emite ese gruñido gutural ahogado por líquido y los demás al escucharlo corren a destrozar a ese pobre infeliz.

Tenemos que ser más cautos que nunca. El imbécil del tirador, lleva rato sin disparar, está fuera asomado buscando a alguien, supongo que al tipo que dice que vio. En contra de todo pronóstico, los no muertos no se mueven de la zona, alguno llamado la atención por algo que se mueve en el bosque desaparece pero también se están incorporando nuevos. En total, están los mismos que ayer en número. Dentro de los coches también hay, algunos inmóviles y otros que dan sacudidas en el asiento del conductor, del que no se pueden liberar debido al cinturón de seguridad.

 

Cuando salgo de mi trance literario, me acerco a ellos. Ya lo he leído bastantes veces hoy.

 

-¿Qué vamos a hacer Jared? –Pregunto.

 

-No lo sé Patrick, hagamos lo que hagamos tiene que ser una decisión de todos.- Me responde mientras me pone una mano en el hombro.

 

-Me gustaría ir a la redacción, ese tipo sabe muchas cosas, quiero hablar con él. –Le digo mirando al suelo.

 

-Lo entiendo, chaval. –Dice Jared.

 

Tomo interrumpe la conversación mirando a Shannon y buscando su complicidad ante lo que va a decir.

 

-Decidas los que decidas, estamos contigo. Somos una familia, extraña pero una familia al fin y al cabo.- Concluye con una sonrisa en sus labios.

 

-Dinos como podemos ayudar a Patrick y haremos lo posible.- Dice Shannon respaldando la opinión de Tomo.

 

-A ver que os parece esto, Patrick y yo vamos a la redacción con las motos, preparad el Lancia y el 500 por si tuviéramos que ir a buscar a su hermano, echadles gasolina y coged todo tipo de barras metálicas para defendernos, no tenemos armas de fuego, así que tendremos que apañarnos con eso. Patrick, prepárate con el mono de piel de las motos y casco, tendremos protección contra esos miserables. ¿Qué pensáis? –Jared está decidido pero pide opinión.

 

Los chicos se miran y asienten con la cabeza. A ellos también les parece buena idea. A mí, naturalmente me parece lo más correcto, quiero encontrar a mi hermano pase lo que pase y si muero en el intento, no será en vano. Pero por otra parte, me sabría fatal que les pasase algo a ellos.

 

-Por mí, perfecto Jared. Tienes todo mi apoyo.- Confirmo.

 

Le damos una última ojeada a las noticias de la televisión, desde hace horas son las mismas, la programación normal ha sido interrumpida de forma definitiva y las últimas novedades hablan de toque de queda en la ciudad, accesos restringidos y que los tribunales y bancos dejarán de estar operativos. Ya que han sido los últimos en quedar, los negocios pequeños ya cerraron sus puertas por miedo a los saqueos.

Las fuerzas del orden dejaron de ser las que mandaban en la calle, donde la muchedumbre colapsaba avenidas y destrozaba todo a su paso. Seguro que son los de siempre, cuatro exaltados que aprovechan el caos para montarla, ya que no se habla de los infectados. Un corresponsal que está atrincherado en un piso, en el que el balcón da a la calle habla de presencia militar esporádica y que ya se puede hablar de ciudad fantasma por el poco movimiento que hay. Quien lo diría hace solamente un mes.

 

Bajo al taller a buscar la indumentaria para los dos, mono de moto, guantes, botas y cascos. El ambiente ahí fuera es hostil. Jared baja y empieza a vestirse, se pone su mono negro y su querido casco Arai de Mike Doohan. Cojo una tubería de acero con un racor en la punta que hace un poco de curva y contrapeso, me lo coloco cruzado en la espalda a modo de espada samurai, es un poco incómodo pero necesito tener algún artilugio para golpear.

Las dos motos tienen los depósitos llenos y mi maneta del embrague sigue rota, joder, no la he arreglado. Me servirá para acordarme de que ahí fuera, lo mejor es estar atento a todo. Me coloco mi casco Diamondback y me preparo para otra incursión en el infierno.

 

-Saldremos por la valla trasera, que da al bosque, bajamos con las motos sin encender el motor y así no se nos escuchará, no solo para los podridos, sino también para los distinguidos huéspedes del hotel.- Dice mientras se ajusta los guantes.

 

Shannon y Tomo, nos desean suerte y meten los coches poco a poco en el taller para prepararlos sin encender el motor. Más vale prevenir, si tuviéramos que ir a buscar a Pete lejos, no podríamos ir con las motos, ya que no son seguras para recorrer una distancia larga. La cobertura que puede dar una carrocería, nunca será comparable a la de una moto, por mucho que sea más rápida y fácil de manejar en una colapsada ciudad.

 

Empujamos las motos apagadas por el cementerio de coches, pasando por detrás de los vehículos más grandes para que no se nos vea, Jared desmonta los tensores de la alambrada y la enrolla sobre sí misma, voy vigilando que no se nos vea y que por fuera no hayan cadáveres andantes. Jared se monta en la moto y baja la visera.

 

-Vamos, chico. Nos queda un buen trozo.

 

Bajamos el bosque encima de nuestras monturas sin encender el motor aún, me voy retorciendo como una anguila, el tubo en la espalda es realmente un incordio. Jared ha cogido un candado de moto flexible, es como una cadena pero más gruesa y recubierta de goma semitransparente azul, Tomo le fabricó un contrapeso para la punta. La lleva atada a la cadera, podría llevar una igual con el tiempo que he tenido allí para fabricar una. Vemos la carretera al fondo, es la autopista que veíamos desde el desguace, definitivamente está impracticable, los vehículos se agolpan de un modo que no sé si podríamos pasar ni con las motos. Lo que está claro es que si nos saliera un atacante sería prácticamente imposible escapar. Esa idea la deshecha Jared. No hay autopista.

 

Él se conoce la ubicación del edificio exacta donde vamos debido a que una distribuidora de recambios de la ciudad está justo al lado. Pasamos por el paso de tierra paralelo a la autopista, ya que ésta se encuentra sobreelevada hay un túnel para cruzarla, me hace un gesto para que encienda el motor. Al pasar por debajo el eco anuncia de nuestra presencia de una forma que me sorprendió hasta a mí, él me indica que pase sin acelerar. El otro lado de la carretera, abre un paisaje desolador, al fondo hay un acceso a un polígono industrial y en las calles de entrada a las fábricas hay un centenar, puede que más, de esas cosas, quietas, esperantes, manchadas, dejadas y en un trance que desaparece a nuestro paso.

Aquellas figuras empiezan a girarse en nuestra dirección, en campo abierto con tanta luz creo que podremos esquivarlos. Las motos son rápidas y la carretera parece ancha. Pasamos el camino de tierra y llegamos al polígono, me acerco a Jared, a golpes de gas va esquivando a esos que algún día fueron abogados, médicos, carpinteros, electricistas y miles de oficios de los que no quedan muchos operarios en kilómetros a la redonda. Pero están muy lejos y nos da mucho tiempo a sortearlos, si la calle fuese más estrecha, otro gallo cantaría.

 

Llegamos a una carretera general que accede a la ciudad, por aquí no hay tantas siluetas tambaleantes, algunos ves pero no van en grupo, ni siquiera en parejas. Es hipnótico mirarlos, tienen un surtido variopinto de heridas, todas ellas seguidas de cuajarones de sangre negruzcos de diversas consideraciones. Los más peligrosos e insistentes son los jóvenes, en los casos que ya se infectaron de mayores, sus cuerpos que heredaron las hordas de caminantes del infierno estaban más trillados y menos ágiles. Pasas por su lado y todo que su primera reacción es el ataque más inmediato, sino lo impiden sus graves heridas, el cuerpo es el cuerpo, por mucho que el virus mantenga en vida un ser que debería estar enterrado, éste no gana superpoderes ni nada por el estilo. Tienen la misma fuerza, agilidad o incluso menos que cuando estaban vivos. Es normal, la ventaja más terrorífica que los convierte en temibles es sin lugar a dudas su total ausencia de miedo y de dolor.

 

Lo cual no significa que no sean peligrosos, es lo más peligroso que tienen,un par de ellos se han tirado a la moto de Jared dándose un golpe bestial en el suelo al no alcanzarlo, en vida habrían salido muy perjudicados, en cambio estos han seguido en el piso gruñendo cuando pasaba yo. Me estremezco solo de pensarlo. Delante nuestro un pelotón del ejército a lo lejos, creemos que están eliminando sujetos porque parece que hemos oído un disparo. Me acerco a Jared.

 

-¿Qué hacen esos? –Le pregunto.

 

-No lo sé. Espera. –Me dice mientras miramos fijamente a qué disparan.

 

Dos tipos militares andando con fusiles de asalto van abriendo portales y gritan al asomarse. Vuelven a ir a otro portal, en el tercero o cuarto han abierto fuego, corren hacia atrás y un tipo con una calibre 50 que tiene en la torreta del URO dispara a quemarropa hacia dentro del edificio. De pronto, el suelo empieza a temblar debajo nuestro, miro a Jared sorprendido, antes de poder darnos cuenta un vehículo militar pesado se postra ante nosotros, una voz enlatada sale del megáfono.

 

-Zona restringida. Ustedes no pueden estar aquí.- Se abre la escotilla superior del vehículo.

 

Jared me dice:

 

-¡Corre sígueme! –Me grita aterrorizado.

 

Entramos por las calles a toda velocidad, con el neumático trasero buscando un poco de adherencia pero sin tener suerte, la estampa debe ser de calendario de anuncio de Aprilia, dos de sus modelos más potentes corriendo por las calles de una ciudad devastada, emitiendo un ruido ensordecedor y seguidos por un pelotón del ejército gritando para que nos paremos.

Si hombre, para que nos disparéis. Tenemos que esquivar los automóviles que hay parados por las calles, dejan un espacio más grande que un carril normal, pero no mucho más, antes eran calles de más de tres por sentido. Mientras esquivamos vehículos, ellos en cambio si no les queda más remedio los arrastran o embisten haciéndoles perder más tiempo que el que empleamos nosotros para pasar por el mismo sitio.

 

A dos calles, nos hemos dado cuenta que no les hacía falta que parásemos para que intentasen afinar puntería con nosotros, un arma automática abre fuego a unos quinientos metros, vamos girando por todas la calles que nos encontramos para que durante unos segundos quedemos cubiertos por las esquinas. Trozos de cristales, cemento y materiales de la más variopinta procedencia salpican nuestros cuerpos cada vez que giramos noventa grados en otra dirección.

 

Al llegar a una calle ancha y ante la imposibilidad de seguir girando, Jared me hace un gesto con la mano para que le siga. Aceleramos a fondo y nos metemos en la entrada de un garaje que hay al lado de un portal. No nos han visto y han seguido de largo, a los diez segundos aceleramos para reincorporarnos al asfalto, ellos están al menos a un kilómetro y aunque nos vieran, que no lo creo, no podrían girar, no tienen espacio, les dedicamos un cariñoso saludo con la mano, levantano el dedo corazón. Au revoir cabritos. Seguimos por las calles con un ritmo rápido, no tan extremo como antes pero sí ligero, con esta panda de podridos merodeando la ciudad, nada más faltaría que nos matase nuestro propio ejército.

 

Vamos llegando a la manzana de la redacción, hay unas vallas amarillas de plástico alrededor del edificio, una mirada un poco más detenida nos hace darnos cuenta que unos Anibal del ejército están en la puerta del recinto. Al parecer, el reportaje no ha hecho gracia a todo el mundo por igual, vamos frenando poco a poco, Jared se ha alejado unos metros y busca algo de su chaqueta, de repente una sombra a su izquierda salta entre dos coches y se le echa encima. Le tira al suelo con la moto y ataca ferozmente el antebrazo que ha colocado para cubrirse la cara, le muerde sin parar ,gruñe y lo agita con los brazos. Mi teoría tristemente se cumple, los jóvenes son los más peligrosos. Lo está zarandeando como un muñeco, Jared es un tipo atlético, pero entre la postura de él y la rabia con la que actúan esos seres, son unos cazadores implacables, le está ganando la batalla. Saco el barrote, acelero la moto con todas mis ganas sujetando el arma con la mano izquierda extendida, cuando paso por el lado, le golpeo en la cabeza y un salpicón de sangre adorna su escondite hasta el momento.

 

Me doy la vuelta, Jared se ha incorporado, levanta la moto, está exhausto y supongo que muy asustado, le han mordido. El maldito ese, se levanta con la mandíbula colgando de un trozo de carne rojiza, vuelvo a repetir la embestida solo que esta vez con una postura imposible puesto a que le tengo que dar con la mano izquierda y él está en mi derecha. El golpe es atroz, escucho todo tipo de sonidos orgánicos aliñar las carrocerías de los vehículos aparcados, pero esa extraña postura me hace perder el equilibrio y caigo afeitando el asfalto. Cuando me reincorporo, me toco para ver que no me he hecho nada, veo a otra de esas cosas agazapada entre un Fiat Bravo y un VW Golf. No me está mirando así que cojo poco a poco mi barrote, lo levanto por encima de mi cabeza y digo:

 

-Jódete, miserable.

 

Antes de que le de, se gira y me dice:

 

-No, no. No soy uno de ellos, no me des. –Dice mientras usa sus brazos para cubrir su cráneo.

 

-Emmmm… No claro que no, no soy un asesino… -Me quedo perplejo ante aquello, la adrenalina ha estado a punto de hacerme pasar una mala pasada.

 

-No soy uno de ellos… aún… a no ser que no pueda entrar a coger mi coche.- Dice mientras apunta al aparcamiento del edificio de la redacción.

 

-¿Trabajas allí?.- Pregunto apresuradamente a ese tipo de cara ensangrentada.

 

-Sí, claro. Soy el jefe. –Me dice sin entender que importancia tenía aquello ahora mismo.

 

-¿Bob? –Pregunto sorprendido.

 

-¿Nos conocemos? .- Me mira sorprendido.

 

-Conoces a mi hermano. ¿Sabes quién soy? –Le pregunto con retórica.

 

-Claro, eres Patrick, joder qué casualidad. ¿Qué haces aquí? .-Me pregunta, mientras Jared se acerca a nosotros.

 

-¿Quién es éste?- Pregunta Jared perplejo.

 

-Es Bob, el reportero. ¿Te ha mordido? ¿Te ha pasado algo?

 

-No, no que va, gracias.- Me contesta a prisa Jared.

 

-A ver. Déjame ver.- Le digo intentando levantarle la chaqueta.

 

-¡QUÉ NO ME HA MORDIDO JODER!.- Me dice sobresaltado, nunca me había hablado así.- Lo siento Patrick no quería… no era mi intención… lo siento… -Me dice sin enseñarme el antebrazo.

 

Bob se incorpora y nos alarga la mano para estrecharla a modo de saludo a los dos. Me mira de arriba abajo, está hecho un guiñapo.

 

-A ver, chicos. Como os explico esto… A Pete le han preparado una trampa, en unas veinte horas un cabrón asesino a sueldo que han mandado los responsables del orfanato lo ha citado para acabar con él, se han hecho pasar por mí y se lo ha creído. Debemos evitarlo. –Nos dice sobresaltado.

 

Mi cara ante la apresurada noticia debe ser un poema. Voy a ver a mi hermano.

 

-Entonces ¿sabes dónde está?-Le digo perplejo.

 

-Ahora mismo no lo sé, solo me enteré que le contestó el mail y le citó allí. Estará de camino supongo.

 

-¿Dónde se han citado? –Vuelvo a preguntar.

 

-Tossa de Mar, Girona. A unos cien kilómetros al norte.

 

-Monta Bob, te acompañaré, él me salvó la vida muchas veces allí dentro y no me quedaré aquí para que él sin mi, muera. –Le digo mientras se sube a mi moto.

 

Jared mira la escena perplejo, no sé que estará pensando de esto, yo lo tengo clarísimo, me voy a buscar a mi hermano y lo antes posible además.

 

Duda por un momento pero reacciona de la forma que solo él puede hacer.

 

-Vamos chicos, que el camino será movidito.-Jared se pone el casco.- Bob sube mejor aquí, iremos más rápidos que no si te lleva Patrick. ¿No te importa verdad?

 

-No, no. Por mi mejor, tú sabes conducir mejor y más rápido con alguien detrás. –Le digo convencido.

 

Corremos por las calles de la ciudad como si nos fuera la vida en ellos, es más, nos va la vida en ello. Jared es un gran piloto y aún llevando alguien detrás, me cuesta horrores seguirle. Deshacemos el camino en menos tiempo que antes, nos hemos encontrado otro grupo de militares, pero como los hemos visto a lo lejos, Jared ha cogido un atajo y los hemos esquivado.

No deja de sorprenderme la imagen de los Z, es una imagen terrorífica. Están por todos sitios, no muy concentrados, pero sí en los lugares más variopintos, encima de la hierba de las rotondas, puentes que cruzan las rondas poseen figuras inmóviles, que miran al horizonte sin buscar nada. Solo viendo el tiempo pasar. Me estremezco cada vez que veo un niño pequeño o un anciano, son los más tristes de ver sin duda. Uno joven y ágil, mejor que no lo mires demasiado tiempo si pasas a su lado, por tu seguridad.

 

Subimos el bosque que delimita con el desguace, nuestro hogar, haciendo el mínimo ruido posible. Entramos por la verja abierta, cuando hemos pasado todos, Jared vuelve a colocar la valla en su sitio y coloca un bidón de aceite de motor sucio delante, los arrastramos entre los dos, pesa bastante. Pasamos por detrás de los coches para que no se nos vea, me asomo e indico a Jared:

 

-No está el de los disparos.- Digo.

 

-Ahora no hables Bob, tenemos unos vecinos muy especiales, ahora te lo explicamos.- Dice Jared susurrando.

 

-De acuerdo.- Bob asiente con la cabeza mientras anda por el cementerio de coches.

 

Vamos metiendo las motos poco a poco entre los vehículos, cuando me doy cuenta de algo siniestro. La huella de una mano ensangrentada sobre la ventana de uno de los coches, que está esperando para ser compactado algún día lejano, evidencia que mientras hemos estado fuera, alguien o algo ha entrado aquí. Debo avisarles, si se meten dentro de nuestra zona estamos perdidos.

Un escalofrío me recorre la columna vertebral al pensar que a lo mejor me está viendo en este momento. ¿Cuándo ha entrado? La verja estaba solo visible para alguien que estuviera realmente cerca o en su caso la empujase para ver que estaba fuera de sus tensores. Corro agachado entre los turismos hasta llegar a la verja que separa el cementerio del taller.

 

-Chicos, alguien o algo ha entrado mientras nosotros estábamos fuera, he visto huellas que no son nuestras entre los vehículos. Una mano ensangrentada en el Audi A4 plata. –Les digo visiblemente asustado.

 

-¿El de la entrada de la verja?- Me pregunta Jared.

 

-Sí, ese mismo.-Digo.

 

-Nosotros no hemos visto ni oído nada. –Dice Shannon con cara preocupada.

 

Todos me miran extrañados.

Para los que os habéis incorporado recientemente:

-Hotel California es una novela/blog que se actualiza continuamente, por eso el orden no es el correcto de lectura.

-El capítulo uno es este:  http://hotelcalifornia.blogia.com/temas/capitulo-1-hc-la-novela-zombie-.php (están todos ordenados en la izquierda el apartado TEMAS)

-Son diferentes puntos de vista del mismo hecho, por eso es tan importante el orden de lectura.

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Gracias a todos y espero que os divirtáis tanto leyéndola como yo escribiendo.

Nota curiosa: La novela está escrita íntegra en un iPhone 4, con las aplicaciones "Notas" y "Dragon dictation".

JESÚS ÁLVAREZ


Acabamos de salir de la redacción, todos se han portado muy bien, son una gente genial. Hoy el mundo se despertará con la noticia de Bob, la única crónica verdadera que se podrá leer de la mano de un periodista, se acabaron las conjeturas, las mentiras, el ocultismo, al fin la verdad llegará al ciudadano de a pie.

Nos han dado comida para nuestro viaje al pequeño pueblo pesquero de Girona, agua y muchas ganas de seguir adelante. Aunque las cosas se recrudecen mucho en el resto de Europa, según la radio, la infección está en todas partes, la palabra epidemia saldrá pronto y lo peor de todo es que será seguida por: ley marcial, restricciones y puede que Apocalipsis social. Esto es temible, realmente empezaremos a ver el resultado de este caos según vayamos saliendo de Barcelona, porque en contra de todo pronóstico es en la ciudad donde menos casos se percibe, al menos de lo que yo pensaba ver, porque las dos “operaciones salida” se han llevado casi a los cuatro millones de habitantes lejos de aquí.

El largo tiempo de incubación del virus, la mayoría han tardado más de veinticuatro horas, las prisas por salir del casco urbano y la sorprendente capacidad de dispersar la población que tienen las salidas de una gran ciudad han hecho el resto. Los trenes no daban abasto, los padres de Alba se fueron sobre vías por ejemplo, los aeropuertos han funcionado a tope, las carreteras pese a congestionarse rápidamente, han dividido su tráfico entre carreteras secundarias, nacional y autopistas (las peor paradas sin duda).

Así que nuestra opción es clara, carreteras secundarias. Nos quedan más de cien kilómetros por delante, pero lo peor no es eso, sino no saber como estará todo hasta llegar a allí. Eso es lo que realmente me preocupa. Continuamente animo a Alba para que no se agobie, lo último que necesito es una persona pesimista y desalentadora a mi lado.

Así que nos despedimos de Sara y todos sus compañeros, hemos intercambiado e-mails por si Internet es la única vía para comunicarnos, el teléfono móvil apenas tiene cobertura y encima está casi sin batería.Qué desastre. Bajamos al aparcamiento, la silueta del deportivo se adivina entre los primeros rayos de sol del día, como me gusta este Porsche, es precioso. Nos montamos en el coche, seleccionamos el destino y ponemos “Evitar autopistas”, bueno, ciento seis kilómetros en línea recta, así que acabaremos haciendo doscientos, en fin, vamos allá. Las primeras indicaciones nos envían a la Nacional II para no pasar por la autopista del Maresme, pasamos justo por debajo de la ciudad y las rondas. La Litoral es nuestro camino, qué miedo me da. De momento hay muchos coches parados en los laterales, es pleno día y si saliera alguno de esos monstruos, lo veríamos de lejos.

Pasamos justo por encima de la Zona Franca, el puerto está totalmente inoperativo, los coches siguen inundando los laterales de la carretera, algunos con las puertas abiertas y han dejado un carril bastante estrecho, al fondo veo que las han dejado los dos coches que están paralelos, ya no cabemos. Así que me he acercado todo lo posible, Alba con el bate y medio cuerpo fuera, está intentando empujarla puerta del BMW Serie 3 gris para cerrar. Voy controlando los lados para que no venga algún indeseable, ahora mismo somos una presa muy fácil.

Entre dos coches, un Ford Focus plata y una Citroën Berlingo blanca de “Ebanistería Casal” , hay un cuerpo tirado boca abajo, le falta un zapato, es un hombre, de su estómago sale una mancha que tiñe la carretera de un rojo negruzco reseco, huele realmente mal. Lo miro fijamente, mientras Alba consigue cerrar la puerta de un golpe en el lomo de la puerta, el ruido despierta al tipo y torpemente intenta incorporarse. Lo que yo no sabía hasta que escuché el grito de Alba es que en el BMW también había otro ser inmundo, que empieza a gruñir a través del cristal del coche bávaro, dibujando en el cristal un surtido de manos sangrientas.

Acelero contundentemente pasando a escasos centímetros de los retrovisores de los demás vehículos, una capa más de pintura y los habría rozado, empiezan a salir a nuestro paso todo tipo de figuras dignas de la mejor de la casa de los terrores existentes. Algunas incluso llegan a golpear la chapa con las palmas de sus frías manos, cada vez que pasa, me sobresalto. Los más impactantes son sin duda los niños, no acabo de acostumbrarme a esos seres en cuerpos de pequeñas personitas de apenas cinco años.

El sonido de la alarma de nuevo mensaje del teléfono hace dar un brinco a Alba, un e-mail, me pide permiso para abrirlo,  dice que es de Bob, que sabe donde está mi hermano y que le diga donde podremos vernos. Casi se me saltan las lágrimas, las emociones están a flor de piel y recibo la mejor noticia que me podían dar. Indico a Alba que conteste rápido antes de que se acabe la batería y le diga que en veinticuatro horas nos vemos en la entrada de Tossa de Mar, en el pequeño concesionario de barcos deportivos, al final de la carretera de curvas.Es increíble, voy a volver a ver a Patrick y Bob no ha muerto. Mi alegría es infinita ¡voy a verles mañana! Alba me da un sentido abrazo.

-¡Vas a verles al fin! Ves como no debías preocuparte tanto tontorrón. –Me dice a escasos milímetros de mi cara.

-No te imaginas la ilusión que me hace…

Según circulamos por los lados del puerto, veo que sí hay gente, vehículos militares y cuerpos de soldados se agolpan en los muelles. Si pudiera, iría a pedir ayuda, pero yo soy un proscrito.

Una mirada más detenida anuncia que están preparándose para tomar las calles con vehículos pesados y semi pesados. A buenas horas. Están formados por todo tipo de batallones, hombres a pie, con caballos y los vehículos. Deben haber venido en una fragata que está atracada en el puerto. Vamos, creo yo. Sigo pasando entre coches, solo que ahora no nos siguen esas cosas, han desaparecido por el retrovisor. Llegando a los túneles de la ronda los coches están apartados de forma diferente, marcas de neumáticos en el suelo evidencian que los han arrastrado, ¿con qué?. No lo sé, porque los golpes en la chapa de los vehículos apartados son en partes bastante altas. Puede que un vehículo militar pesado, un quitanieves, un camión…

Es siniestro pasar por aquí, una carretera tan concurrida en una ciudad tan grande y totalmente desierta es cuanto menos terrorífico. Al recorrerla de arriba abajo mientras buscaba alguien que me hiciera caso en mi reportaje, la conocí en plena vida rutinaria de la urbe, ahora en cambio, todo está parado, desierto y dejado. Es increíble lo que hacen unos días sin mantenimiento en las grandes colmenas de humanos. Cuando pasamos por debajo de puentes, los vemos a ellos, perdidos, cansados, sin saber donde mirar, ignorantes en muchos casos de nuestra presencia. Según circulamos por zonas más abiertas, en los parques se pueden observar grupos de seis a diez cadáveres andantes, despachando a alguien, podría ser cualquier cosa, un perro, un gato, un niño… Quién sabe. Alba y yo, llevamos todo el camino callados. Sé que cada vez que ve esto, piensa en sus padres, en sus seres queridos. Inconscientemente, lo hacemos todos.

Ahora me doy cuenta qué arrastraba los vehículos hacia los lados. Un camión de bomberos que se encuentra parado en medio de la carretera, justo en el cruce que divide el camino entre la Nacional II y la autopista del Maresme. Estamos encerrados, totalmente encerrados. Miro a Alba, voy a tener que salir hacia fuera. No parece que haya ninguno de esos podridos, el cruce es un paso elevado, todo y que hay coches, hace rato que estos no esconden a nadie en su interior. Ella aunque no le gusta verlos, mira al interior de los turismos para asegurarse, disimulo y no le digo nada. ¿Para qué? ¿Para ponerla más nerviosa? No vale la pena.

-Alba, voy a tener que bajar. Si esos bomberos han llegado hasta aquí arrastrando coches, yo también podré hacerlo. Sígueme con este, ¿vale? Si tienes cualquier problema haz luces, iré mirando por el retrovisor, si pitases llamarías mucho la atención, intenta evitarlo.- Le hablo mientras le cojo con las dos manos la cara y la beso para que se tranquilice.- Saldrá todo bien, hemos pasado mucho en muy poco tiempo. ¿Quién te diría a ti hace dos meses que conducirías un 911 por en medio de Barcelona? .-Bromeo.

Cojo el bate de béisbol saliendo hacia el camión, ella se cambia de asiento y cierra los pestillos, pobre, piensa que eso le resguardará de los apestosos. Sigo andando, mirando hacia los lados, algunos Z están alrededor de la zona, pero no me ven, no me hacen demasiado caso. Abro la puerta lo más sigilosamente posible, es un camión rígido Mercedes Atego rojo y blanco, con una caja grande cuadrada con persianas a los lados para sacar las herramientas y una gran escalera en el techo. Entro y lo primero que hago es mirar hacia detrás, si encontrase algo o alguien ahora, sería hombre muerto, ya que en un espacio tan reducido mi bate es inofensivo e incómodo de usar. No hay nadie. Delante del camión no hay demasiados coches hasta que el camino está libre, pero si más adelante, una vez sorteado este cruce me encuentro en la misma situación, con el Porsche no podré empujar.

Me acomodo en el asiento y giro la llave, está prácticamente sin gasoil ya que la aguja está por debajo de la última marca. Enciendo el motor con otro giro de llave, el ruido chirriante de la correa del ventilador y del propio motor, hace que todos esos miserables se giren hacia mí. Adoptan esa postura característica de tensión de extremidades, amenaza con la boca negra y se dirigen hacia mí. Acelero con fuerza hasta golpear el primer coche, por el retrovisor veo el coupé plateado cerca de mi trasera. Pensaba que arrastrarlos sería más fácil, ahora lo entiendo, los bomberos los deslizaban desde las esquinas de la  parte trasera del coche para que se girasen y luego con un golpe de volante hacia el lado contrario “aparcarlo” en el lateral de la calzada.

Los Z están cada vez más cerca, la valla, rota por una sección, debido a un accidente, les permite el paso y ya están en la carretera, pasando entre los coches aparcados a unos cincuenta metros detrás de mi. Mierda, llegarán antes a Alba que a mí. Con la técnica de aparcar coches menos elegante del mundo, los voy apartando entre chirridos de chapa, plástico crujir y pilotos romperse en un millón de pedazos. Están muy cerca y aún me quedan tres, el primero que tengo delante es un Peugeot 408 negro y amarillo, un taxi, lo aparto a un lado entre tosidos del motor del camión debido a mi prisa. Los siguientes don dos coches pequeños y los últimos de la fila, un Nissan Micra y un Smart, esos cabrones ya pueden sentir el olor de los tubos de escape del deportivo de Stuttgart. Acelero a fondo el motor diesel del camión estampándolo contra el Micra, embistiendo a los dos pequeños contra las vallas y dejando el paso libre.

Salto corriendo del camión, con mi bate de aluminio gritando y llamando la atención mientras ellos iban a exigir su presa, una preciosa rubia en un coche de menos de metro treinta de altura y ciento veinte mil euros de precio. Sigo gritando y agitando mi arma, sin ver que detrás de mí un bombero al que le falta media cara, me ha tomado por su presa. Su gruñido me hace girarme, mide al menos un palmo más que yo, me mira fijamente y se lanza hacia mí con una energía brutal. Esos cerdos, parece que conserven la agilidad que tenían en vida cuando les interesa, sobretodo al atacar. Salto por encima de los techos de los coches mientras dejan a ella en paz.

-Corre, pasa por delante y ahora te cojo. ¡Corre ahora! –Le grito sin apenas aire.

Acelera contundentemente pasando la zona del Micra y el camión de bomberos, por un segundo he pensado que no paraba yéndose sin mí, me ha recorrido un calambre por la espalda pensando en el panorama que sería. Pero las luces de freno se han iluminado, convirtiéndome en el mejor trepador de techos de coche en caravana que esquiva zombies del mundo. El bombero me sigue de cerca, el muy cabrón es el más rápido, alarga sus huesudas manos rozándome los tobillos, mientras salto como un loco, patino con la luna delantera de un Seat Ibiza y me caigo de espaldas en el capó.

Me coge con la mano el pie izquierdo y aprovecho para darle una patada con la planta del derecho. No me suelta, así que cojo el bate con la mano derecha y le rompo el brazo con un golpe seco. Ni se queja, definitivamente no siente dolor, pero el cuerpo es igual al nuestro. Así que me deja ir y aprovecho para atizarle de nuevo, esta vez en la cara, haciéndole caer entre dos coches pintando la carrocería de uno de ellos con los restos de su tez pálida y cadavérica.

Esprinto como un caballo de carreras e intento abrir la puerta del coche, lo ha cerrado desde dentro, busca el botón de desbloquear los seguros y me siento en la plaza del copiloto.

-Vámonos de esta locura, definitivamente ha sido lo más absurdo que he hecho en mi vida, joder, si pudiéramos tener cartuchos para la recortada… -Digo resignado.

-Deberíamos buscar una armería o algo, iríamos mucho más seguros.- Me dice mientras no quita el ojo de la carretera.

-Pero es que no conozco ninguna por aquí… -Voy mirando a los lados pero esto no tiene pinta de tener nada parecido.

Ahora sí que estamos llegando a la nacional que pasa paralela a las vías del tren de la costa mediterránea del Maresme. No son municipios muy grandes, pero están a las afueras de la ciudad de Barcelona y eso sí que nos da miedo, según íbamos saliendo, peor estaba la cosa. La lentitud con la que hemos recorrido lo que llevamos de camino, nos ha hecho perder tiempo y combustible.

Aquí no podemos esperar que sea diferente el panorama. La rotonda que dirige a la nacional está bastante colapsada de coches, espero que no estén bloqueando totalmente el camino y podamos pasar. Porque aquí sí que están las casas cerca de la carretera.

Y ya sabemos lo que hay en las casas hoy en día…


 

La sensación de ir entrando a la ciudad totalmente solo y ver las grandes colas que salen del centro de la urbe, demuestran la desesperación de los ciudadanos por salir del enjambre. La verdad, es que no me parece la solución más inteligente, pero bueno que le vamos a hacer. A unos metros del polideportivo, un control militar, ya empezamos con las tonterías:

-No puede pasar caballero, esto es zona restringida. –Me dice el imbécil.

Me llevo las manos a la frente, me toca volver a explicarles a estos idiotas quién soy. Qué paciencia.

-Por favor, diga a la persona al mando que vengo a ver al Páter, soy Victorio. ¿Porqué no os apuntáis mi nombre y ya está?

Lo primero me ha oído y lo está preguntando por la radio que lleva colgada en la solapa del hombro derecho:

-¿Perdone que ha dicho después? –Me pregunta servicialmente.

-Da igual, da igual. No se moleste. ¿Paso ya?

-Sí, sí. Siga a mi compañero. –Me dice señalando a otro militar que ahora entra en escena.

Un soldado se monta en un Anibal verde, me dice que lo siga con un gesto con la mano, le sigo. Sé el camino de sobras, aún retengo algo en la memoria, menos mal. Damos la vuelta por el lado del polideportivo donde no está el foso común que vi la última vez que vine, menos mal, no tengo ganas de ese espectáculo ahora. En el mismo sitio que estacioné el Maserati me invitan a que deje mi todoterreno. Se espera a que me baje del coche y me acompaña al interior. Cuando entramos apunta hacia mi anfitrión. Me acerco a él.

-Páter.- Saludo.

-Hola Victorio, me vas a venir muy bien. Tenemos a alguien que te gustará ver y además podrás echarme una mano con la confesión. ¿Qué tal se te da eso? –Me dice mientras se seca las manos de sangre con una toalla.

-Bien hasta el momento. Jodidamente bien. Perdone por el taco, era la mejor forma de que me entendiese. ¿Quién es?

-Es un periodistucho que ha metido la nariz donde no le llaman. ¿Pero sabe qué es lo mejor de todo? Pasó unos días con Pete y se comunicaban con el teléfono, para no localizarlo, se escribían e-mails, así que no tiene su número, una vez tengamos el código de encendido lo averiguaremos… -Me enseña un teléfono móvil.

-Creo que le entiendo Páter. Entraré a hablar con él.

Me acerco al reportero, tiene la cara ensangrentada, me parece que le han dado bien antes de qué yo llegase. Él me mira, supongo que piensa que le voy a pegar, ¿para qué? Con todo lo que le han dado no creo que ahora dándole más le saque algo, seré más rápido. Entro con el teléfono en la mano.

-No te voy a dar dos oportunidades, yo quiero saber algo que tú me dirás. Sino te mataré o puede que algo peor. –Señalo con la vista a las camas donde están los infectados.- No tienen aprecio a tu vida, les importas poco. Si hablas será más sencillo.

Me mira mal, no está dispuesto a colaborar. Bueno pues seremos prácticos y directos, me meto el teléfono en el bolsillo. Lo desato de la silla y salgo hacia el pasillo con él, sus piernas no aguantan su propio peso, o está fingiendo o este tipo está exhausto. Me acerco al padre, que está firmando unos documentos y le doy el móvil:

-¿En la sala aquella está aún el podrido al que le disparé en el pecho? –Le pregunto aceleradamente, para que mi presa tenga más miedo.

-Sí claro, es otro diferente porque yo lo maté al último, pero hay uno ¿qué vas a hacer? Oye… oye… -Me está gritando mientras arrastro al periodista a la sala.

Entro en la habitación, el ser que ha notado que hemos entrado empieza a ponerse nervioso pero aún en la urna. Se asoma el padre.

-¿Qué haces? ¿Te has vuelto loco?

-Usted quería información y la va a tener. Coja el teléfono. Tú imbécil, dame el PIN del teléfono.

-¿Qué?- Me contesta escupiendo sangre.

-¡Qué me digas el PIN joder!

No contesta y me mira mal. Le hago un gesto al militar que se ha puesto al lado del botón que acciona la puerta, él me mira, no va a hacer nada hasta que el padre no se lo diga. El padre me mira, no le gusta lo que hago e indica al soldado que me haga caso. Le da al botón y el infectado corre como un loco hacia nosotros. El redactor sale de su trance y del susto se aparta hacia la puerta de un salto. El ser se ha parado debido al cable que le sujeta de la cintura. El periodista lo mira aterrado. Lo cojo de la pechera y vuelvo a repetirle:

-¡Dime el PIN o te echo con él!

Me mira mal de nuevo. Se lo acerco a ese ser inmundo que gruñe como un poseso ante su presa, se me están poniendo los pelos de punta, le toca con sus manos frías la cara, la expresión del reportero cambia, está aterrado. El no muerto da bocados al aire, desea arrancarle la vida.

-Solo le estoy pidiendo el código y le soltaremos.- Lo acerco un poco más hasta que puede notar el aliento, si es que tienen, de esa cosa en la nuca, empieza a llorar.

-1368. –Dice entre lloriqueos de nena.

-Enciéndalo padre.

Páter enciende el teléfono e introduce el código. El sonido de bienvenida me confirma que no ha mentido, ya tengo lo que quería. Según me pongo más violento, el no muerto se acelera también, el movimiento y la agresividad los hace ponerse más tensos y bruscos. Es curioso, son muy básicos. Empujo al periodista contra el padre:

-Ahora es suyo, déme el teléfono.- Le quito el teléfono de las manos.

Mientras trasteo sus mails, encuentro el contacto de Pete. Al parecer fue él quién contactó con el periodista para venderle la historia, interesante. Lo tengo chupado. Empiezo a escribir el mail. Me asomo a la sala donde está el periodista con el páter, le está dando una soberana paliza con un puño americano, si da así los puñetazos, no quiero ni imaginarme sus misas.

Lo llamo para que salga un momento, se asoma a la puerta de la sala, el infectado está muy exaltado, gruñe como un poseso y le da unos tirones brutales al cable. Es tan ruidoso que me ha echo asomarme, le digo:

-¿Es normal? ¿Eso?

- Sí, se excitan cuando ven violencia, les pasa a todos. Bueno dígame que tripa se le ha roto.

-A ver, le he enviado un correo a Pete haciéndome pasar por el miserable que tiene usted en el suelo escupiendo sangre y que sabe donde está su hermano. Me contestará ahora diciendo donde quedamos.

Un minuto después.

-Ve padre, mire.- Le enseño el móvil.- Nos veremos en el principio del pueblo de Tossa de Mar, en veinticuatro horas.- Le digo mientras recojo mis cosas para irme.

-Pues encárgate de eso.- Me dice el Páter, mientras se coloca de nuevo el puño americano y se asoma a su sala.

Me coloco el cuello de la chaqueta y salgo hacia fuera. Voy a buscar a este miserable. Ha picado. No sé cuantos kilómetros habrá hasta mi destino y cuanto tardaré.

Espero que menos de veinticuatro horas.

 

Como siempre me pasa, tengo un imán especial para buscar problemas en cualquier sitio por extraño que éste sea. Después de salir del edificio que está al lado del hospital y darme cuenta que casi la mitad de la ciudad está atrincherada en sus hogares, todas las televisiones del país emitían en directo el comunicado de la OMS donde decían que en breve, se cerrarán las fronteras.

Aquello desató la locura, los que se habían quedado en casa en la primera ola de salida de refugiados, decidieron que aquel momento era el mejor para huir. Pero... ¿A dónde?

 

Todos ya habíamos visto vídeos de ataques, noticias espeluznantes, héroes que salvaban gente sin esperar nada a cambio, entre comillas, “ya nos estábamos acostumbrando”.  Incluso había gente que durante horas asomada a la ventana, estaba harta de ver a esos seres y cómo actuaban. En los primeros vídeos de Internet se les asocia a borrachos, drogatas y todo tipo de maleantes de la calle cuando el mundo era “normal”. Después la cosa cambió radicalmente, la gente empezó a querer defenderse de ellos, incluso se publicaron guías en blogs de la red, donde decían como acabar con ellos, como actúan, relatos de ataques o recomendaciones. El pueblo se estaba preparando, pero sólo en teoría, ya que en la práctica las cosas cambian.

Destruir el cerebro es la prioridad, pero ¿tenemos armas para hacerlo? ¿tenemos sangre fría para actuar en el momento exacto? ¿estamos entrenados para que la presión no nos haga titubear?

No, definitivamente no. Imagina por un momento la mejor arma contra ellos, un rifle de francotirador, la más ventajosa posición contra ellos, elevado y a unos dos cientos metros de distancia y ahora mézclalo con un ciudadano medio, hombre de 45 años que seguramente no hizo el servicio militar, está sobrealimentado y no ha disparado un arma nunca. No acertará en la cabeza ni en mil años. La teoría está muy bien en una aula, pero en el mundo real, los acontecimientos los decide la física.

Así que, cuando el “notición del día” llegó a las teles de medio mundo y a la totalidad de la península, el caos fue palpable. Mucha gente ya tenía preparado su kit de fuga, de nuevo en pocas horas, las carreteras volvían a estar colapsadas pero con los restos y los escombros de la primera ola de refugiados.

Para cuando las carreteras recibían miles de vehículos, los arcenes ya estaban ocupados por los coches abandonados hacía días. No había vuelta atrás, todo el que entraba en ese embudo aunque lo decidiera, no podría deshacer el camino. Y aquí estoy, subido a una pequeña colina, devorando barritas energéticas. Me podría haber traído más cosas para comer, dieta variada coño. Ahora mismo aunque yo también quisiera, tampoco creo que pudiese volver a casa. Está todo saturado.

Mi plan consiste en pasar la tarde por aquí, ver cómo suceden los acontecimientos y salir a la caza de las cosas esas, porque visto el ruido y escándalo que montan en las caravanas, es solo cuestión de tiempo que lleguen los “visitantes”. Mi localizador no ha sonado aún, he cruzado la ciudad, estoy en una colina por donde he tenido que pasar un bosque para llegar. Por el suelo había ropa rota, zapatos sin dueño,  claras señales de lucha y él sin pitar, Páter me ha engañado, esto no va. O en el peor de los casos, esos bastardos huérfanos no están en la ciudad ni por los alrededores.

Desde donde estoy veo un par de carreteras de salida, uso la mira telescópica para vigilar qué es lo que pasa, todo está bastante ordenado y bien. Me extraña tanto. Hay un par de exaltados gritándose, porque uno ha alcanzado el coche del otro.

Pararse ahora mismo en medio de la carretera porque el tipo de detrás te ha dado un arañazo en el coche viejo es, cuanto menos, ridículo. El ambiente está muy caldeado y si no hubiese sido por esto, habría sido por cualquier otra tontería. Condición humana.

 

Mi teléfono suena, es la alarma que tengo para los e-mails. Lo abro y pone:

“Victorio.

Tenemos a alguien que te encantará ver. Ven al polideportivo. Yo estaré aquí.”

Páter ha cazado a alguien. Miro por última vez haciendo un barrido por las zonas que vigilaba, tres incidentes menores y entre conductores alterados. Me voy a ver qué me tienen preparado mañana.

Me acerco a mi coche con la mochila de las armas y el estuche del rifle de francotirador, por ahora han sido poco útiles, una lástima. Bueno, me han servido para hacer un poco de musculación, no veas cómo pesan.


Son las tres de la madrugada. Sara es una tía genial, nos están tratando increíble, son unos apasionados por su trabajo. Desde que empezó la crisis, están aquí. Los comedores tienen alimento para meses, no está demasiado fresca ya la comida, sobretodo los productos perecederos, pero se apañan. Como cocineros, los he visto mejores, pero admiro su trabajo empezando por Sergei, el ruso de la entrada. Están aquí para informar a la gente de lo que pasa ahí fuera, sin recibir nada a cambio. Bob se sentiría orgulloso si lo viera.

Lo están buscando, pero no tienen nada sobre donde puede estar, no saben ni donde empezar a encontrar pistas. Desde que le perdí el rastro en la Masía de Arturo yo tampoco sé nada de él. Les he explicado las últimas horas que pasé con él, es muy querido por sus trabajadores y eso habla muy bien de él, en el reportaje lo especifica. Sara me preguntó si me importaba que saliera mi nombre en el reportaje final, dudé, pero al final accedí a que saliera. Así que aquí estamos, delante de un Led Mac Cinema Display de treinta pulgadas, maquetando el final del “reportaje de su vida” según sus propias palabras.

No pretende ser amarillista, ni ofensivo, ni atacante, ni siquiera jugar a vender más, solo informar, para lo que se inventó la prensa escrita, ahora en tinta digital, pero que en el camino perdió sus formas, intentando asustar, alejando de la realidad lo que pasaba ahí fuera, ayudando a fines políticos o económicos. La misma temática que nos ha llevado a esto. A jugar a ser Dios, a interponer otros intereses al más importante de todos, la vida.

Y así nos vemos. Desde luego que algo que me ha reportado esta visita, es volver a creer en el ser humano. Volver a sentir que no somos tan malos, que podemos ser menos crueles, que hay gente que quiere ayudar a desconocidos, ya que a seres queridos es muy fácil. Que hay esperanza, que no hace falta que venga nadie a demostrarnos que podemos cambiar las cosas. El destino no está escrito.

Alba está durmiendo en el sofá que hay al lado nuestro, Sara está acabando cuatro configuraciones básicas y se dispone a colgarlo en la red. Ha habilitado una cuenta de correo específica y ocupa toda la primera plana, incluso ha hecho eco en las páginas más importantes de noticias digitales, yahoo.com, msn.es , etc…

No es un concurso de ver quien mea más lejos. Bob no quiere eso, esté donde esté. Ellos tienen esperanzas, que al publicar el reportaje y se monte el “revuelo”. Los captores de Bob lo soltarán, tristemente yo eso no lo creo. El ejército estaba muy involucrado en esto y visto lo visto ha ido a peor, en este momento se extiende por el resto de países, así que lo último que querrán es que las noticias se propague como la pólvora.

-¿Cuánto hace que trabajas aquí Sara?

-Unos nueve años, desde que acabé Periodismo. ¿Porqué?

-Bob insistió mucho que solo fueras tú quien llevase el reportaje.

Me mira y se quita las gafas.

-La relación con Bob es muy especial.

-Estuvisteis juntos…

-No. Eran otros tiempos, nosotros compartíamos una pasión. El periódico era pequeño…

-Demasiado tiempo juntos, seguro.

-No, no. Para nada, nos faltaba tiempo. Él estaba casado, una mujer maravillosa y unos padres muy clásicos.

-Y nunca la dejó.-Le digo.

-Bob es viudo. Ella murió de una enfermedad muy dolorosa. Lo llevaron los dos juntos y nadie creía que ella recayera. Pero lo hizo.

-¿Y qué pasó?

-Se obsesionó de tal forma con la Seguridad Social, que no le dejaba vivir. Perdió tres juicios contra los doctores que culpó de negligencia médica. Y aparecí yo.

-Pero, no estáis juntos…

-No podemos. Lo quiero como nunca he querido a nadie, pero no es para mí. Él siempre será de ella, no puedo vivir sabiendo que nunca me querrá como él la quiso. Llámame tonta.

-No seré yo quien te juzgue.-Mugito, maldiciéndome por mi error.

-Lo peor de todo, es que quién ahora lo retiene, es posiblemente al tipo de personas que más le repugna a él. Es como si el ser que más odiases del mundo te privase de lo único que tienes, tu libertad.

-Creo que ya he sentido eso alguna vez…

-Lo sé. –Me dice mirándome de forma compasiva.

-Es la peor sensación del mundo. Si tuviéramos una sola pista de donde puede estar…

-No te culpes. Es como si dijeras que es culpa tuya el holocausto, el apartheid, las explosiones nucleares, porque no hiciste nada por evitarlo.

-…

-Quiero decir que no excuses la gente mala porque no tengas armas para combatirlo.

-Visto así.

-Bob me enseñó muchas cosas, trabajo con él prácticamente desde que soy periodista.

-Entiendo.

-No odies. La vida es muy corta para vivir enfadado.

Los dos miramos a Alba, duerme aún plácidamente en el sofá que está a nuestro lado en la redacción. Está acorrucada en posición fetal, demasiadas emociones en un día supongo.

Sara me mira:

-Cuídala, sino te arrepentirás toda tu vida. –Me dice con la voz más sincera del mundo.

Mañana volveremos a la carretera, puede que me busquen más apasionadamente a partir de la publicación del reportaje. Ya no me importa, prefiero que se sepa la verdad.

 

 


La urbanización donde estamos, la construyeron justo por encima del polideportivo que convirtieron en el hospital de campaña cuando empezó esta crisis. Me gustaría ir a ver como está, pero un adolescente en un Porsche es bastante sospechoso la verdad. Así que solo me asomaré por una pequeña colina y usaré los prismáticos de Bob.

El polideportivo está a reventar, han puesto más control. Hay militares en las entradas, por dentro de las instalaciones y los alrededores están llenos de UROS e IVECOS con soldados encaramados en los laterales. Hay una pequeña carretilla elevadora moviendo palets de comida de un lado a otro, las instalaciones están abarrotadas de ambulancias, pero ninguna se mueve, tampoco veo a los sanitarios que las conducen.

Unos curiosos tipos vestidos de negro con unas máscaras con un pico de al menos medio metro, se dirigen hacia adentro de las instalaciones, parecen tres cuervos. No hay mucho que mirar, un vehículo sube hacia aquí. Bastante tengo con mis problemas, como para buscarme más. Me monto en el coche y le digo a Alba:

-Vámonos, ¿te acuerdas de la dirección? Supongo que los Gps funcionan aún.

-Sí mira es esta.- Me la señala en el móvil. Empieza a quedarse sin batería y no sé donde lo pondré a cargar.

-Perfecto, sí que funciona.

Enciendo el motor, el ronroneo del motor de tres mil seiscientos centímetros cúbicos, me hace querer estrujarlo para exprimir su potencia. Qué maravilla de coche. El Gps indica que nuestro punto de destino está a pocos kilómetros, pero lo que más me preocupa, es que es en ciudad. No sabemos como estará esa zona, por una parte sería normal que estuviera infestada de no muertos, pero por otra, los seres esos han seguido el ruido de los supervivientes y refugiados hacia las afueras de la ciudad. No sabemos qué nos encontraremos.

Enciendo la radio, las emisoras nacionales hablan de la infección casi todo el tiempo. Tertulias, noticias y debates con políticos inundan la onda media, ahora tratan sobretodo las situaciones extremas en las fronteras. Las Ongs están retirando a algunos voluntarios que han sido atacados, eso va a ser el principio del fin, no se atreverán a eliminar a esos portadores del virus y cuando se levanten, seguirán propagando la enfermedad.

A pocas horas del presunto cierre de fronteras, nuestros vecinos están más nerviosos que nunca, genial, no solo tenemos que preocuparnos de los infectados, sino que además esos pequeños “come-queso” los tenemos enfadados. Nunca nos han querido demasiado y ahora les hemos dado motivos. Si la enfermedad se llamase “Fiebre Francesa” tampoco me caerían demasiado bien, si soy sincero.

Las carreteras principales presentan un aspecto desolado, solo roto por algún coche aparcado en el arcén, en muchos casos con las puertas abiertas y claras señas de lucha en ellos. Otra cosa muy curiosa es que hay muchos animales, perros, gatos e incluso vacas, semidevoradas. Supongo que a ellos lo único que les mueve es saciar su apetito, les debe dar igual el tipo de animal que sea. Eso no es tranquilizador, no solo quieren acabar con la humanidad, sino que además los pocos que queden vivos tendrán que competir con esos monstruos por los animales. Qué panorama.

La entrada a la ciudad es extrañamente tranquila, debe ser curioso ver este coche recorriendo las calles desoladas, rodeado de vehículos calcinados. Freno. Al fondo, varias figuras tambaleantes miran al horizonte, es la primera vez que veo podridos desde que salimos de casa de sus padres. No voy a comprobar como son, nos quedan muchos kilómetros para hacernos los héroes ahora.

Giro a la izquierda, rodearé la zona donde estaban esos, ahora mismo las señales de dirección prohibida tienen poco sentido, a no ser que me encuentre un vehículo bloqueando el paso. Por eso, asomo el morro y miramos al fondo, si no está congestionada, pues ya tenemos camino. Los esquivamos y seguimos por la principal, nos paramos ante una imagen triste, muy triste, creo que la más triste que hemos visto desde que todo esto empezó.

Un autobús escolar, semicalcinado, está cruzado en la calle. Sus ocupantes, en gran mayoría niños y con el uniforme escolar aún puesto, están sentados en los asientos de un autobús manchado con el óxido que genera la alta temperatura del incendio que la carrocería soportó, algunos ocupantes totalmente quemados y otros que son los más inquietantes, se pudren asomados a las ventanas con los ojos abiertos. Buscando visualmente de forma imposible, su salvación, su humilde aportación al infierno que se vive en la calle, convierte nuestro día en una pesadilla que nos gustaría olvidar, pero que creo que no conseguiremos.

Alba mira el espectáculo ruborizada, ante tal orgía de violencia gratuita que presenciamos. Hace tiempo que estamos metidos en esta situación y no me parece posible que un día me acostumbre a estas cosas. Simplemente, hay imágenes para las que una persona cuerda no está preparada, esta es sin duda una de esas. Los padres que se pregunten donde están sus hijos desaparecidos, puede que fueran esos que tambaleaban calle abajo, puede que sean esos que murieron en las revueltas, puede que sean unos simples refugiados de la frontera con Francia. Lo que está claro es que no están juntos.

Ya estamos cerca de la puerta del edificio de la redacción, el guarda permanece impasible dentro de su caseta, creo que es la única persona que trabaja en toda la ciudad. Aparco el coche en la puerta, no sé que me encontraré. La estampa de un tipo leyendo el periódico en una ciudad casi apocalíptica me hace sonreír, convirtiéndome en el tipo con la pinta más de esquizofrénico en varias manzanas a la redonda.

-Quédate aquí Alba, móntate en este lado. Si ves problemas, mueve el coche para llamar la atención y cuando te sigan de lejos. Vienes a buscarme. –Le digo tranquilizándola con un beso en la mejilla.- ¿Vale? ¿Lo has entendido?

-Sí, sí claro. Ve.

Me acerco a la pequeña ventanilla. El guarda lee el periódico.

-Buenos días. ¿Está tranquilo aquí verdad? –Pregunto medio sonriendo.

Me mira fijamente y saca una pistola de gran calibre de debajo del pupitre y la apoya en la hoja de la mesa, mastica chicle con una expresión de no gustarle el sarcasmo.

-Lo siento, lo siento.- Digo maldiciendo mi estupidez por actuar así en esta situación. –Busco a Sara, ¿está?

-Un momento por favor.- Su voz tiene un marcado acento del este, no sabría decir de donde.

Miro nervioso al coche, si aparece alguno de esos, estamos vendidos. Este tipo no nos deja pasar aquí dentro, estaríamos más seguros, mucho más seguros. Habla en voz baja con alguien, supongo que con ella o con la persona que tiene que encargarse del reportaje de Bob, a estas alturas los informes del doctor Lehman sí se los dejaré, son fotocopias de los originales pero el reportaje de Bob es original, solo hay uno. Ya no aguanto más:

-Oiga ¿nos deja pasar a aquí dentro? Por favor, aquí no es seguro. Pueden atacarnos esas cosas.

-¿Y si están infectados?

-Mire, no tengo nada. –Le digo mientras le enseño el cuerpo y los brazos levantándome la camiseta.

En ese momento una mujer pelirroja, corre hacia nosotros desde la gran puerta de cristal, está visiblemente nerviosa:

-Sergei, ábreles la puerta, me responsabilizo yo, venga va. –Grita a la vez que corre.

Le hace caso y la puerta corredera se abre, lenta pero firme, debe pesar una barbaridad. Por eso están tranquilos aquí, el sonido ronco del motor de Stuttgart evidencia movimiento, alba mete el coupé plateado en el recinto y Sergei vuelve a cerrar la puerta. Sara se abalanza sobre mí y me abraza, su respiración está acelerada, me mira cogiéndome la cara por las mejillas:

-¿Eres Pete verdad? –Me pregunta visiblemente emocionada.

-Ahora sería un corte que no lo fuera eh… -Respondo.

-Y ella es…

-Alba, perdona. Ella es Sara.- Respondo saturado de emociones.

-Encantada Alba. Ahora no os váis a ir de aquí, tendréis hambre, sueño…

Miro a Alba, sabe muy bien que no quiero viajar de noche y este parece un sitio muy seguro.

-No sé… ¿Cómo lo ves tú?

Alba me hace una mueca para contestarme.

-Primero de todo. ¿Lo has traído? .-Me pregunta acordándose de para que he venido.

-Sí.Lo llevo aquí.- Señalando a la mochila le respondo.

-Mirad, os explico mi idea. Editamos el reportaje de Bob, mientras os podéis quedar a cenar y dormir. Seguidme.

Subimos por el edificio, es un edificio moderno de mármol y cristal. En la primera planta hay más gente de la que pensaba.

-Veréis. Todos los que véis aquí somos los trabajadores que quedamos de los doscientos que somos normalmente, creo que ahora estamos unos veinticinco. Normalmente, permanecemos divididos en los pisos departamentales pero como somos los únicos que estamos y mantenemos el periódico, sobretodo el digital, ya que el clásico creemos que no será posible que funcione, nos hemos trasladado todos en esta planta. Esperábamos tu noticia como agua de mayo, las entradas de correo son increíbles, hay mucha gente escondida esperando noticias nuestras, incluso decisiones importantes dependen de eso que vamos a escribir esta noche. Vamos a hacer historia, prepárate para ser leyenda.


Después del susto de ayer, hemos acordado que tendremos que tomar una decisión con qué deberíamos hacer con nuestros vecinos. Jared quiere hablar con ellos, pero Shannon opina que se aprovecharán de la situación y hundirán nuestro pequeño bote con nosotros dentro. Desde luego que los disparos no ayudan a que pasemos desapercibidos, creerán que pueden acabar con ellos. Ilusos.

Esta mañana después de probar mi nuevo invento para poder mirar por el agujero del armario, he puesto una tela negra colgando a modo de cámara de fotos antigua, entramos desde abajo con cuidado y no se ve nada, me he asomado a ver cuantos hay. A veces tengo buenas ideas. Han conseguido reunir al menos a un centenar de esas cosas en la carretera, inundan el aparcamiento del hotel, cuando éste estaba operativo y se acumulan entre los coches que se quedaron en el arcén. Si nos descubrieran, tanto unos como otros sería una desgracia, así que nos reuniremos para decidir, qué hacer.

Shannon y yo hemos salido a desconectar el generador, mientras Jared y Tomo duermen, ya que durante la noche volvió la electricidad, además veremos los daños que causaron al tirarse sobre la alambrada, ahora que no suenan ni golpes y ni siquiera arañazos en las paredes metálicas del taller del desguace. La valla que separa nuestra zona con el cementerio de coches está intacta, hemos cogido las rudimentarias armas por si nos llevamos una sorpresa desagradable. Pasamos lo más pegados a la verja posible para que desde el hotel no nos vean, aunque ese imbécil parece que se dispone a seguir disparando como un loco.

Mientras caminamos por la valla, nos paramos. Alguien ha gritado:

-¡Eh tú! ¿Qué haces ahí?

Se nos ha helado la sangre, empieza a disparar y nos tiramos al suelo, estamos a apenas diez metros de la caseta del generador, si está mucho rato encendido se sobrecalienta tanto como para estropearse, estaremos perdidos si ocurre. Me asomo por debajo de la valla de separación, apartando la tela verde que lo cubre para que no se nos vea. Cual es mi sorpresa, cuando al mirar, la cabeza de una de esas cosas está a menos de medio metro de la mía pero girada en sentido contrario. Está mirando hacia los disparos, gruñendo con un gemido como ahogado por líquido en la garganta, es un sonido que no sé explicar, pero que reconocería en un segundo. Por las heridas de las piernas, son dos muñones sangrientos y en los muslos muchas heridas del impacto de los perdigones, ha sido una de las víctimas del cazador del hotel. Ese insensato solo los está hiriendo, haciéndolos más peligrosos.

Shannon se arrastra por el suelo, abre la puerta y la cabeza que tengo delante, llamada por el ruido del generador, se gira. Me ve y enseñándome los dientes en clara señal de amenaza se acerca arrastrándose a la separación, es una chica de veintitantos ,sin piel de nariz hacia abajo, con el pelo arrancado a tirones y en avanzado estado de descomposición, arrastra la uñas por el asfalto rompiéndoselas por el ruido que hacen contra la calzada, es espeluznante. Me alejo sin despegarme del suelo, en ese momento se apaga el generador y Shannon con una mueca en la cara cierra poco a poco la puerta de la caseta para que no se escuche nada más.

Me doy cuenta que es muy difícil vivir intentando no hacer nada de ruido. Nos volvemos al apartamento pegados a la alambrada que nos separa de ellos, mientras escuchamos:

-¡Ricard, Ricard! Ven un momento. –Dice el disparador loco.

Sale el que parece el jefecillo, mientras nos asomamos y los no muertos suben con paso firme a la zona donde estaba apuntando el tirador, le dice:

-¿Qué pasa? –Contesta con aire despreocupado.

-Acabo de ver un tío, mirando hacia aquí.- Le dice mientras apunta con el dedo a la parte de atrás del Hotel. Menos mal, no somos nosotros.

-¡No me jodas! –Dice enfadado.

Saca un G36 del interior con mira telescópica y empieza a disparar hacia donde le ha dicho su compañero. Se la apoya en el hombro y abre ráfagas pequeñas, sistemáticamente por todas las zonas del bosque haciendo saltar trozos de ramas, hojas y polvo del suelo. Grita:

-¿Dónde estás hijo de puta?

Sigue disparando a las mismas zonas pero en barrido. Para cuando el cargador se agota, lleva dos unidos con cinta aislante de forma que cuando se acaba uno, lo gira y ya tiene el siguiente cargado. No es un arma que lleve la policía urbana, así que no me extrañaría que la hubiera robado a algún cargo superior o a un militar caído. En la cartuchera lleva una pistola automática. Del bosque se escuchan dos disparos seguidos, el abrir de una puerta de un coche y el chirriar de unos neumáticos de un vehículo que conduce un piloto con prisa.

-¿Ves? Te lo había dicho.

-Joder, desde ahora, cuando veas a alguien, dispara y luego pregunta. No le grites o se te escapará. –Le da una colleja e inclina la cabeza.

Shannon me señala al Hotel, afianzando su teoría de no contactar con estos insurrectos. Cuando subimos al salón de estar, Jared en calzoncillos, está asomado al agujero del armario. Se gira, nos mira y dice:

-¿Qué ha pasado ahí? –Nos dice encogiendo los hombros.

-Esos tíos no son de fiar Jared. Olvídate de hablar con ellos, que te lo explique Patrick.- Shannon va al servicio a lavarse después de habernos arrastrado en tierra cubierta de grasa y aceite de motor.

-¿Porqué Patrick?

-Uno de ellos, el imbécil que dispara.- Hago un gesto al hotel.- Dice que ha visto alguien en el bosque, le ha gritado y ha disparado a quemarropa. Justo después ha llamado al que parece ser el cabecilla, se llama Ricard.

-¿Uno de los polis? –Me pregunta.

-Sí, uno de ellos.

-Se veía venir que mandan ellos. Sigue, sigue.

-Entonces, el poli le ha dicho que si ve a alguien por aquí alrededor le dispare sin preguntar. Así que negociar con ellos, será difícil.

-Son unos imbéciles. Pretenden salir de esto solos… Ignorantes.- Dice rascándose los ojos. –Ahora me voy a dormir, no salgáis fuera.

Me he quedado delante del televisor, las noticias ya son repetitivas ante la falta de novedades, refugiados allí, refugiados allá, revueltas en todo el país. En el resto del mundo, se está viviendo el caos que sufrimos en España hace cosa de días. Se pensaban que cerrando las fronteras y discriminándonos evitarían la epidemia. Puede que la hayan retardado, pero no detenido. Google ha posicionado “zombie videos” como las palabras más buscadas durante este mes. Cualquier país desarrollado donde tenga la población acceso a algo que grabe e Internet sin castrar, cuelga millones de vídeos de ataques, es imposible verlos todos. Tampoco me apetece, la verdad.

Hemos comentado entre nosotros, que el olor que empiezan a desprender los cuerpos al sol, comienza a ser bastante fuerte. No sé hasta qué punto aguantan esos seres, o en que momento de putrefacción se encuentran los infectados, pero huelen, mejor dicho, apestan. No solo los cadáveres muertos-muertos, válgase la redundancia, sino los no muertos que caminan por la calle también. Sus heridas abiertas, manan algo parecido a pus y sangre oscura y oxidada de sus heridas. La imagen es grotesca y ofensiva para cualquiera que tenga un poco de sentido común, cosa que creo que les falta a nuestros vecinos.

En ese momento, aparece Jared con el ordenador portátil por el fondo del pasillo:

-Patrick, Patrick ¿tu hermano se llama Pete?

-Sí, claro.

-¡Alguien sabe donde está! –Me dice extrañado.

-No puede ser.

-Pues creo que sí… -Me dice señalando el portátil con el dedo y una amplia sonrisa…