Blogia
HOTEL CALIFORNIA

PATRICK DIA III (Capítulo 5)

Desde mi conversación con el doctor ayer por la mañana, el ir y venir de coches es incesante. Incluso por la noche no paraban de entrar , ya les daba igual despertarnos o no, la morgue tiene las luces encendidas todo el día y han debido montar alguna sala de convenciones o algo así porque en horas puntuales entran muchos militares y señores trajeados recibidos por el doctor. Algunas furgonetas con los logos de “OMS” también se amontonan alrededor de las vallas.

De ellas salen unos tipos con trajes de color plateado y unas máscaras muy llamativas con unos grandes cristales de espejo. Estos entran por otra puerta, por la trasera y no se paran a hablar con nadie, entran directamente. Parecen ser médicos o algo por el estilo porque únicamente hablan con el doctor y le dan unas carpetas metálicas de esas que llevan un clip para sujetar los papeles.

Los enfermeros han sido sustituidos definitivamente por militares armados y hasta con los uniformes de camuflaje. Al parecer, ya les dan igual las formas y lo que pensemos de ellos.  

Después de ducharnos como cada mañana a primera hora, nos dirigen al comedor  a desayunar y nos informan que a partir de ahora los “tratamientos” cambiarán, comentan que por eso hay tanto movimiento fuera y como siempre no me los creo.

Según ellos, los avances en la investigación de nuestras patologías están dando sus frutos y prueban una nueva “fase experimental”. Pero qué demonios… Si siempre ha sido experimental…

Dudo mucho que todos esos encorbatados vengan a darle la receta milagrosa a “nuestro” doctor. Cosa que no puedo decir lo mismo de los de la Organización Mundial de la Salud, eso sí que cuadra. Sea como sea, habrán cambios y seguramente a peor.

La mayoría piensan que es algo rutinario pero sé que todo es debido a la fuga de Pete, se pondrán las cosas muy feas aquí.

Me asomo como hago cada diez minutos últimamente a mi ventana, los señores de la OMS sacan cuerpos de la morgue, es extraño hace al menos un par de meses que no muere nadie, ¿qué hacían esos cuerpos ahí?

Las camillas son nuevas, antes eran unas camillas rígidas con ruedas hechas polvo que hacían mucho ruido y un montón de capas de pintura verde oscura pintadas con una dejadez pasmosa a brocha. Ahora  ya no. Son plateadas como de acero quirúrgico, con una cierta modularidad en las patas para meterlas en las furgonetas, aunque no llegan a ser de estrechas y plegables como las de ambulancia. El acolchado es muy parecido a una cama de hospital y da la sensación de que lleven tiempo en ellas los cuerpos por la forma que han cogido el colchón y las sábanas.

Como el paciente lleva máscara no puedo distinguir quien es… Qué rabia, ¿qué está pasando?

Hemos pasado más de cuatro días de este mes, pero no he arrancado la hoja del calendario del mes pasado hasta hoy y me ha recorrido un escalofrío por la espalda al ver que marqué el día de la llegada de los nuevos en el calendario, será dentro de muy pocos días, con este caos esos chicos lo pasarán mal…

Nos hacen pasar a una pequeña sala de uno en uno. Es una habitación que hay en el piso de abajo que antes se usaba como un almacén provisional, creo que guardaban los productos perecederos ya que está más cerca de la cocina. Ahora la han vaciado y han colocado una camilla, con un fino papel por encima que al sentarse hace un ruido y una sensación bastante desagradable. También hay una vitrina con unos aerosoles que tienen una mascarilla parecida a la de los aviones de las películas que cuelgan del techo en caso de alarma.

Junto a la vitrina hay un escritorio con una lista de todos nuestros nombres que te preguntan secamente al entrar. Nombre y número.

Nos hemos acostumbrado a identificarnos así y ya me da igual, pero al principio lo veía frívolo y ofensivo. Increíble de las cosas que te acostumbras cuando no estás en libertad.

El enfermero militar coge un aerosol y cierra la puerta del armario con una llave que lleva colgada del cuello con una cinta. Es un tipo que no conozco de nada, aún así no se presenta, está claro que no ha venido a hacer amigos.

Me lo acerca, coge el cronógrafo que también lleva colgado en el cuello y me dice que apriete la boquilla y respire todo lo fuerte que pueda. Me lo acerco a la boca y le hago caso…

Dios, ¡qué asco! Este gas huele fatal, es como a huevos podridos pero con un toque de gas butano… Puaaaaag…

El colocón es instantáneo, me mareo y casi me caigo de la camilla.

Mientras me sujeta el camillero para su cronógrafo y me pide por favor que me siente en una silla hasta que se me pase. Estoy desorientado, me da vueltas todo y tengo ganas de vomitar. Mientras me incorporo como puedo, me doy cuenta que me han envenenado o al menos intoxicado, eso lo tengo claro.

-Eh tío, ¿qué coño me has dado?

Se gira, me mira con indiferencia y dice:

-Es tu tratamiento, estamos probando una forma de administrarlo en aerosol. Tranquilo en quince minutos estarás como una rosa.

Hace un gesto a uno de los militares de la puerta y entra a buscarme. Estoy furioso, alterado, como un toro cuando entra en la plaza que quiere arrollar a cualquiera que pase por delante. El militar me pregunta en que parte de la habitación está mi litera, le indico con el dedo, sin hablar con él. No me da la gana.

Me ayuda a subir a mi litera y me desplomo sobre ella, vaya colocón que llevo…

Es algo parecido a una mala borrachera, todo me da vueltas y al acostarme es peor, menos mal que han remitido las ganas de vomitar.

Me duermo, no sin escuchar forcejeos al otro extremo del dormitorio, alguien se ha enfrentado a los sanitarios, que se jodan, se lo tienen merecido.

Abro un ojo al escuchar los gritos de la cocinera, que nos informa que debemos ir a comer. Estamos todos tumbados en las literas dormitando, no soy al único que le han sentado mal los nuevos tratamientos.

Nos vamos levantando y dirigiendo al comedor, me siento pesado y cansado pero a la vez irascible e irritado. Estoy de mala leche. ¿Qué nos han hecho?

Cojo mi bandeja de aluminio con sus compartimentos para separar el primer plato, segundo y postre. De repente me sobresalto cuando noto una mano que se posa violentamente sobre mi hombro derecho y al grito de:

-Vosotros tenéis la culpa idiotas. Tú y tu hermano nos habéis condenado, ¿porqué mierda se fugó? Nos ha jodido a todos.

Es Rick, un chulito de medio pelo con el que mi hermano ya había tenido problemas, es el típico pelota bocazas que se envalentona con su grupo de cobardes como él.

No le doy el placer de contestarle, al menos verbalmente. Mi contestación es más física y contundente en forma de puñetazo en la nariz. Es raro, no soy un broncas y en circunstancias normales no habría pasado de un empujón, pero desde que me dieron esa droga mi desorientación me hace sentirme indefenso y la respuesta es la violencia inmediata. La sangre ha salpicado a sus amigos que me miran perplejos, pero recibo una respuesta inmediata.

Se abalanzan sobre mí, no soy el único agresivo hoy aquí. Los puñetazos me llueven y esquivo como puedo aunque no puedo evitar uno directo a mi ojo izquierdo. En menos de quince segundos los guardas se echan sobre nosotros.

Se acabó la tángana.

Me separan del grupo escupiendo sangre por la boca, ¡estoy furioso!. Si pudiera cogerlos de uno en uno, se iban a enterar.

El guarda coge el walkie y llama al Doctor:

-Doctor, pelea sangrienta en el comedor.

-¿Otra?

-Sí, un chico contra seis al menos.

-Tráelo a la morgue, veremos porqué.

-Ya has oído chico, a la morgue vamos.

En otra situación me hubiera asustado, pero ahora mi adrenalina estaba a punto de salir por mis venas y la verdad me daba igual.

Llegamos a la morgue, cogido por el brazo a la altura del bíceps derecho y levantándome del suelo ya que prácticamente ando de puntillas. Es lo mínimo después de cómo le dejé la cara a Rick. Fue espectacular y no lo vio Pete…

Al entrar en la morgue, el médico ordena que me sienten en una silla que tiene unas cintas de cuero en las muñecas y tobillos, él solo ordena que me aten las muñecas. Craso error…

-Podéis iros.-Vuelve a ordenar el doctor, igualmente por el rabillo del ojo veo como se quedan en la puerta.

-Hombre chico, vuelves a ser tú… - Condena señalándome con el dedo.-Creo que conseguir nuestro trato ya te conviene más a ti que a mi…

-No lo creo doctor, usted a perdido un chico que es un peligro para lo que sea que estén investigando aquí. ¿Porqué sino va a haber tanta gente merodeando este agujero? Es usted un inútil, se le escapan los chicos y le propinan palizas. Espero que al menos cobre bien, porque el ser humillado profesionalmente y moralmente debe tener un precio alto. Es usted una vergüenza para su profesión. –Me sorprendí hasta a mi mismo, esa falta de educación y mano izquierda de la que siempre me gusta pavonearme.

Mi vocabulario y amenazas no son propias de mi, soy un tipo tranquilo pero estaba alterado, caliente…

El doctor se enfureció muchísimo y me golpeó con la mano abierta en el lado donde me acababan de propinar un puñetazo en el ojo. Mi ira creció al momento y tal como volvía a acercarse para amenazarme, mi pierna derecha que por error dejó libre se avalanzó sobre su tez morada por el encontronazo con Pete. Juraría que escuché un ruido de huesos rotos o algún diente desprendido.

El doctor cayó al suelo. Con el estruendo, entraron los guardas y observaron perplejos la escena, un chico atado a una silla había dejado sin sentido al médico que ahora estaba tumbado a 3 metros de mi posición.

-¿Qué ha pasado chico? ¿Has sido tú?

Mi mirada estaba totalmente perdida, me encuentro sobresaltadísimo y no responden de mi ni los músculos de la cara. Es como si tuviera varios tics a la vez. Estoy muy nervioso.

Otro médico entra en escena, este va vestido de militar, pero en su chaqueta lo pone bien claro. Personal médico. Se acerca a mi, se sube la mascarilla que llevaba a la altura de la nuez y con una linterna del tamaño de un bolígrafo me mira las pupilas.

-¿Es el único?

-En el comedor se ha peleado con seis chicos, está fuera de sí y creemos que ha tumbado al doctor, pero está atado a esa silla y la silla atornillada al suelo…

El doctor sangraba abundantemente por la boca y también le salía por el ojo izquierdo. Puede que se me haya ido la mano. Aún está consciente y le ayudan a incorporarse dos sanitarios más, entre nuestras miradas saltan chispas.

El doctor militar porta una inyección e impone:

-Atadle las piernas a la silla.

Este es más listo o cobarde según se mire. Estaba claro que no me dejaría pinchar sin oponer resistencia, es como una pesadilla, estoy fuera de mi, me encuentro en una especie de sueño o semi-consciencia que me hace hacer cosas que nunca haría.

Se acerca a mí y me pincha en el lateral izquierdo del cuello. Tengo las venas tan hinchadas que no creo que le cueste lo más mínimo encontrarlas. Sino fuera porque un militar me sujeta la cabeza con la fuerza de dos caballos juntos intentaría hasta morderle.

Noto que me apago, mis párpados pesan una tonelada y la cabeza se contonea caprichosa hacia donde le da la gana, libero la tensión de mis puños y caigo en un sueño instantáneo.

Mi trance ha acabado.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres