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HOTEL CALIFORNIA

DOCTOR LEHMAN DIA VII (Capítulo 20)

Militares Hotel California Zombies

Los golpes no cesan, es una locura. Hace media hora que estoy sentado cogiéndome las rodillas llorando como un niño. Tengo muchas cosas ahí fuera, mi mujer, mis hijos… Gracias a las absurdas normas nuevas de los militares no tengo móvil.

No se escuchan los tiros de los rifles fuera y sí los golpes de la puerta metálica. Eso solo puede significar una cosa. Estoy solo. Los militares han caído. Además escucho la radio del ejército al otro lado de la única ventana que tiene este cuarto. Menos mal que tiene barrotes.

Creo que el ejército está más pendiente de detener que lleguen a las ciudades que preocuparse por los que hay dentro del orfanato aún. Me asomo a la ventana. Hay dos de esas cosas en medio del patio, aparte del aporreador, parecen estar en trance mirando a la puerta de salida que está cerrada.

Llevan los monos naranjas, así que eran huérfanos. O lo que queda de ellos al menos. Al fondo veo una luz, son dos faros. Parece un URO del ejército que viene a toda velocidad y da la sensación de no querer parar en la puerta. De repente, frena de golpe y empiezan a gritar. Los dos de delante salen de su trance y caminan rápidamente hacia ellos. Han cesado los golpes en mi puerta.

Al entrar armados los militares reciben una orden de su superior:

-Eliminadlos a todos, enfermos y los que no. No sabemos si están infectados también. Dispárenles a la cabeza.

Los dos de la entrada reciben su merecido y sus cabezas explotan como dos sandías maduras. Las armas que portan los militares son muy potentes y ellos parecen tener muy buena puntería.

De repente desde mi ventana veo como sale una de las enfermeras por la puerta principal, gritando:

-¡Menos mal habéis venido! ¡He pasado mucho miedo!

Los soldados se giran a su superior pidiendo permiso para no disparar, saben que si hablan es que no están muertos, o lo que sea eso, infectados como los llaman ellos. El superior no duda:

-Mátenla, no podemos arriesgarnos.  

La pobre enfermera es tiroteada y cae al suelo rodeada de una gran nube roja que produce su propia sangre. No es justo, ella no ha hecho nada para ser tratada así. Si me ven correré la misma suerte, debo salir de aquí.

Antes de que acaben de llenar de plomo a esa pobre mujer, el aporreador aparece por detrás sin que lo vea nadie. Se abalanza por el más cercano y de un bocado le ha destrozado el cuello. El otro con el ruido y al estar adelantado no ha visto lo que le ha pasado a su compañero. Mal momento para tener un despiste. Antes de que pudiera darse cuenta el chico está dando buena cuenta de él también.

Su superior se ha percatado y dispara a bocajarro, casi todas las balas impactan contra el militar que los sujeta delante, el foco de la sala donde estoy le deslumbra y no consigue ver bien al chico, o lo que queda de él al menos.

El ser suelta al segundo militar y se dirige a la parte de detrás de la sala donde estoy, exactamente delante de mi ventana. Me escondo. Parece que aunque no sean muy listos, el instinto de supervivencia les hace tomar algunas decisiones. Mientras corría a mi posición se ha parado y mirando fijamente al militar ha emitido un gruñido amenazándole abriendo los brazos hacia atrás.

El militar debe cargar el arma y entra en el coche a pedir ayuda por la radio. Tengo que salir de aquí, sea como sea. Después de pedir ayuda, ha cargado su rifle de asalto G36 con un cargador nuevo y la Llama M82  de su cinto. Sale del coche, creo que va en busca del aporreador. Los faros del coche de combate me hacen ver la sombra del soldado acercarse poco a poco, sigiloso. Bien entrenado.

Cuando ha pasado la ventana corro a la puerta metálica, la abro, miro a ver si hay alguien, despejado. Salgo de mi escondite y esprinto entre los cadáveres de los dos militares que acaban de morir. Alcanzo la verja y la cierro detrás de mí. Justo en ese momento veo una ráfaga del rifle de asalto del militar, se ilumina toda la parte trasera del edificio donde yo estaba.

Joder. ¿Qué ha pasado ahí? Tengo que saberlo. El aporreador es un hueso duro de roer, pero el militar estaba muy preparado. Me acerco sigilosamente, no sin maldecir mi acción, de repente veo correr algo entre las sombras. Mierda, ¿quién era?, sigo acercándome con la alambrada como protección, contra las balas no me servirá si el soldado decide enviarme al otro barrio.

Me asomo por detrás del edificio, antes de que me dé tiempo a reaccionar, aporreador se abalanza sobre la verja con una furia inusitada, está lleno de sangre y tengo tanta mala suerte que al salpicarme con esa sangre oxidada que sale de su boca me entra en la mía.

Puaggg… ¡Qué asco! Sabe a sangre pero mucho más intenso e incluso algo podrida. Me pongo a escupir como un loco. Acaban de infectarme, aporreador me lo tenía preparado, el muy cabrón lo ha conseguido. Me he metido los dedos para vomitar y he estado echándolo todo, incluso la bilis. Joder me ha condenado. Hijo de puta.

¿Qué hago ahora? Si con un bocado te infectas o un simple intercambio de saliva, imagina tragarte su sangre. Joder, joder, joder.

Voy maldiciendo mi estúpida curiosidad golpeándome la frente con la palma de mi mano derecha. No ha servido de nada esconderme, esperar con sigilo, el maldito cotilleo me llevará a la tumba. Aporreador está loco agitando la verja, es un ejemplar terrorífico, es letal.

Ante todo, debo irme de aquí. Según voy caminando alrededor de la alambrada torpemente, mi agresor me mira emitiendo un gruñido desgarrador. Es una fiera en una jaula. Aparecen más militares armados hasta los dientes, llevan unas metralletas del calibre 50 en la parte trasera de los UROS.

El muy cabrón al verlos, me amenaza igual que hizo con el militar que mató y corre detrás del edificio. Sabe que su única oportunidad es atacarles por sorpresa, pero yo no estaré aquí para verlo. Así que me voy por la maleza hacia el bosque.

La oscuridad es absoluta, solo salpicada de luz por los faros rebotantes de los todoterrenos del ejército. Al pasar el último al lado de mi posición se pueden adivinar las siluetas de dos o tres infectados que se acercan al ruido que hace el ir y venir de los coches. No son tan rápidos como los humanos que eran, pero sabiendo que hace tan poco estaban en coma y con claros signos de defunción, no son tan lentos.

Mi misión ahora es salir de este bosque de locos y reunirme con mi familia. 

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