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HOTEL CALIFORNIA

DOCTOR LEHMAN 12 HORAS DESPUÉS DE LA INFECCIÓN (Capítulo 22)

Casas pareadas Hotel California

Al escabullirme gateando de los atacantes de los dos agentes, fui a parar delante del coche patrulla. Aún estaba encendido, así que la opción era bien sencilla. Lo usaría hasta que encontrase algún impedimento, pero sin llamar la atención. Es increíble lo mucho que se tarda en recorrer apenas 20 kilómetros sin los medios adecuados.

Mi cuerpo definitivamente está siguiendo el curso de la infección. Tenía la esperanza que no fuera así, pero me he dado cuenta que o llego a mi casa en unas pocas horas o no podré avisar a mi familia de lo que me pasa. Y de alguna forma me siento con el deber de despedirme de ellos.

He recorrido unos diez kilómetros en coche, unos 16 o 17 en total. Hay un control, debo abandonarlo aquí. Joder. Y tan cerca. Qué rabia. Hay un control militar justo debajo de unas farolas, puedo ver desde mi posición que son unos seis y van con fusiles de asalto como los que llevaban los días finales en el orfanato ,G36 creo que se llaman,  y dos grandes UROS.

Salgo por un camino rural que hay a mi izquierda y escondo el pequeño Suzuki Vitara entre los matorrales. Hasta que no se haga de día no creo que lo vea nadie, aunque no queda mucho para amanecer ya.

Los dolores en mis articulaciones son horrorosos, solo he podido remediarlos un poco a base de los tranquilizantes que llevaba encima para los dolores de la cara, que por cierto cada vez tiene peor pinta. Vaya panorama un doctor medio zombie, drogado con sus propios medicamentos. Mi familia no me puede ver así.

Me asomo a ver que hacen los militares con los coches que van llegando. Al fondo se acerca un Mercedes Klasse S de color negro. Lo conduce un hombre y porta a su mujer y dos niños.

Al llegar al control, le piden la documentación. Todo correcto parece. Los militares se dirigen al hombre con una gran linterna, del tamaño de una porra reglamentaria. Preguntan algo y el hombre del coche niega rotundamente. Abren las puertas traseras y un militar con una bata blanca parece examinar las pupilas de los pasajeros.

Les dan el visto bueno y pasan. Lo cual significa que si me ven con esta cara cadavérica, me dispararán sin miramientos. Debo pasar por los campos de nuevo.

Mi mente me traiciona, ya me he acostumbrado, pero, hace unas dos horas que sufro alucinaciones y estoy como ebrio. Mi equilibrio es nulo, estoy muy perdido y eso me origina una gran desconfianza y agresividad. El sueño es algo a lo que me he acostumbrado. Hace cosa de una hora me quedé dormido de pie mirando a la luna.

Estoy drogado, muy drogado.

Mi caminar es lento y brusco por un campo sembrado. Espero que no salga su dueño, una persecución ahora acabaría con cualquier intento de ver a mi familia. Eso no es concebible ahora.

Veo mi calle, es una urbanización de casas pareadas. Son de los años ochenta, pero en aquel momento eran muy lujosas y tiene ese encanto especial que nos enamoró al comprarla. Apenas hemos tocado los muebles, menos los que fueron rompiendo los niños.

Llego al interfono, espero que no me vean mis vecinos en este estado. Lo hago sonar. Escucho la dulce voz de mi mujer y se me saltan las lágrimas. Por un momento no puedo hablar. Pero lo consigo.

-Cariño.- Hablo como si fuera un borracho.

-Papá.- Me llama papá porque la niña pequeña no conseguía nunca decirlo y de tanto insistirle, se me quedó el nombre. No me importa, me parece cariñoso y me recuerda a mi pequeña.

-Sí, soy yo.- Musité con dolor en mi maltrecha cara.

-Entra corre, entra.- Ella lloraba también.

-No puedo, no puedo entrar, por vuestra seguridad no puedo.

-¿Porqué?.- Ella no entiende nada.

-¿Has visto la infección que sale en la tele?- Sigo llorando como un bebé.

-Sí. ¿Pero qué tiene qué ver contigo?- Cada vez está más confusa.

-Pues la he contraído y no hay marcha atrás, no hay cura. En pocas horas ya no estaré con vosotros. No podemos tocarnos porque os la contraería a vosotros y eso no me lo perdonaría nunca.- Me costaba tanto decirle esto.

-Te abro y al menos queremos escuchar tu voz a través de la puerta del garaje.- Tiene la esperanza que nos veamos, pero no quiero que el último recuerdo que tengan de mí sea esta cara.

-Pero solo unos segundos.-

Al acercarme a la entrada escuchaba a los tres llorando detrás de la puerta metálica. La compuerta de los sobres del correo la abrieron y salió la mano de mi mujer, la acaricié llorando y maldiciendo mi mala suerte. Al rato se unieron las otras dos manos más pequeñas que componían mi familia. Me derrumbé.

-Cariño, no puedo seguir aquí. Lo entenderás porqué.- Dije con voz fingida para que no se me notase mi estado real.- Debéis ir a casa de mis padres, coge el RANGE ROVER y marchaos con él, carga lo imprescindible para una larga temporada e id al campo. Hacedme caso.- Le dije lo más convincente que pude.

-Vale, lo haremos. Pero, vente con nosotros, encontraremos una cura, no puede estar todo perdido.- Ella seguía llorando, pero una de las cosas que me hizo enamorarme de ella era su valentía. Mis hijos están en buenas manos.

-No. No lo entiendes, en menos de 24 horas el proceso estará completo, llevo más de la mitad, ya no podemos hacer nada, por favor no me lo pongas más difícil. Ahora pásame las llaves del coche pequeño e id a preparar todo para marchar ya y por carreteras secundarias. No te acerques a la ciudad. Suerte. Os quiero. – Estoy destrozado y empiezan a darme unos espasmos en el hombro derecho que me duelen como un latigazo en la columna cada vez que se sacude.- Escúchame, ahora te sonará raro pero atiende bien: “Se les destruye, golpeándoles la cabeza, no lo olvides” Te quiero muchísimo, os quiero muchísimo. Ben, cuida de ellas, eres el mayor y es tu responsabilidad.

-Lo haré papá. – También se une al lloro generalizado, debo irme ya.

Me pasan las llaves por debajo de la puerta del garaje del pequeño Alfa MiTo de mi mujer. Será mi vehículo de escape.

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