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HOTEL CALIFORNIA

PETE DIA VIII EN EL EXTERIOR (Capítulo 30)

Hotel California novela zombie

Desde la ventana hemos visto como entraban dos vehículos militares. Bob ha guardado su bloc de notas en un cajón y seguidamente nos hemos escondido en nuestros sitios correspondientes. Bob en la cama empotrada y yo en el maloliente techo falso.

Durante cinco minutos no escuchamos nada en la planta de abajo. El barullo del restaurante nada más. Pero eso no dura demasiado, el ruido de las botas subiendo los escalones de madera, delatan a los militares que vienen a la segunda planta. Mientras conversan con el dueño de la masía, el padre de Arturo.

Un hombre tranquilo y bonachón que antes de ser un restaurante el negocio familiar, era un agricultor de hortalizas que se las vendía al frutero del pueblo. El centro comercial de allí cerca le hizo replantearse el negocio, aunque eso sí, el éxito del buen trabajo le acompañó.

El militar al mando asoma su cabeza por las habitaciones, cuando entra en la que estamos, mira fijamente al suelo y le dice al otro que estaba con él:

-Sube al K.

El militar al cargo, baja las escaleras y segundos después se escuchan unas botas subir las escaleras seguidas de unas nerviosas uñas patinando por los escalones.

Asoma por la puerta un hocico largo presidido por una húmeda nariz negra, anuncia a un precioso pastor alemán de color marrón y negro, nervioso, con la mirada y el olfato buscando algo. En cuanto lo suelta  de su collar, olisquea el suelo. Mira hacia donde estoy helándome la sangre, pero se gira y se dirige directo a la cama empotrada, se sienta y ladra.

El militar que lo portaba, se acerca al perro y lo vuelve a atar. El soldado de cargo más alto, se aproxima a la cama y mirando al dueño del restaurante, baja la cama y encuentra a Bob.

El que lleva al perro mira a su superior, preguntando con la mirada si es a quien buscaban, su compañero asiente:

-Creo que hemos encontrado a quien buscamos. Gracias por su colaboración.

Bob sabe que lo mejor que puede hacer es no ofrecer resistencia y marchar con ellos, cuanto antes se vayan, menos notarán mi presencia. Al fin y al cabo, soy la única persona que puede hacer llegar el reportaje a las manos correctas, Sara, la reportera de la redacción donde trabaja Bob.

Él calla, mientras lo conducen hacia las escaleras para bajar al comedor. El perro sigue nervioso, pero parece que la mierda de búho me ha salvado la vida, no puede olerme o al menos no con claridad. Ellos ni siquiera discuten, Bob va cabizbajo, con las muñecas maniatadas a la espalda y los militares lo empujan de malas maneras.

Al montarse al vehículo, mira hacia arriba buscándome, soy su última esperanza y la de Patrick. Necesito desenmascarar esto, no solo por ellos, sino por la justicia en la sociedad y los derechos humanos.

Los coches desaparecen en la lejanía.

Vuelvo a estar solo, ahora que tenía a alguien con quién encontrar a mi hermano y una ligera sensación de seguridad. Mi instinto me hace ir corriendo a la mesita y coger el reportaje que le iba a costar tanto a Bob.

Tiene que llegarle a Sara.

 

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