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HOTEL CALIFORNIA

PETE DIA X EN EL EXTERIOR PARTE I (Capítulo 31)

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Desde ayer apenas he pegado ojo, no quiero ni pensar como lo estará pasando Bob. En el mejor de los casos, estará en un cuartel de Policía normal y no con esos militares, pero eso lo dudo mucho, si lo cogieron espiando su base militar, querrán saber que ha visto, con quién iba, porqué bajó a la zona restringida.

Yo me he dedicado a coger fuerzas comiendo, durmiendo y preparándome un macuto con los documentos y unas cuantas cosas que me han dado esta gente tan amable. Además de una bici de Arturo, que dice que no usa, no tiene tiempo ya. Así que me quedé todo el día de ayer aquí metido hasta que se calmen los nervios ahí fuera.

Creo que es la forma más fácil de pasar desapercibido, un chaval con una bici, no es precisamente una estampa extremadamente peligrosa para un cuerpo armado.

Antes de salir, pongo la tele. Ya no hay que esperar a los telediarios para ver las noticias sobre el “brote de infección”, en el hospital de la ciudad han habilitado unas carpas para los afectados por esta infección. Supongo que quieren aislarlos.

Aunque el brote se originó bastante cerca de donde estoy, es curioso que no haya señales de infección.

En la noticia también comentan que debido a que los médicos del centro han sufrido heridas de diferentes consideraciones por el carácter hostil de los infectados, están llegando refuerzos de otras ciudades colindantes, incluso alguno del país vecino y diversas organizaciones humanitarias de todas partes del mundo.

Los internos con heridas leves, se les está dando de alta y están camino a sus casas, así como los que llevan más de cuarenta y ocho horas trabajando sin cesar.

Seguro que deben estar saturados, en pocas horas, los infectados se han multiplicado. Es normal, que los militares nos buscasen sin cesar, esto es mucho más gordo de lo que los medios interpretan.

No dicen nada del polideportivo que han habilitado para el seguimiento de la enfermedad. Mala señal.

Todos vivimos muy dispersados de nuestros trabajos hoy en día y la enfermedad puede recorrer varios kilómetros diariamente de un individuo a otro. 

Le doy un repaso rápido a la bici, presión de ruedas, engrase del cambio, su correcto funcionamiento y la regulo para mi altura. También me ha dejado un maillot y un casco, no solo por protección sino para ocultarme un poco con el “disfraz” y naturalmente por la comodidad de llevar el equipo necesario para recorrer los casi veinte kilómetros que me separan de mi destino.

Me despido de todos y les agradezco la ayuda que me han prestado estos días, ahora ya es cosa mía que Sara reciba la nota que escribió Bob. Como último regalo, Arturo me ha dado un pequeño navegador Gps y he puesto el soporte en el manillar de la bicicleta de montaña. Es un poco grande y aparatoso pero, me servirá para no perderme y saber en que punto exacto de la ciudad me encuentro. No quiero involucrar a nadie más, bastante mal me sabe que el reportero esté donde está.

Al salir al patio de la Masía, lo primero que se ve al horizonte el un gran bosque, según mi Gps, ese es el camino recto a seguir. Según voy atravesando los árboles se vislumbra la autopista que da acceso a la ciudad, tanto para salir como para entrar.

Hay un atasco enorme para salir, a un kilómetro más o menos de donde estoy se ve un accidente. Es un enorme tráiler cruzado en los dos carriles, creo que es de verduras o frutas, porque la carga está desparramada por el asfalto. Me detengo.

Saco los prismáticos que cogí del velero de Bob, que llevo en la mochila. Efectivamente, el camión portaba un gran surtido de frutas y verduras. No hay policía alrededor del siniestro, solo conductores de los otros vehículos que están con las puertas abiertas formando una cola kilométrica.

Cuando me dispongo a guardar los imponentes Bausch and Lomb de nuevo en la cartera, algo llama mi atención. Un hombre grande y corpulento, de más de cien kilos, sale de la cabina del camión. Los otros conductores, demasiado entretenidos en su discusión vial, no se dan cuenta del peligro.

El hombre camina torpemente por detrás del frontal del vehículo articulado de cuarenta toneladas, aún no ha visto al resto de conductores. Fijo mi mira en él. Justo cuando se encuentra de cara con ellos, gira la cabeza mucho más rápido de lo que sus movimientos sugieren, tensa las manos y los brazos en un gesto furioso y se abalanza sobre el incauto más cercano. Dos más se acercan a separarlos, pero el chorreón de sangre que sale del cuello de la víctima los hace retroceder.

Es una de esas cosas, es el primero que veo personalmente y tristemente creo que no será el último. Le ha arrancado la vida de un mordisco el muy animal, la gente corre en dirección contraria a sus vehículos dejando un atasco enorme de coches sin dueño. El camionero está aún con su primera víctima.

Mientras los testigos corren despavoridos, se hacen pequeños grupos de personas para explicarles lo que han visto al resto de conductores de la cola. Algunos cogen llaves de rueda de sus coches y diversas armas, se acercan a socorrer a la víctima que hasta yo desde aquí veo que hace rato no se puede hacer nada por su vida.

Los valientes, o ineptos según se mire, se acercan y emitiendo gritos hacia el agresor, golpean con sus armas en el cuerpo. El ser, ni se mueve, no parece sentir ningún tipo de dolor, solo se ha girado con la boca abierta en dirección a los agresores y éstos han seguido golpeando.

De la parte trasera del remolque del camión, sale otra persona, este es más joven, pero parece haber corrido la misma suerte, ya que, como el camionero loco, camina renqueante y lento pero muy decidido.

Una chica, que está apoyada en el capó de un Honda Civic, no lo escucha venir con el revuelo de la pelea que tiene delante. Es atacada por detrás de forma tan feroz que ambos se revuelcan por encima del coche japonés y caen al suelo. Creo que está condenada.

Lo más sorprendente de todo es la absoluta ausencia de cuerpos de la autoridad, por el tamaño de la caravana, no creo que esta situación lleve menos de una hora y no hay absolutamente nadie. Seguro que muchos han llamado a los servicios de urgencia con los móviles. ¿Porqué no han venido?

Guardo los prismáticos, por mucho que me gustaría estar aquí viendo como transcurre el incidente, tengo una misión y esto no me lo solucionará. Es más, seguro que si me quedo lo que pasará es que se complicará todo.

Bajo el bosque que conduce a la base del puente que sujeta la autopista en una posición elevada. Está todo extrañamente tranquilo, esperaba controles militares a montones. Cruzaré la autopista por debajo de la misma y cogeré la carretera que lleva a los barrios del extrarradio.

Al llegar a la carretera, me sorprende el tráfico que hay. Pensaba que lo de la autopista era un incidente aislado pero parece que mucha gente ha decidido desplazarse fuera de aquí. Pero… ¿adónde? ¿para qué?

Está todo colapsado, con la bici voy pasando entre los coches. Los conductores discuten entre ellos como si el mundo llegase a su fin, incluso en un par de ocasiones he visto que han llegado a las manos. Están locos… El pánico llega a la gente más pronto de lo que pensaba.

He estado más de dos horas para recorrer unos doce kilómetros, cada cierta distancia, un accidente hacía que los policías (muchos menos de los que deberían estar) nos ordenasen que parásemos a esperar para mover los automóviles a un lado de la carretera.

En los primeros me tapaba la cara con una braga hasta la altura de la nariz, pero al ver que los cuerpos de seguridad en lo que menos se fijaban era en mí, he desistido y ya no la cubro.

Me he dado cuenta que están muy nerviosos, tensos incluso diría. Cuando discuten con los conductores se muestran agresivos y amenazantes. Desde luego que si han visto lo mismo que yo en la autopista, a mí tampoco me haría ninguna gracia tener que ser el que defienda a una ciudad de más de cuatro millones de habitantes.

Y lo que es peor, debido al ataque de esas cosas, lo único que pueden hacer es multiplicarse.

La circulación de ambulancias y vehículos militares es incesante. Parece que en pocas horas, el ejército va a formar parte del paisaje de la ciudad. Según vamos pasando por las rotondas, veo como están montando controles a ambos lados de la carretera.

Limitan el paso con barreras de cemento “Jersey”, con una bonitas bandas de clavos y portan rifles de asalto. Estos sí que saben que es a lo que se enfrentan. Es lógico es un arma de ellos, fuera de control pero de ellos al fin y al cabo.

Según vamos llegando a los controles, nos informan que una vez lleguemos a nuestras casas, estemos atentos a las noticias y a las instrucciones que darán las autoridades.

Han elegido a una chica muy amable y joven con una carpeta metálica en su mano derecha, está claro que quieren mantener la calma. Sino no serían exactamente del mismo perfil en todos los controles que nos hemos encontrado.

El Gps me informa que en escasos 2,4 kilómetros está mi destino. Pasaré por detrás del polideportivo, que según los informativos es un punto de control de la infección.

Al verlo de lejos, se nota la presencia de los militares, han cercado el perímetro con vallas y unos cuantos UROS merodean los alrededores. Las ambulancias se amontonan en su interior, la actividad es frenética. Son unas ambulancias militares, unos grandes IVECOS verdes con las cruces rojas en los laterales sobre una base blanca.

Han hecho un agujero en unas de las paredes y los vehículos con los “pacientes” entran dentro del edificio. Los soldados del alrededor de la puerta portan máscaras de gas.

Los soldados están fuertemente armados, los controles no me van a dejar pasar ni a un kilómetro de allí. Así que tengo que buscar una solución para llegar.

Si me acerco a ellos puede ser que me reconozcan y eso a estas alturas es un suicidio. Así que debo esquivar como sea esta zona.

Mientras miro por los prismáticos me llama la atención poderosamente una gran Mercedes Vito negra con todos los cristales tintados. De ella salen tres tipos, van vestidos con unas túnicas de piel negra y en la cabeza unas máscaras con un pico como el de un cuervo. Son inquietantes. Los cristales de las máscaras son circulares, el apéndice de color negro y la cabellera la cubren unas capuchas que salen de las túnicas, encima de estas portan unos sombreros negros con las alas grandes.

Van hacia adentro seguidos de unos soldados que los escoltan, los tratan con mucho respeto y adoración, sean quien sean, son importantes. Debo pasar de largo de este sitio. Por encima del edificio deportivo, hay una pequeña urbanización de casas adosadas, pero hay coches militares merodeando.

Intentaré pasar sin ser visto o empezarán las preguntas. Subiendo entre las casas, no me ven. Voy por calles secundarias y pasando por los pequeños pasos peatonales que cruzan las parcelas. Al estar casi arriba un ruido me detiene:

-¿Pete? ¿eres tú? – escucho una voz femenina familiar.

Antes de girarme, pasan mil pensamientos por mi cabeza. ¿Quién me conoce aquí? ¿Si corro me reconocerá? ¿O llamará a los soldados cuando huya? No puedo arriesgarme…

Me giro. Es Alba, mi cara de sorpresa es solo comparable a la suya de alivio. No debía estar segura de que fuera yo, pero todo y eso me llamó.

-¿Qué haces aquí? –Pregunto mientras alzo las palmas al cielo en señal de incredulidad.

-Vivo aquí, bueno, mis padres viven aquí. ¿Adónde vas? ¿Porqué no dormiste ayer en el apartamento?- Pregunta poniendo los brazos en jarra pero con un gesto facial que solo sabe poner ella y me encanta.

-Es una historia muy larga… ¿Si a ti estos te paran te dejan pasar?- Pregunto buscando mi salida de allí.

-Sí, claro. Les dije que venía a buscar unos medicamentos para una amiga. ¿Porqué?-Dijo extrañada.

 -Es que debo salir de aquí y no quiero que me vean, ya me han parado una vez y me han negado el paso. Si me vieran por esta zona, seguramente me detendrán o yo que sé.-A veces, me sorprendo hasta a mí con mis excusas.

-¿Por eso vas en bici?

-Eso también te lo explicaré.-

Pusimos la bici (desmontando la rueda delantera) en la parte de detrás del pequeño Suzuki Vitara de ella, con una manta cubrí el resto de la parte de los asientos traseros para meterme yo oculto en ella. Si nos paran y deciden cachear estaré muerto, pero debo intentarlo.

-Necesito ir hacia arriba, yo te indicaré sobre la marcha. ¿Para quién son los medicamentos?- Pregunté cayendo en la cuenta del porqué de su viaje.

-Son para Míriam, dice que le atacó un vagabundo o algo así y está tomando un baño en el apartamento. ¿Porqué?

-Es que el mundo está un poco loco últimamente.-Dije para tranquilizarla.

Dentro de mi, sabía que otro marrón nos esperaba al llegar a “nuestro hogar”. 

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