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HOTEL CALIFORNIA

PETE DIA X EN EL EXTERIOR PARTE II (Capítulo 32)

Hotel california novela zombie

No he podido encontrar a Sara, en la redacción se ha aplicado el toque de queda debido al acoso que están recibiendo los medios por parte del Gobierno, desde ya, todos trabajan desde casa, hoy en día con Internet, trabajar desde tu hogar es una realidad. Lo único que he podido conseguir es darle mi número al personal de seguridad, un tipo grande y con marcado acento del este, para que ella me llame cuando tenga tiempo.

Supongo que un adolescente vestido de ciclista, con maillot y casco incluido, no tiene la credibilidad que me hubiese gustado. Desde la detención de Bob, el acoso que están ejerciendo los militares y hasta los Ministerios, hacen que convencer a un guarda que cobra a nueve euros la hora y que se le caería el pelo si habla más de la cuenta, una misión imposible.

Llegar no fue fácil. Al meterme en el pequeño Vitara junto a la bici, conseguimos no llamar la atención de los soldados que patrullaban por la urbanización, pero a los militares del control les daba igual. Ellos paran a todo el mundo y nosotros no seríamos una excepción.

Tuvimos suerte porque la misma persona que le preguntó a Alba al llegar, fue quien nos paró. Al preguntarle si había cogido los medicamentos, Alba se mostró muy tranquila y con nervios de acero. El militar estaba más preocupado del enfermo al que había venido a ayudar con su hospitalidad que en lo que llevaba en la parte trasera del pequeño todoterreno.

El pasar el control, pese a ser férreo, fue el menor de los problemas. El camino a la redacción del periódico de Bob estaba extrañamente desierto. No había gente por las calles apenas, y la que había, corría de un lado a otro sin hacernos ni caso.

De repente, al cruzar un semáforo en verde, Alba clava los frenos y un autobús a toda velocidad se estampa contra un edificio delante nuestro. Ella grita y se pone a temblar de los nervios.

Se pone las manos en la cara mientras observa estupefacta el accidente que acaba de evitar. Los pasajeros del autobús no han tenido tanta suerte.

-Pete, debemos ayudar a esa gente. Sal un momento.-Me dice, con la voz temblorosa aún.

-No. Alba, olvídate. –Asomo la cabeza por la manta.- Salgamos de aquí volando.

Me mira mal, no entiende el porqué de mi negación al auxilio a esa gente de la que ni siquiera sabemos el estado en el que se encuentran sus heridas.

Con el golpe, muchos pasajeros han salido despedidos por las ventanas del transporte público originando una escena dantesca, cuerpos tirados por el suelo, la mayoría gritando por sus heridas y otros desmayados en el suelo o peor aún porque algunos ni se mueven rodeados de un gran charco de sangre.

Le pregunto a Alba si ha visto porque ha sucedido.

-El conductor estaba como dormido encima del volante y ni siquiera ha frenado al llegar al semáforo, han sido unos segundos, pero lo he visto perfectamente. –Me dice muy nerviosa.

Paso a los asientos delanteros y la abrazo para que se calme, está temblando como un flan.

-Déjame conducir y apártate a un lado.- Le señalo que se siente en la plaza del copiloto.- Vámonos volando de aquí. –Digo mientras enciendo el motor del pequeño Suzuki que se había calado con el susto de su alterada conductora.

Al pasar justo al lado del autobús siniestrado, he mirado hacia el conductor y he podido adivinar el porqué de su desmayo. Porta una venda en el brazo izquierdo ensangrentada y está recostado inconsciente en el gran volante del enorme Mercedes-Benz Citaro blanco y rojo de las líneas metropolitanas.

La gente está esparcida por el suelo en una escena completamente bizarra. Alba ha entrado en estado de shock y solo mira abajo con los ojos perdidos en la alfombrilla negra del suelo del coche japonés.

Una vez que en la redacción no consiguiéramos nuestro cometido, no iba a dejar el manuscrito de Bob al personal de seguridad, eso lo tenía clarísimo, salimos de allí a ver que le pasó a Míriam pero yo me temía lo peor. Con Alba un poco más despejada después de un par de abrazos que necesitaba y que a mí me vinieron muy bien, no seré yo quien lo niegue, partimos.

La  convencí para pasar por unos grandes almacenes a comprar unas cosas, más vale prevenir que curar, pensaba para mí mismo. No quiero verme en una situación desesperada sin algunos artilugios que necesito.

Al llegar al establecimiento el caos era generalizado. La gente, que empezaba a ver lo que pasaba en la calle y en las carreteras, estaban comprando como locos en los centros comerciales. Supongo que cada uno quiere tener su despensa bien provista, pero no acabo de entenderlo. Pretenden quedarse en casa a verlas pasar. Ellos mismos.

Entramos entre empujones y voy directo a la sección de deportes. Un par de bates de béisbol de aluminio me vendrán de perlas, creo tristemente que los necesitaré y pronto además.

Ya que estamos aquí, le digo a Alba que vaya al coche y me espere allí, no quiero alarmarla con lo que voy a comprar, necesito provisiones. Ella me hace caso y va hacia fuera. Con la excusa de que tenemos que salir rápido se ha marchado sin rechistar.

Las cosas se están acelerando más de lo deseado y en cualquier momento puede saltar la alarma. En el pequeño barrio de los padres de ella, ya están los militares dando vueltas vigilando y la ciudad es un hervidero.

He cogido bastantes sopas de sobre, pasta deshidratada para preparar y latas de conservas. Sé que no son gran cosa nutricionalmente pero no puedo cargar con mucho peso si tengo que salir del apartamento corriendo.

Ahora debo quedarme en él, si la situación con Míriam lo permite, para esperar noticias de Sara y su informe. Joder, no me sale nada bien. Menudos días que llevo, si monto un circo, seguro que me crecen los enanos.

Al llegar a la cola del supermercado, escucho como hablan dos señoras delante de mí. Una de ellas le explica a la otra que su hijo, que es médico en el hospital, aún no ha vuelto a casa desde hace más de cuarenta y ocho horas, que los dos centros, el hospital y el polideportivo, no paran de traer personal médico de todas partes del país. Lógicamente debería haber vuelto a casa ya.

Se han quedado cortísimos con el personal sanitario y los afectados ya se cuentas a centenares. Solo en el polideportivo hay más de setecientos, tumbados en literas, en condiciones precarias y sin las medidas sanitarias mínimas.

Dicen que la culpa es de esos “niños rabiosos delincuentes”, me han dado ganas de estrangularlas ante semejante estupidez, no tienen ni idea que era aquello, pero un incidente ha llamado más mi atención.

Mientras escuchaba la conversación de las dos marujas sobremaquilladas, un tipo con una cazadora de piel negra, vaqueros y zapatillas, ha salido corriendo con una bolsa de lo que parecía ser comida que no pretendía pagar. Ha tropezado con varias personas e incluso ha tirado a un niño al suelo en su apresurada fuga.

Iba gritando repetidamente:

-No pienso esperar aquí mientras esas cosas muerden y matan más gente. –Apenas se le entendía.

Al principio era un susurro, pero después fue aumentando el tono hasta que salió corriendo por la puerta agarrado a su bolsa como si le fuese la vida. El guarda jurado ha salido corriendo tras él, pero su dieta hipercalórica le ha convertido el cuerpo en una máquina lenta y sebosa, que no alcanzaría nada que no fuera una rosquilla.

La gente que está en la cola, al ver que el tipo se iba sin pagar, nadie le detenía, el ambiente estaba más caldeado cada vez, lo han imitado y han salido corriendo sin pagar. Es una escena de cine, el gentío se ha vuelto loco, la ética y la educación han dado paso al pánico sin concesiones.

Las cajeras al ver la situación, han intentado parar a algunos clientes, pero ante la respuesta agresiva de estos, se han cruzado de brazos y no han opuesto resistencia. Salgo por la puerta caminando tranquilamente, Alba enciende el motor, se acerca hacia mí y le digo:

-Vámonos de aquí, el mundo se está volviendo totalmente loco. –Digo mientras subo al coche.

Durante el camino, como ella está mucho más tranquila, le he estado poniendo al día de lo que puede que nos encontremos y porque he comprado un par de bates de aluminio. Su cara, entre estupefacta e irónica me hace temer que no me cree nada de lo que le digo. Lo veo, bastante normal, para que vamos a engañarnos.

Ella es una chica muy inteligente, por lo tanto lo más racional es que no me crea una palabra de lo que le estoy diciendo. Unos científicos locos probaron un arma biológica con unos niños sin padres para crear una raza de militares sin miedo para así ganar todas las batallas, ese experimento les salió mal y ahora la humanidad está condenada. Para cualquier persona lógica es una estupidez de película de serie Z de los años ochenta.

Encontramos el camino extrañamente tranquilo, aparcamos el coche en la calle, subimos al apartamento, antes de entrar, pego el oído a la puerta y no escucho nada. Saco las llaves y abro la puerta muy suavemente, parece que está despejado. El apartamento es un gran comedor central con las habitaciones en los lados del mismo, sin pasillo. Así que de una vista rápida, ves todas las puertas.

Están todas abiertas menos la del lavabo, indico a Alba que pase y cierre la puerta, pase lo que pase aquí dentro no quiero que lo vea nadie. Sonrío cuando veo que Alba lleva la bolsa de los medicamentos en la chaqueta, sobresaliendo por el bolsillo derecho, aún tiene la esperanza de dárselos, esta es mi chica, optimismo ante todo.

Me acerco a la puerta cerrada del cuarto de baño, intento girar el picaporte pero está cerrada por dentro. De repente, se escucha como alguien sale precipitadamente de la bañera echando todo el agua hacia fuera de la misma, a continuación una lluvia de golpes contra la puerta del servicio nos advierte que quien hay dentro no quiere darnos un beso de bienvenida precisamente.

Mientras golpea rítmicamente, gruñe de una forma gutural, Alba le habla:

-Míriam, te he traído los calmantes y los anti inflamatorios para tu herida.- Le tiembla la voz y se acerca a la puerta mientras yo le pongo la mano en el pecho para que no avance ni un paso.

Paran los golpes. Pero no dura mucho, de nuevo y con más furia golpea la puerta con lo que parece que es su cuerpo usándolo como ariete para atravesar la barrera que le separa de destrozarnos.

Alba no sale de su asombro, empieza a creer lo que yo le decía. Tenemos que tomar una decisión rápido, porque esa puerta no sé cuanto aguantará.

-Alba, recoge todas las cosas que creas absolutamente necesarias, nos largamos de aquí. –Le digo apresuradamente mirándola.

Ella corre a su cuarto, está haciendo la maleta y yo espero delante de la puerta por si cede, intentaré defenderme con mi bate. Los golpes están sacando los embellecedores del marco de la puerta, la furia de Míriam es brutal. En los dos minutos en los que la puerta parece aguantar, Alba ya ha preparado algunas cosas y alimentos enlatados.

En un piso de estudiante la mayoría de la comida es preparada y de larga caducidad, así que casi todo nos ha servido. La puerta está cediendo y a través de uno de los agujeros del laminado a sacado una mano. Está morada, tensa y busca algo que agarrar con furia.

De golpe asoma la cabeza, Alba y yo nos hemos paralizados de horror. Está pálida, cadavérica y sus ojos blancos no emiten ninguna señal de vida, solo odio, furia y agresividad a partes iguales. Un líquido negro y viscoso le cae de la boca por la mandíbula, mientras la abre con sonoras dentelladas.

Agarro a Alba de los hombros, mientras mira horrorizada a su mejor amiga. La agito e intento interrumpir su segundo shock hoy, no creo que sea muy bueno para su cabeza.

-¡Alba, Alba! ¡Te necesito, escúchame! – La sigo sacudiendo mientras le hablo.

El ser se sacude entre la puerta y el marco, gruñendo con una fiereza inusitada y da palmadas en las paredes para librarse de su prisión.

-Escúchame, colócate delante de la puerta de la salida y llámale la atención, cuando corra hacia ti cierra la puerta y yo escondido aquí detrás le golpeo con el bate. ¿Vale? ¿Me entiendes? –Le digo y sigo meneándola desde los hombros que tengo agarrados.

Me asiente con la cabeza sin quitar la mirada en el ,que si lo dejásemos, sería nuestro asesino.

-Vamos, coge las cosas y quédate ahí- Le hablo con calma y pausadamente.

La dirijo a la entrada y dejo la puerta abierta. Míriam casi se ha librado ya de la puerta haciéndose unos cortes horribles en la cadera, parece darle totalmente igual.

Rompe la puerta de una sacudida rápida, cayendo a cuatro patas delante de ella. Levanta la cabeza rápida y mecánicamente hacia la puerta de salida, emite un gruñido sordo, corre enfurecida, le patinan los pies mojados, con el cuello y los brazos tensados y la boca oscura abierta de par en par.

Va desnuda, está hinchada y su piel tiene un tono azul muy poco saludable, la mordedura de su atacante está también hinchada y como gangrenada con un nivel de putrefacción muy elevado.

Cuando está a escasos dos metros de mí, Alba cierra la puerta y le golpeo con el bate de aluminio en toda la cara, suenan huesos rotos y cae de espaldas. El cuerpo está dando unos escandalosos espasmos en el suelo.

Cojo mi mochila, mis cosas, sin olvidarme los famosos documentos y salgo del apartamento. En el descansillo, Alba está sentada en el suelo llorando en cuclillas, debido a la tensión acumulada, cogiéndose las rodillas y con sus cosas alrededor.

Corro hacia ella y la vuelvo a abrazar para tranquilizarla, le acaricio su melena rubia por detrás de las orejas y mientras nos miramos directamente a los ojos acercamos nuestras bocas, pero justo en ese momento, nuestra compañera de piso, o al menos lo que queda de ella, arremete contra la puerta de salida con la misma fiereza que con la del servicio hace un instante.

No ha muerto, ni siquiera sigue desmayada. Cojo un papel de una libreta, pongo: “CUIDADO PERSONA EXTREMADAMENTE PELIGROSA Y AGRESIVA AVISEN A LAS AUTORIDADES PARA ENTRAR” y la cuelgo en la puerta de nuestro apartamento, al menos así si alguien viene a socorrerla quedará advertida.

Abandonamos el edificio los dos en busca de un techo. 

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