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HOTEL CALIFORNIA

VICTORIO DIA IV (Capítulo 50)


 

Hoy madrugo. Normalmente me molesta, pero hoy no. Vuelvo a ser yo, aquel buscador de problemas y especialista en finiquitos definitivos. Cuando me acostumbré a esta vida, me casé con mi oficio, no quería mujer ni hijos, ni siquiera familia. Cuando mi padre se dio cuenta, quiso frenarlo, me estaba convirtiendo en un mercenario de la Guerra Santa. Mi familia era extremadamente devota, radical incluso en muchas fases de su vida. Cuando no gobernaban o el gobierno que había no les complacía en sus ideas, se tornaban violentos defendiendo sus creencias. Pero creen que lo hacen por el bien de todos.

 

Esa era la gran diferencia que veían en mí. Cuando se enteraron a qué me dedicaba, básicamente se lo contó Páter, lo aceptaron, lo comprendieron, buscaron justificación a esos horribles actos que su hijo perpetraba en nombre de Dios. No hay paz sin guerra, pensaban. No podían estar más equivocados, aquella guerra estaba floreciendo en mi interior, en forma de odio, rencor, venganza y en ocasiones, extrema crueldad con mis víctimas. Intentaron alejarme de aquello, España era el destino, se acabó ser la Camorra Vaticana.

 

En pleno auge de mi carrera como criminal “políticamente correcto”, me trasladaron a la Península Ibérica. No me pareció mal, un poco de tranquilidad me vendría bien. Se acabó mirar los bajos de mi propio coche para buscar un artefacto explosivo, se acabó doblar las esquinas sin saber que al otro lado podía haber un pistolero que me enviaría a mejor vida. No tenía que seguir mirando atrás por si me perseguían. El pelo engominado hacia atrás y los trajes de HUGO BOSS, no encajaban en el pueblo pesquero de cinco mil habitantes, que forma parte del paisaje mediterráneo más pesquero y amable.

 

Mi vida era tranquila. Recuerdo, que cuando me enviaron aquí, lo llamaban “jubilación anticipada por cortesía de la Santa Sede”. Las faenas eran fáciles, cortas y aburridas. Escolta de Obispos, conductor de un cardenal, en este oficio estuve muchos años, es más, hasta hace poco era él quién pedía de mis servicios aún, según sus propias palabras, “se sentía más seguro”. Hasta que me enviaron una misión más importante, debía organizar la visita Papal en la capital. Eso ya me gustaba más, había estado mi vida organizando la seguridad sin haber tenido ni un solo agradecimiento. Era mi oportunidad.

 

Ahora vuelvo a sentir esa adrenalina, esa vocación, eso que sientes cuando algo te gusta de verdad. Según los “loqueros”, mi oficio era enfermizo para mí. Durante mucho tiempo no podía ejercer por prescripción médica, eso le daba igual a mis jefes, sobretodo al cardenal al que le hacía de chófer. Trabajaba dos horas al día, llevarle al sitio y recogerlo, con un sueldo seis veces la media del país, en un coche de cientos de miles de euros. Con permiso de armas y una Colt 45 en la cartuchera. Eran buenos tiempos.

 

Hoy es un gran día, uno de los más felices de mi carrera profesional, sin duda.

 

Me visto con la ropa que dejé preparada, ya le he cortado los salientes a la chaqueta. Mi mochila cargada de armas pesa unos cuantos kilos, el estuche del rifle también, lo he cogido hasta con el trípode porque el retroceso es brutal. Como no quiero acercarme a esos cabrones, actuaré de observante y como mucho de francotirador. Hoy toca reconocimiento del terreno. Bajo las escaleras al garaje, allí está el Mercedes, abro el maletero y cargo las armas. He cogido también unas barritas energéticas de muesly, puede que me dé hambre, nunca se sabe. Hombre precavido vale por dos.

 

Giro la llave, se encienden todas las luces del salpicadero y arranca el motor, desde el mando abro la puerta automática de mi garaje. La finca tiene una parcela privada y dentro unas veinte casas, toda la zona común está extrañamente desierta, mis vecinos se han ido o se han escondido. Solo veo alguien trabajando, los aspersores del césped de la piscina comunitaria. Estos son incansables, ¿qué será de Ricardo? Es el jardinero de la comunidad. Ahora mismo nadie va a trabajar, bueno, yo sí. Abro la puerta principal, son las siete de la mañana y no hay un alma por la calle, el sol se asoma tímidamente en dirección a mi destino, deslumbrándome. Me pongo mis Ray Ban Aviator verdes con la montura dorada. Desde hace años, solo uso estas, mi mujer me las repone cada verano por mi cumpleaños. Debo tener al menos seis pares.

 

La carretera, al igual que en la calle, el ambiente es fantasmagórico. Cuando no ves coches a estas horas, es normal, pero no ver camiones o taxis… Eso mosquea. La entrada a la autopista pasa por un gran centro comercial, el aparcamiento tiene bastantes vehículos abandonados con una capa de polvo bastante gruesa, como el camino de ida y de vuelta es totalmente diferente, ayer no vi nada de esto.

 

En las salidas de la ciudad los turismos que ayer colapsaban el asfalto están sorprendentemente vacíos, sin nadie en su interior. Siempre es igual, un accidente y una cola de coches abandonados, en uno de ellos un camión cisterna de combustible, tenían mucha faena estos días, ha volcado originando un gran incendio. El plástico derretido y el asfalto teñido negro hacen que me gire a mirar sorprendido. No hay nadie. Pero es que ni de esas cosas. Miro el localizador, lo tengo apagado. Lo encenderé cuando esté en la zona del hospital, no quiero despistarme sin ningún orden, eso no va conmigo.

 

El hospital es un caos absoluto, señales arrancadas de cuajo, vallas destrozadas, los coches están por todos sitios, encima de las zonas azules, bloqueando el aparcamiento, las carpas desmoronadas se extienden por el suelo y algunos mástiles que aún están en pie sujetan la lona ondeada por el viento. Un edificio de tres plantas que está a unos metros pero perfectamente alineado con la puerta principal que permite ver la de urgencias también, es mi destino. El silencio es sepulcral, tengo la radio apagada y llevo el motor lo más bajo de vueltas posible. Los periódicos tirados por el suelo delatan el paso de mis ruedas, las papeleras y los contenedores esparcen su contenido por el piso. Un autobús quemado, bloquea el puente que comunica con el resto del poblado.

 

Me fijo en mi edificio, la escalera de incendios está encogida, lo suficiente para que cualquier amigo de lo ajeno no pueda acceder a ella sin una escala de mano. Coloco el Klasse G debajo de ella, accedo al asiento trasero, cojo la mochila con las armas, me llevaré una pistola ,la Colt por si acaso, el estuche del rifle y unas granadas para llamar la atención. El localizador en el bolsillo de la chaqueta. Abro la ventana del copiloto, subo el estuche y la mochila al techo del coche, me encaramo como puedo yo también en la parte superior del vehículo. El estuche y la mochila pesan una barbaridad, Victorio te estás haciendo viejo.

 

Subo a la parte de arriba del tejado por la escalera, aún hay ropa colgada de los vecinos de la comunidad secándose. O hay gente en el bloque o tenían mucha prisa para irse. Abro el estuche, monto el Barret M82 con el silenciador y el trípode. Me apoyo en el alféizar, estaré prácticamente tumbado en el suelo. Preparo la Colt y la dejo cargada en el suelo al lado de mi cadera en el lado derecho, me aseguro que nadie viene por detrás. Un tocho que hay al lado de mí me da una idea, lo cojo y bloqueo la puerta que sube del bloque a la zona de tendido de la ropa. A veces son más peligrosos los humanos que los bichos estos.

 

Con todo preparado, me pongo a observar por la mira del rifle todo el edificio. Definitivamente el hospital cayó hace horas o puede que días. Las ventanas rotas, dan permiso al viento para que ondee las cortinas hacia fuera, algunos fluorescentes parpadean en el techo, un helicóptero en el helipuerto de la planta superior espera unos pasajeros que nunca llegarán. Las nubes se reflejan en las pocas ventanas intactas y del piso de abajo unos escritorios parece que han servido para abrir un acceso donde antes no lo había, sin lugar a dudas son las oficinas, esa jornada laboral tuvo que ser la más dura de sus vidas. Hay incluso algunos cuerpos tirados encima del cobertizo que cubre la puerta principal. Un porche que se diseñó para sujetar las letras de la palabra HOSPITAL iluminadas para advertir a los heridos donde tenían que ir, ahora es el nicho de unos pacientes desesperados ante lo que se les venía encima. Unos seres podridos y asquerosos que querían convertirlos en su comida, merienda o cena dependiendo del horario del ataque.

 

Hay algunas ventanas que tienen unos huéspedes curiosos, pijama verde, chorreón negro en el pecho, cabeza ladeada y mirada perdida. Enciendo el localizador, no hace nada. Dijo que estando a pocos metros esto sonaría, a ¿qué se refieren con pocos metros? ¿dos? Vaya decepción más grande. Creo que tendré que tirar el anzuelo. Cojo una granada, le quito la anilla y la lanzo al aparcamiento del hospital, en siete segundos explota haciendo un ruido espectacular. La gran sorpresa llega cuando en las ventanas de los edificios del alrededor asoman docenas de cabezas apartando las cortinas para ver qué pasa. Aparto mi cara de la mira telescópica y me doy cuenta que lo único que he hecho a sido alertar a los no muertos de presencia humana. No ha sido demasiado inteligente mi acción, miles de personas están escondidas en sus casas aún, esto es increíble. No lo habría dicho nunca, mi camuflaje es insuficiente. En este momento, decenas de seres humanos me miran con odio por haber revelado su posición. Debo irme, cambiaré de metodología.

 

Cuando empiezo a recoger mis cosas, escucho como la puerta del acceso donde he puesto el tocho intenta en vano abrirse, después de un rato de traqueteo me posiciono con la Colt en el lado de apertura y escucho una vocecita:

 

-Señor, señor. ¿Qué es usted de la Policía?

 

Juraría que es la voz de una niña, es chocante, las calles vacías. No hay coches, no hay movimiento, el hospital ha caído pero una niña está hablándome. Aprieto la puerta contra su marco, no quiero que me vea.

 

-Nena, ve a casa. Esto es peligroso, baja. –Le digo son saber que hacer, esto me descoloca.

 

-Mis padres aún no han llegado, estoy sola. He escuchado el ruido y pensaba que era usted la policía y podría ayudarme. –Dice lloriqueando.

 

-Ve con una vecina tuya, no te preocupes ellos volverán. –Sé que no es verdad, pero como voy a hacerle entender la situación.

 

El ejército y la policía ha dejado tirado al ciudadano de a pie, no se hacen responsables. Se han esfumado, esas cosas están tomando el control y ellos no hacen nada. Miles de personas, docenas de familias, esperan en casa a que alguien venga a rescatarles. Pero al Gobierno les da igual. Están muy preocupados contabilizando los daños. Dinero y solo dinero es lo que les importa, es muy triste. Recojo rápido mis cosas y vuelvo a utilizar la escalera de incendios para abandonar el lugar. Mientras conduzco el todoterreno por las calles, sé que hay gente observándome. Preguntándose quién soy, la ciudad no está vacía. Está escondida.

 

Es una sensación espeluznante, miles de ojos clavados en mi nuca y yo sin poder verlos.

 

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