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HOTEL CALIFORNIA

PETE DIA XIV EN EL EXTERIOR PARTE I (Capítulo 54)


La urbanización donde estamos, la construyeron justo por encima del polideportivo que convirtieron en el hospital de campaña cuando empezó esta crisis. Me gustaría ir a ver como está, pero un adolescente en un Porsche es bastante sospechoso la verdad. Así que solo me asomaré por una pequeña colina y usaré los prismáticos de Bob.

El polideportivo está a reventar, han puesto más control. Hay militares en las entradas, por dentro de las instalaciones y los alrededores están llenos de UROS e IVECOS con soldados encaramados en los laterales. Hay una pequeña carretilla elevadora moviendo palets de comida de un lado a otro, las instalaciones están abarrotadas de ambulancias, pero ninguna se mueve, tampoco veo a los sanitarios que las conducen.

Unos curiosos tipos vestidos de negro con unas máscaras con un pico de al menos medio metro, se dirigen hacia adentro de las instalaciones, parecen tres cuervos. No hay mucho que mirar, un vehículo sube hacia aquí. Bastante tengo con mis problemas, como para buscarme más. Me monto en el coche y le digo a Alba:

-Vámonos, ¿te acuerdas de la dirección? Supongo que los Gps funcionan aún.

-Sí mira es esta.- Me la señala en el móvil. Empieza a quedarse sin batería y no sé donde lo pondré a cargar.

-Perfecto, sí que funciona.

Enciendo el motor, el ronroneo del motor de tres mil seiscientos centímetros cúbicos, me hace querer estrujarlo para exprimir su potencia. Qué maravilla de coche. El Gps indica que nuestro punto de destino está a pocos kilómetros, pero lo que más me preocupa, es que es en ciudad. No sabemos como estará esa zona, por una parte sería normal que estuviera infestada de no muertos, pero por otra, los seres esos han seguido el ruido de los supervivientes y refugiados hacia las afueras de la ciudad. No sabemos qué nos encontraremos.

Enciendo la radio, las emisoras nacionales hablan de la infección casi todo el tiempo. Tertulias, noticias y debates con políticos inundan la onda media, ahora tratan sobretodo las situaciones extremas en las fronteras. Las Ongs están retirando a algunos voluntarios que han sido atacados, eso va a ser el principio del fin, no se atreverán a eliminar a esos portadores del virus y cuando se levanten, seguirán propagando la enfermedad.

A pocas horas del presunto cierre de fronteras, nuestros vecinos están más nerviosos que nunca, genial, no solo tenemos que preocuparnos de los infectados, sino que además esos pequeños “come-queso” los tenemos enfadados. Nunca nos han querido demasiado y ahora les hemos dado motivos. Si la enfermedad se llamase “Fiebre Francesa” tampoco me caerían demasiado bien, si soy sincero.

Las carreteras principales presentan un aspecto desolado, solo roto por algún coche aparcado en el arcén, en muchos casos con las puertas abiertas y claras señas de lucha en ellos. Otra cosa muy curiosa es que hay muchos animales, perros, gatos e incluso vacas, semidevoradas. Supongo que a ellos lo único que les mueve es saciar su apetito, les debe dar igual el tipo de animal que sea. Eso no es tranquilizador, no solo quieren acabar con la humanidad, sino que además los pocos que queden vivos tendrán que competir con esos monstruos por los animales. Qué panorama.

La entrada a la ciudad es extrañamente tranquila, debe ser curioso ver este coche recorriendo las calles desoladas, rodeado de vehículos calcinados. Freno. Al fondo, varias figuras tambaleantes miran al horizonte, es la primera vez que veo podridos desde que salimos de casa de sus padres. No voy a comprobar como son, nos quedan muchos kilómetros para hacernos los héroes ahora.

Giro a la izquierda, rodearé la zona donde estaban esos, ahora mismo las señales de dirección prohibida tienen poco sentido, a no ser que me encuentre un vehículo bloqueando el paso. Por eso, asomo el morro y miramos al fondo, si no está congestionada, pues ya tenemos camino. Los esquivamos y seguimos por la principal, nos paramos ante una imagen triste, muy triste, creo que la más triste que hemos visto desde que todo esto empezó.

Un autobús escolar, semicalcinado, está cruzado en la calle. Sus ocupantes, en gran mayoría niños y con el uniforme escolar aún puesto, están sentados en los asientos de un autobús manchado con el óxido que genera la alta temperatura del incendio que la carrocería soportó, algunos ocupantes totalmente quemados y otros que son los más inquietantes, se pudren asomados a las ventanas con los ojos abiertos. Buscando visualmente de forma imposible, su salvación, su humilde aportación al infierno que se vive en la calle, convierte nuestro día en una pesadilla que nos gustaría olvidar, pero que creo que no conseguiremos.

Alba mira el espectáculo ruborizada, ante tal orgía de violencia gratuita que presenciamos. Hace tiempo que estamos metidos en esta situación y no me parece posible que un día me acostumbre a estas cosas. Simplemente, hay imágenes para las que una persona cuerda no está preparada, esta es sin duda una de esas. Los padres que se pregunten donde están sus hijos desaparecidos, puede que fueran esos que tambaleaban calle abajo, puede que sean esos que murieron en las revueltas, puede que sean unos simples refugiados de la frontera con Francia. Lo que está claro es que no están juntos.

Ya estamos cerca de la puerta del edificio de la redacción, el guarda permanece impasible dentro de su caseta, creo que es la única persona que trabaja en toda la ciudad. Aparco el coche en la puerta, no sé que me encontraré. La estampa de un tipo leyendo el periódico en una ciudad casi apocalíptica me hace sonreír, convirtiéndome en el tipo con la pinta más de esquizofrénico en varias manzanas a la redonda.

-Quédate aquí Alba, móntate en este lado. Si ves problemas, mueve el coche para llamar la atención y cuando te sigan de lejos. Vienes a buscarme. –Le digo tranquilizándola con un beso en la mejilla.- ¿Vale? ¿Lo has entendido?

-Sí, sí claro. Ve.

Me acerco a la pequeña ventanilla. El guarda lee el periódico.

-Buenos días. ¿Está tranquilo aquí verdad? –Pregunto medio sonriendo.

Me mira fijamente y saca una pistola de gran calibre de debajo del pupitre y la apoya en la hoja de la mesa, mastica chicle con una expresión de no gustarle el sarcasmo.

-Lo siento, lo siento.- Digo maldiciendo mi estupidez por actuar así en esta situación. –Busco a Sara, ¿está?

-Un momento por favor.- Su voz tiene un marcado acento del este, no sabría decir de donde.

Miro nervioso al coche, si aparece alguno de esos, estamos vendidos. Este tipo no nos deja pasar aquí dentro, estaríamos más seguros, mucho más seguros. Habla en voz baja con alguien, supongo que con ella o con la persona que tiene que encargarse del reportaje de Bob, a estas alturas los informes del doctor Lehman sí se los dejaré, son fotocopias de los originales pero el reportaje de Bob es original, solo hay uno. Ya no aguanto más:

-Oiga ¿nos deja pasar a aquí dentro? Por favor, aquí no es seguro. Pueden atacarnos esas cosas.

-¿Y si están infectados?

-Mire, no tengo nada. –Le digo mientras le enseño el cuerpo y los brazos levantándome la camiseta.

En ese momento una mujer pelirroja, corre hacia nosotros desde la gran puerta de cristal, está visiblemente nerviosa:

-Sergei, ábreles la puerta, me responsabilizo yo, venga va. –Grita a la vez que corre.

Le hace caso y la puerta corredera se abre, lenta pero firme, debe pesar una barbaridad. Por eso están tranquilos aquí, el sonido ronco del motor de Stuttgart evidencia movimiento, alba mete el coupé plateado en el recinto y Sergei vuelve a cerrar la puerta. Sara se abalanza sobre mí y me abraza, su respiración está acelerada, me mira cogiéndome la cara por las mejillas:

-¿Eres Pete verdad? –Me pregunta visiblemente emocionada.

-Ahora sería un corte que no lo fuera eh… -Respondo.

-Y ella es…

-Alba, perdona. Ella es Sara.- Respondo saturado de emociones.

-Encantada Alba. Ahora no os váis a ir de aquí, tendréis hambre, sueño…

Miro a Alba, sabe muy bien que no quiero viajar de noche y este parece un sitio muy seguro.

-No sé… ¿Cómo lo ves tú?

Alba me hace una mueca para contestarme.

-Primero de todo. ¿Lo has traído? .-Me pregunta acordándose de para que he venido.

-Sí.Lo llevo aquí.- Señalando a la mochila le respondo.

-Mirad, os explico mi idea. Editamos el reportaje de Bob, mientras os podéis quedar a cenar y dormir. Seguidme.

Subimos por el edificio, es un edificio moderno de mármol y cristal. En la primera planta hay más gente de la que pensaba.

-Veréis. Todos los que véis aquí somos los trabajadores que quedamos de los doscientos que somos normalmente, creo que ahora estamos unos veinticinco. Normalmente, permanecemos divididos en los pisos departamentales pero como somos los únicos que estamos y mantenemos el periódico, sobretodo el digital, ya que el clásico creemos que no será posible que funcione, nos hemos trasladado todos en esta planta. Esperábamos tu noticia como agua de mayo, las entradas de correo son increíbles, hay mucha gente escondida esperando noticias nuestras, incluso decisiones importantes dependen de eso que vamos a escribir esta noche. Vamos a hacer historia, prepárate para ser leyenda.

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