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HOTEL CALIFORNIA

VICTORIO DIA VI (Capítulo 57)


 

La sensación de ir entrando a la ciudad totalmente solo y ver las grandes colas que salen del centro de la urbe, demuestran la desesperación de los ciudadanos por salir del enjambre. La verdad, es que no me parece la solución más inteligente, pero bueno que le vamos a hacer. A unos metros del polideportivo, un control militar, ya empezamos con las tonterías:

-No puede pasar caballero, esto es zona restringida. –Me dice el imbécil.

Me llevo las manos a la frente, me toca volver a explicarles a estos idiotas quién soy. Qué paciencia.

-Por favor, diga a la persona al mando que vengo a ver al Páter, soy Victorio. ¿Porqué no os apuntáis mi nombre y ya está?

Lo primero me ha oído y lo está preguntando por la radio que lleva colgada en la solapa del hombro derecho:

-¿Perdone que ha dicho después? –Me pregunta servicialmente.

-Da igual, da igual. No se moleste. ¿Paso ya?

-Sí, sí. Siga a mi compañero. –Me dice señalando a otro militar que ahora entra en escena.

Un soldado se monta en un Anibal verde, me dice que lo siga con un gesto con la mano, le sigo. Sé el camino de sobras, aún retengo algo en la memoria, menos mal. Damos la vuelta por el lado del polideportivo donde no está el foso común que vi la última vez que vine, menos mal, no tengo ganas de ese espectáculo ahora. En el mismo sitio que estacioné el Maserati me invitan a que deje mi todoterreno. Se espera a que me baje del coche y me acompaña al interior. Cuando entramos apunta hacia mi anfitrión. Me acerco a él.

-Páter.- Saludo.

-Hola Victorio, me vas a venir muy bien. Tenemos a alguien que te gustará ver y además podrás echarme una mano con la confesión. ¿Qué tal se te da eso? –Me dice mientras se seca las manos de sangre con una toalla.

-Bien hasta el momento. Jodidamente bien. Perdone por el taco, era la mejor forma de que me entendiese. ¿Quién es?

-Es un periodistucho que ha metido la nariz donde no le llaman. ¿Pero sabe qué es lo mejor de todo? Pasó unos días con Pete y se comunicaban con el teléfono, para no localizarlo, se escribían e-mails, así que no tiene su número, una vez tengamos el código de encendido lo averiguaremos… -Me enseña un teléfono móvil.

-Creo que le entiendo Páter. Entraré a hablar con él.

Me acerco al reportero, tiene la cara ensangrentada, me parece que le han dado bien antes de qué yo llegase. Él me mira, supongo que piensa que le voy a pegar, ¿para qué? Con todo lo que le han dado no creo que ahora dándole más le saque algo, seré más rápido. Entro con el teléfono en la mano.

-No te voy a dar dos oportunidades, yo quiero saber algo que tú me dirás. Sino te mataré o puede que algo peor. –Señalo con la vista a las camas donde están los infectados.- No tienen aprecio a tu vida, les importas poco. Si hablas será más sencillo.

Me mira mal, no está dispuesto a colaborar. Bueno pues seremos prácticos y directos, me meto el teléfono en el bolsillo. Lo desato de la silla y salgo hacia el pasillo con él, sus piernas no aguantan su propio peso, o está fingiendo o este tipo está exhausto. Me acerco al padre, que está firmando unos documentos y le doy el móvil:

-¿En la sala aquella está aún el podrido al que le disparé en el pecho? –Le pregunto aceleradamente, para que mi presa tenga más miedo.

-Sí claro, es otro diferente porque yo lo maté al último, pero hay uno ¿qué vas a hacer? Oye… oye… -Me está gritando mientras arrastro al periodista a la sala.

Entro en la habitación, el ser que ha notado que hemos entrado empieza a ponerse nervioso pero aún en la urna. Se asoma el padre.

-¿Qué haces? ¿Te has vuelto loco?

-Usted quería información y la va a tener. Coja el teléfono. Tú imbécil, dame el PIN del teléfono.

-¿Qué?- Me contesta escupiendo sangre.

-¡Qué me digas el PIN joder!

No contesta y me mira mal. Le hago un gesto al militar que se ha puesto al lado del botón que acciona la puerta, él me mira, no va a hacer nada hasta que el padre no se lo diga. El padre me mira, no le gusta lo que hago e indica al soldado que me haga caso. Le da al botón y el infectado corre como un loco hacia nosotros. El redactor sale de su trance y del susto se aparta hacia la puerta de un salto. El ser se ha parado debido al cable que le sujeta de la cintura. El periodista lo mira aterrado. Lo cojo de la pechera y vuelvo a repetirle:

-¡Dime el PIN o te echo con él!

Me mira mal de nuevo. Se lo acerco a ese ser inmundo que gruñe como un poseso ante su presa, se me están poniendo los pelos de punta, le toca con sus manos frías la cara, la expresión del reportero cambia, está aterrado. El no muerto da bocados al aire, desea arrancarle la vida.

-Solo le estoy pidiendo el código y le soltaremos.- Lo acerco un poco más hasta que puede notar el aliento, si es que tienen, de esa cosa en la nuca, empieza a llorar.

-1368. –Dice entre lloriqueos de nena.

-Enciéndalo padre.

Páter enciende el teléfono e introduce el código. El sonido de bienvenida me confirma que no ha mentido, ya tengo lo que quería. Según me pongo más violento, el no muerto se acelera también, el movimiento y la agresividad los hace ponerse más tensos y bruscos. Es curioso, son muy básicos. Empujo al periodista contra el padre:

-Ahora es suyo, déme el teléfono.- Le quito el teléfono de las manos.

Mientras trasteo sus mails, encuentro el contacto de Pete. Al parecer fue él quién contactó con el periodista para venderle la historia, interesante. Lo tengo chupado. Empiezo a escribir el mail. Me asomo a la sala donde está el periodista con el páter, le está dando una soberana paliza con un puño americano, si da así los puñetazos, no quiero ni imaginarme sus misas.

Lo llamo para que salga un momento, se asoma a la puerta de la sala, el infectado está muy exaltado, gruñe como un poseso y le da unos tirones brutales al cable. Es tan ruidoso que me ha echo asomarme, le digo:

-¿Es normal? ¿Eso?

- Sí, se excitan cuando ven violencia, les pasa a todos. Bueno dígame que tripa se le ha roto.

-A ver, le he enviado un correo a Pete haciéndome pasar por el miserable que tiene usted en el suelo escupiendo sangre y que sabe donde está su hermano. Me contestará ahora diciendo donde quedamos.

Un minuto después.

-Ve padre, mire.- Le enseño el móvil.- Nos veremos en el principio del pueblo de Tossa de Mar, en veinticuatro horas.- Le digo mientras recojo mis cosas para irme.

-Pues encárgate de eso.- Me dice el Páter, mientras se coloca de nuevo el puño americano y se asoma a su sala.

Me coloco el cuello de la chaqueta y salgo hacia fuera. Voy a buscar a este miserable. Ha picado. No sé cuantos kilómetros habrá hasta mi destino y cuanto tardaré.

Espero que menos de veinticuatro horas.

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