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HOTEL CALIFORNIA

PETE DIA XV EN EL EXTERIOR (Capítulo 58)


Acabamos de salir de la redacción, todos se han portado muy bien, son una gente genial. Hoy el mundo se despertará con la noticia de Bob, la única crónica verdadera que se podrá leer de la mano de un periodista, se acabaron las conjeturas, las mentiras, el ocultismo, al fin la verdad llegará al ciudadano de a pie.

Nos han dado comida para nuestro viaje al pequeño pueblo pesquero de Girona, agua y muchas ganas de seguir adelante. Aunque las cosas se recrudecen mucho en el resto de Europa, según la radio, la infección está en todas partes, la palabra epidemia saldrá pronto y lo peor de todo es que será seguida por: ley marcial, restricciones y puede que Apocalipsis social. Esto es temible, realmente empezaremos a ver el resultado de este caos según vayamos saliendo de Barcelona, porque en contra de todo pronóstico es en la ciudad donde menos casos se percibe, al menos de lo que yo pensaba ver, porque las dos “operaciones salida” se han llevado casi a los cuatro millones de habitantes lejos de aquí.

El largo tiempo de incubación del virus, la mayoría han tardado más de veinticuatro horas, las prisas por salir del casco urbano y la sorprendente capacidad de dispersar la población que tienen las salidas de una gran ciudad han hecho el resto. Los trenes no daban abasto, los padres de Alba se fueron sobre vías por ejemplo, los aeropuertos han funcionado a tope, las carreteras pese a congestionarse rápidamente, han dividido su tráfico entre carreteras secundarias, nacional y autopistas (las peor paradas sin duda).

Así que nuestra opción es clara, carreteras secundarias. Nos quedan más de cien kilómetros por delante, pero lo peor no es eso, sino no saber como estará todo hasta llegar a allí. Eso es lo que realmente me preocupa. Continuamente animo a Alba para que no se agobie, lo último que necesito es una persona pesimista y desalentadora a mi lado.

Así que nos despedimos de Sara y todos sus compañeros, hemos intercambiado e-mails por si Internet es la única vía para comunicarnos, el teléfono móvil apenas tiene cobertura y encima está casi sin batería.Qué desastre. Bajamos al aparcamiento, la silueta del deportivo se adivina entre los primeros rayos de sol del día, como me gusta este Porsche, es precioso. Nos montamos en el coche, seleccionamos el destino y ponemos “Evitar autopistas”, bueno, ciento seis kilómetros en línea recta, así que acabaremos haciendo doscientos, en fin, vamos allá. Las primeras indicaciones nos envían a la Nacional II para no pasar por la autopista del Maresme, pasamos justo por debajo de la ciudad y las rondas. La Litoral es nuestro camino, qué miedo me da. De momento hay muchos coches parados en los laterales, es pleno día y si saliera alguno de esos monstruos, lo veríamos de lejos.

Pasamos justo por encima de la Zona Franca, el puerto está totalmente inoperativo, los coches siguen inundando los laterales de la carretera, algunos con las puertas abiertas y han dejado un carril bastante estrecho, al fondo veo que las han dejado los dos coches que están paralelos, ya no cabemos. Así que me he acercado todo lo posible, Alba con el bate y medio cuerpo fuera, está intentando empujarla puerta del BMW Serie 3 gris para cerrar. Voy controlando los lados para que no venga algún indeseable, ahora mismo somos una presa muy fácil.

Entre dos coches, un Ford Focus plata y una Citroën Berlingo blanca de “Ebanistería Casal” , hay un cuerpo tirado boca abajo, le falta un zapato, es un hombre, de su estómago sale una mancha que tiñe la carretera de un rojo negruzco reseco, huele realmente mal. Lo miro fijamente, mientras Alba consigue cerrar la puerta de un golpe en el lomo de la puerta, el ruido despierta al tipo y torpemente intenta incorporarse. Lo que yo no sabía hasta que escuché el grito de Alba es que en el BMW también había otro ser inmundo, que empieza a gruñir a través del cristal del coche bávaro, dibujando en el cristal un surtido de manos sangrientas.

Acelero contundentemente pasando a escasos centímetros de los retrovisores de los demás vehículos, una capa más de pintura y los habría rozado, empiezan a salir a nuestro paso todo tipo de figuras dignas de la mejor de la casa de los terrores existentes. Algunas incluso llegan a golpear la chapa con las palmas de sus frías manos, cada vez que pasa, me sobresalto. Los más impactantes son sin duda los niños, no acabo de acostumbrarme a esos seres en cuerpos de pequeñas personitas de apenas cinco años.

El sonido de la alarma de nuevo mensaje del teléfono hace dar un brinco a Alba, un e-mail, me pide permiso para abrirlo,  dice que es de Bob, que sabe donde está mi hermano y que le diga donde podremos vernos. Casi se me saltan las lágrimas, las emociones están a flor de piel y recibo la mejor noticia que me podían dar. Indico a Alba que conteste rápido antes de que se acabe la batería y le diga que en veinticuatro horas nos vemos en la entrada de Tossa de Mar, en el pequeño concesionario de barcos deportivos, al final de la carretera de curvas.Es increíble, voy a volver a ver a Patrick y Bob no ha muerto. Mi alegría es infinita ¡voy a verles mañana! Alba me da un sentido abrazo.

-¡Vas a verles al fin! Ves como no debías preocuparte tanto tontorrón. –Me dice a escasos milímetros de mi cara.

-No te imaginas la ilusión que me hace…

Según circulamos por los lados del puerto, veo que sí hay gente, vehículos militares y cuerpos de soldados se agolpan en los muelles. Si pudiera, iría a pedir ayuda, pero yo soy un proscrito.

Una mirada más detenida anuncia que están preparándose para tomar las calles con vehículos pesados y semi pesados. A buenas horas. Están formados por todo tipo de batallones, hombres a pie, con caballos y los vehículos. Deben haber venido en una fragata que está atracada en el puerto. Vamos, creo yo. Sigo pasando entre coches, solo que ahora no nos siguen esas cosas, han desaparecido por el retrovisor. Llegando a los túneles de la ronda los coches están apartados de forma diferente, marcas de neumáticos en el suelo evidencian que los han arrastrado, ¿con qué?. No lo sé, porque los golpes en la chapa de los vehículos apartados son en partes bastante altas. Puede que un vehículo militar pesado, un quitanieves, un camión…

Es siniestro pasar por aquí, una carretera tan concurrida en una ciudad tan grande y totalmente desierta es cuanto menos terrorífico. Al recorrerla de arriba abajo mientras buscaba alguien que me hiciera caso en mi reportaje, la conocí en plena vida rutinaria de la urbe, ahora en cambio, todo está parado, desierto y dejado. Es increíble lo que hacen unos días sin mantenimiento en las grandes colmenas de humanos. Cuando pasamos por debajo de puentes, los vemos a ellos, perdidos, cansados, sin saber donde mirar, ignorantes en muchos casos de nuestra presencia. Según circulamos por zonas más abiertas, en los parques se pueden observar grupos de seis a diez cadáveres andantes, despachando a alguien, podría ser cualquier cosa, un perro, un gato, un niño… Quién sabe. Alba y yo, llevamos todo el camino callados. Sé que cada vez que ve esto, piensa en sus padres, en sus seres queridos. Inconscientemente, lo hacemos todos.

Ahora me doy cuenta qué arrastraba los vehículos hacia los lados. Un camión de bomberos que se encuentra parado en medio de la carretera, justo en el cruce que divide el camino entre la Nacional II y la autopista del Maresme. Estamos encerrados, totalmente encerrados. Miro a Alba, voy a tener que salir hacia fuera. No parece que haya ninguno de esos podridos, el cruce es un paso elevado, todo y que hay coches, hace rato que estos no esconden a nadie en su interior. Ella aunque no le gusta verlos, mira al interior de los turismos para asegurarse, disimulo y no le digo nada. ¿Para qué? ¿Para ponerla más nerviosa? No vale la pena.

-Alba, voy a tener que bajar. Si esos bomberos han llegado hasta aquí arrastrando coches, yo también podré hacerlo. Sígueme con este, ¿vale? Si tienes cualquier problema haz luces, iré mirando por el retrovisor, si pitases llamarías mucho la atención, intenta evitarlo.- Le hablo mientras le cojo con las dos manos la cara y la beso para que se tranquilice.- Saldrá todo bien, hemos pasado mucho en muy poco tiempo. ¿Quién te diría a ti hace dos meses que conducirías un 911 por en medio de Barcelona? .-Bromeo.

Cojo el bate de béisbol saliendo hacia el camión, ella se cambia de asiento y cierra los pestillos, pobre, piensa que eso le resguardará de los apestosos. Sigo andando, mirando hacia los lados, algunos Z están alrededor de la zona, pero no me ven, no me hacen demasiado caso. Abro la puerta lo más sigilosamente posible, es un camión rígido Mercedes Atego rojo y blanco, con una caja grande cuadrada con persianas a los lados para sacar las herramientas y una gran escalera en el techo. Entro y lo primero que hago es mirar hacia detrás, si encontrase algo o alguien ahora, sería hombre muerto, ya que en un espacio tan reducido mi bate es inofensivo e incómodo de usar. No hay nadie. Delante del camión no hay demasiados coches hasta que el camino está libre, pero si más adelante, una vez sorteado este cruce me encuentro en la misma situación, con el Porsche no podré empujar.

Me acomodo en el asiento y giro la llave, está prácticamente sin gasoil ya que la aguja está por debajo de la última marca. Enciendo el motor con otro giro de llave, el ruido chirriante de la correa del ventilador y del propio motor, hace que todos esos miserables se giren hacia mí. Adoptan esa postura característica de tensión de extremidades, amenaza con la boca negra y se dirigen hacia mí. Acelero con fuerza hasta golpear el primer coche, por el retrovisor veo el coupé plateado cerca de mi trasera. Pensaba que arrastrarlos sería más fácil, ahora lo entiendo, los bomberos los deslizaban desde las esquinas de la  parte trasera del coche para que se girasen y luego con un golpe de volante hacia el lado contrario “aparcarlo” en el lateral de la calzada.

Los Z están cada vez más cerca, la valla, rota por una sección, debido a un accidente, les permite el paso y ya están en la carretera, pasando entre los coches aparcados a unos cincuenta metros detrás de mi. Mierda, llegarán antes a Alba que a mí. Con la técnica de aparcar coches menos elegante del mundo, los voy apartando entre chirridos de chapa, plástico crujir y pilotos romperse en un millón de pedazos. Están muy cerca y aún me quedan tres, el primero que tengo delante es un Peugeot 408 negro y amarillo, un taxi, lo aparto a un lado entre tosidos del motor del camión debido a mi prisa. Los siguientes don dos coches pequeños y los últimos de la fila, un Nissan Micra y un Smart, esos cabrones ya pueden sentir el olor de los tubos de escape del deportivo de Stuttgart. Acelero a fondo el motor diesel del camión estampándolo contra el Micra, embistiendo a los dos pequeños contra las vallas y dejando el paso libre.

Salto corriendo del camión, con mi bate de aluminio gritando y llamando la atención mientras ellos iban a exigir su presa, una preciosa rubia en un coche de menos de metro treinta de altura y ciento veinte mil euros de precio. Sigo gritando y agitando mi arma, sin ver que detrás de mí un bombero al que le falta media cara, me ha tomado por su presa. Su gruñido me hace girarme, mide al menos un palmo más que yo, me mira fijamente y se lanza hacia mí con una energía brutal. Esos cerdos, parece que conserven la agilidad que tenían en vida cuando les interesa, sobretodo al atacar. Salto por encima de los techos de los coches mientras dejan a ella en paz.

-Corre, pasa por delante y ahora te cojo. ¡Corre ahora! –Le grito sin apenas aire.

Acelera contundentemente pasando la zona del Micra y el camión de bomberos, por un segundo he pensado que no paraba yéndose sin mí, me ha recorrido un calambre por la espalda pensando en el panorama que sería. Pero las luces de freno se han iluminado, convirtiéndome en el mejor trepador de techos de coche en caravana que esquiva zombies del mundo. El bombero me sigue de cerca, el muy cabrón es el más rápido, alarga sus huesudas manos rozándome los tobillos, mientras salto como un loco, patino con la luna delantera de un Seat Ibiza y me caigo de espaldas en el capó.

Me coge con la mano el pie izquierdo y aprovecho para darle una patada con la planta del derecho. No me suelta, así que cojo el bate con la mano derecha y le rompo el brazo con un golpe seco. Ni se queja, definitivamente no siente dolor, pero el cuerpo es igual al nuestro. Así que me deja ir y aprovecho para atizarle de nuevo, esta vez en la cara, haciéndole caer entre dos coches pintando la carrocería de uno de ellos con los restos de su tez pálida y cadavérica.

Esprinto como un caballo de carreras e intento abrir la puerta del coche, lo ha cerrado desde dentro, busca el botón de desbloquear los seguros y me siento en la plaza del copiloto.

-Vámonos de esta locura, definitivamente ha sido lo más absurdo que he hecho en mi vida, joder, si pudiéramos tener cartuchos para la recortada… -Digo resignado.

-Deberíamos buscar una armería o algo, iríamos mucho más seguros.- Me dice mientras no quita el ojo de la carretera.

-Pero es que no conozco ninguna por aquí… -Voy mirando a los lados pero esto no tiene pinta de tener nada parecido.

Ahora sí que estamos llegando a la nacional que pasa paralela a las vías del tren de la costa mediterránea del Maresme. No son municipios muy grandes, pero están a las afueras de la ciudad de Barcelona y eso sí que nos da miedo, según íbamos saliendo, peor estaba la cosa. La lentitud con la que hemos recorrido lo que llevamos de camino, nos ha hecho perder tiempo y combustible.

Aquí no podemos esperar que sea diferente el panorama. La rotonda que dirige a la nacional está bastante colapsada de coches, espero que no estén bloqueando totalmente el camino y podamos pasar. Porque aquí sí que están las casas cerca de la carretera.

Y ya sabemos lo que hay en las casas hoy en día…

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