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HOTEL CALIFORNIA

Capitulo 59 "HC la novela zombie"

PATRICK DIA XV PARTE II (Capítulo 59)

PATRICK DIA XV PARTE II (Capítulo 59)


 

Llevo más de media hora leyendo el mismo reportaje en la pantalla del ordenador portátil de Jared, lo he repasado al menos diez veces. Me parece increíble que Pete haya contactado con alguien interesado en nuestra historia. Para bien o para mal, este suceso nos va a hacer famosos, además se llevó los documentos del doctor, es el mejor.

Ellos, llevan un rato hablando sobre qué hacer, el panorama aquí es el siguiente: gracias a nuestros esfuerzos, el desguace es un buen escondite, tenemos agua, generador eléctrico que nos ayudará a conservar la comida que hay en los congeladores y mucho carburante, pero unos huéspedes muy maleducados del Hotel California han convertido esto en un sitio poco seguro debido a los centenares de Z que se agolpan alrededor.

 

En otra situación, las cercas del recinto los tendrían lejos de nosotros, pero son muchos, muchísimos, de modo que si se dan cuenta que estamos aquí, no les costará demasiado tirar la valla con su propio peso. Cuando uno de ellos nota la presencia de cualquier animal vivo, hace poco mirando por el agujero del armario los vi perseguir un perro, emite ese gruñido gutural ahogado por líquido y los demás al escucharlo corren a destrozar a ese pobre infeliz.

Tenemos que ser más cautos que nunca. El imbécil del tirador, lleva rato sin disparar, está fuera asomado buscando a alguien, supongo que al tipo que dice que vio. En contra de todo pronóstico, los no muertos no se mueven de la zona, alguno llamado la atención por algo que se mueve en el bosque desaparece pero también se están incorporando nuevos. En total, están los mismos que ayer en número. Dentro de los coches también hay, algunos inmóviles y otros que dan sacudidas en el asiento del conductor, del que no se pueden liberar debido al cinturón de seguridad.

 

Cuando salgo de mi trance literario, me acerco a ellos. Ya lo he leído bastantes veces hoy.

 

-¿Qué vamos a hacer Jared? –Pregunto.

 

-No lo sé Patrick, hagamos lo que hagamos tiene que ser una decisión de todos.- Me responde mientras me pone una mano en el hombro.

 

-Me gustaría ir a la redacción, ese tipo sabe muchas cosas, quiero hablar con él. –Le digo mirando al suelo.

 

-Lo entiendo, chaval. –Dice Jared.

 

Tomo interrumpe la conversación mirando a Shannon y buscando su complicidad ante lo que va a decir.

 

-Decidas los que decidas, estamos contigo. Somos una familia, extraña pero una familia al fin y al cabo.- Concluye con una sonrisa en sus labios.

 

-Dinos como podemos ayudar a Patrick y haremos lo posible.- Dice Shannon respaldando la opinión de Tomo.

 

-A ver que os parece esto, Patrick y yo vamos a la redacción con las motos, preparad el Lancia y el 500 por si tuviéramos que ir a buscar a su hermano, echadles gasolina y coged todo tipo de barras metálicas para defendernos, no tenemos armas de fuego, así que tendremos que apañarnos con eso. Patrick, prepárate con el mono de piel de las motos y casco, tendremos protección contra esos miserables. ¿Qué pensáis? –Jared está decidido pero pide opinión.

 

Los chicos se miran y asienten con la cabeza. A ellos también les parece buena idea. A mí, naturalmente me parece lo más correcto, quiero encontrar a mi hermano pase lo que pase y si muero en el intento, no será en vano. Pero por otra parte, me sabría fatal que les pasase algo a ellos.

 

-Por mí, perfecto Jared. Tienes todo mi apoyo.- Confirmo.

 

Le damos una última ojeada a las noticias de la televisión, desde hace horas son las mismas, la programación normal ha sido interrumpida de forma definitiva y las últimas novedades hablan de toque de queda en la ciudad, accesos restringidos y que los tribunales y bancos dejarán de estar operativos. Ya que han sido los últimos en quedar, los negocios pequeños ya cerraron sus puertas por miedo a los saqueos.

Las fuerzas del orden dejaron de ser las que mandaban en la calle, donde la muchedumbre colapsaba avenidas y destrozaba todo a su paso. Seguro que son los de siempre, cuatro exaltados que aprovechan el caos para montarla, ya que no se habla de los infectados. Un corresponsal que está atrincherado en un piso, en el que el balcón da a la calle habla de presencia militar esporádica y que ya se puede hablar de ciudad fantasma por el poco movimiento que hay. Quien lo diría hace solamente un mes.

 

Bajo al taller a buscar la indumentaria para los dos, mono de moto, guantes, botas y cascos. El ambiente ahí fuera es hostil. Jared baja y empieza a vestirse, se pone su mono negro y su querido casco Arai de Mike Doohan. Cojo una tubería de acero con un racor en la punta que hace un poco de curva y contrapeso, me lo coloco cruzado en la espalda a modo de espada samurai, es un poco incómodo pero necesito tener algún artilugio para golpear.

Las dos motos tienen los depósitos llenos y mi maneta del embrague sigue rota, joder, no la he arreglado. Me servirá para acordarme de que ahí fuera, lo mejor es estar atento a todo. Me coloco mi casco Diamondback y me preparo para otra incursión en el infierno.

 

-Saldremos por la valla trasera, que da al bosque, bajamos con las motos sin encender el motor y así no se nos escuchará, no solo para los podridos, sino también para los distinguidos huéspedes del hotel.- Dice mientras se ajusta los guantes.

 

Shannon y Tomo, nos desean suerte y meten los coches poco a poco en el taller para prepararlos sin encender el motor. Más vale prevenir, si tuviéramos que ir a buscar a Pete lejos, no podríamos ir con las motos, ya que no son seguras para recorrer una distancia larga. La cobertura que puede dar una carrocería, nunca será comparable a la de una moto, por mucho que sea más rápida y fácil de manejar en una colapsada ciudad.

 

Empujamos las motos apagadas por el cementerio de coches, pasando por detrás de los vehículos más grandes para que no se nos vea, Jared desmonta los tensores de la alambrada y la enrolla sobre sí misma, voy vigilando que no se nos vea y que por fuera no hayan cadáveres andantes. Jared se monta en la moto y baja la visera.

 

-Vamos, chico. Nos queda un buen trozo.

 

Bajamos el bosque encima de nuestras monturas sin encender el motor aún, me voy retorciendo como una anguila, el tubo en la espalda es realmente un incordio. Jared ha cogido un candado de moto flexible, es como una cadena pero más gruesa y recubierta de goma semitransparente azul, Tomo le fabricó un contrapeso para la punta. La lleva atada a la cadera, podría llevar una igual con el tiempo que he tenido allí para fabricar una. Vemos la carretera al fondo, es la autopista que veíamos desde el desguace, definitivamente está impracticable, los vehículos se agolpan de un modo que no sé si podríamos pasar ni con las motos. Lo que está claro es que si nos saliera un atacante sería prácticamente imposible escapar. Esa idea la deshecha Jared. No hay autopista.

 

Él se conoce la ubicación del edificio exacta donde vamos debido a que una distribuidora de recambios de la ciudad está justo al lado. Pasamos por el paso de tierra paralelo a la autopista, ya que ésta se encuentra sobreelevada hay un túnel para cruzarla, me hace un gesto para que encienda el motor. Al pasar por debajo el eco anuncia de nuestra presencia de una forma que me sorprendió hasta a mí, él me indica que pase sin acelerar. El otro lado de la carretera, abre un paisaje desolador, al fondo hay un acceso a un polígono industrial y en las calles de entrada a las fábricas hay un centenar, puede que más, de esas cosas, quietas, esperantes, manchadas, dejadas y en un trance que desaparece a nuestro paso.

Aquellas figuras empiezan a girarse en nuestra dirección, en campo abierto con tanta luz creo que podremos esquivarlos. Las motos son rápidas y la carretera parece ancha. Pasamos el camino de tierra y llegamos al polígono, me acerco a Jared, a golpes de gas va esquivando a esos que algún día fueron abogados, médicos, carpinteros, electricistas y miles de oficios de los que no quedan muchos operarios en kilómetros a la redonda. Pero están muy lejos y nos da mucho tiempo a sortearlos, si la calle fuese más estrecha, otro gallo cantaría.

 

Llegamos a una carretera general que accede a la ciudad, por aquí no hay tantas siluetas tambaleantes, algunos ves pero no van en grupo, ni siquiera en parejas. Es hipnótico mirarlos, tienen un surtido variopinto de heridas, todas ellas seguidas de cuajarones de sangre negruzcos de diversas consideraciones. Los más peligrosos e insistentes son los jóvenes, en los casos que ya se infectaron de mayores, sus cuerpos que heredaron las hordas de caminantes del infierno estaban más trillados y menos ágiles. Pasas por su lado y todo que su primera reacción es el ataque más inmediato, sino lo impiden sus graves heridas, el cuerpo es el cuerpo, por mucho que el virus mantenga en vida un ser que debería estar enterrado, éste no gana superpoderes ni nada por el estilo. Tienen la misma fuerza, agilidad o incluso menos que cuando estaban vivos. Es normal, la ventaja más terrorífica que los convierte en temibles es sin lugar a dudas su total ausencia de miedo y de dolor.

 

Lo cual no significa que no sean peligrosos, es lo más peligroso que tienen,un par de ellos se han tirado a la moto de Jared dándose un golpe bestial en el suelo al no alcanzarlo, en vida habrían salido muy perjudicados, en cambio estos han seguido en el piso gruñendo cuando pasaba yo. Me estremezco solo de pensarlo. Delante nuestro un pelotón del ejército a lo lejos, creemos que están eliminando sujetos porque parece que hemos oído un disparo. Me acerco a Jared.

 

-¿Qué hacen esos? –Le pregunto.

 

-No lo sé. Espera. –Me dice mientras miramos fijamente a qué disparan.

 

Dos tipos militares andando con fusiles de asalto van abriendo portales y gritan al asomarse. Vuelven a ir a otro portal, en el tercero o cuarto han abierto fuego, corren hacia atrás y un tipo con una calibre 50 que tiene en la torreta del URO dispara a quemarropa hacia dentro del edificio. De pronto, el suelo empieza a temblar debajo nuestro, miro a Jared sorprendido, antes de poder darnos cuenta un vehículo militar pesado se postra ante nosotros, una voz enlatada sale del megáfono.

 

-Zona restringida. Ustedes no pueden estar aquí.- Se abre la escotilla superior del vehículo.

 

Jared me dice:

 

-¡Corre sígueme! –Me grita aterrorizado.

 

Entramos por las calles a toda velocidad, con el neumático trasero buscando un poco de adherencia pero sin tener suerte, la estampa debe ser de calendario de anuncio de Aprilia, dos de sus modelos más potentes corriendo por las calles de una ciudad devastada, emitiendo un ruido ensordecedor y seguidos por un pelotón del ejército gritando para que nos paremos.

Si hombre, para que nos disparéis. Tenemos que esquivar los automóviles que hay parados por las calles, dejan un espacio más grande que un carril normal, pero no mucho más, antes eran calles de más de tres por sentido. Mientras esquivamos vehículos, ellos en cambio si no les queda más remedio los arrastran o embisten haciéndoles perder más tiempo que el que empleamos nosotros para pasar por el mismo sitio.

 

A dos calles, nos hemos dado cuenta que no les hacía falta que parásemos para que intentasen afinar puntería con nosotros, un arma automática abre fuego a unos quinientos metros, vamos girando por todas la calles que nos encontramos para que durante unos segundos quedemos cubiertos por las esquinas. Trozos de cristales, cemento y materiales de la más variopinta procedencia salpican nuestros cuerpos cada vez que giramos noventa grados en otra dirección.

 

Al llegar a una calle ancha y ante la imposibilidad de seguir girando, Jared me hace un gesto con la mano para que le siga. Aceleramos a fondo y nos metemos en la entrada de un garaje que hay al lado de un portal. No nos han visto y han seguido de largo, a los diez segundos aceleramos para reincorporarnos al asfalto, ellos están al menos a un kilómetro y aunque nos vieran, que no lo creo, no podrían girar, no tienen espacio, les dedicamos un cariñoso saludo con la mano, levantano el dedo corazón. Au revoir cabritos. Seguimos por las calles con un ritmo rápido, no tan extremo como antes pero sí ligero, con esta panda de podridos merodeando la ciudad, nada más faltaría que nos matase nuestro propio ejército.

 

Vamos llegando a la manzana de la redacción, hay unas vallas amarillas de plástico alrededor del edificio, una mirada un poco más detenida nos hace darnos cuenta que unos Anibal del ejército están en la puerta del recinto. Al parecer, el reportaje no ha hecho gracia a todo el mundo por igual, vamos frenando poco a poco, Jared se ha alejado unos metros y busca algo de su chaqueta, de repente una sombra a su izquierda salta entre dos coches y se le echa encima. Le tira al suelo con la moto y ataca ferozmente el antebrazo que ha colocado para cubrirse la cara, le muerde sin parar ,gruñe y lo agita con los brazos. Mi teoría tristemente se cumple, los jóvenes son los más peligrosos. Lo está zarandeando como un muñeco, Jared es un tipo atlético, pero entre la postura de él y la rabia con la que actúan esos seres, son unos cazadores implacables, le está ganando la batalla. Saco el barrote, acelero la moto con todas mis ganas sujetando el arma con la mano izquierda extendida, cuando paso por el lado, le golpeo en la cabeza y un salpicón de sangre adorna su escondite hasta el momento.

 

Me doy la vuelta, Jared se ha incorporado, levanta la moto, está exhausto y supongo que muy asustado, le han mordido. El maldito ese, se levanta con la mandíbula colgando de un trozo de carne rojiza, vuelvo a repetir la embestida solo que esta vez con una postura imposible puesto a que le tengo que dar con la mano izquierda y él está en mi derecha. El golpe es atroz, escucho todo tipo de sonidos orgánicos aliñar las carrocerías de los vehículos aparcados, pero esa extraña postura me hace perder el equilibrio y caigo afeitando el asfalto. Cuando me reincorporo, me toco para ver que no me he hecho nada, veo a otra de esas cosas agazapada entre un Fiat Bravo y un VW Golf. No me está mirando así que cojo poco a poco mi barrote, lo levanto por encima de mi cabeza y digo:

 

-Jódete, miserable.

 

Antes de que le de, se gira y me dice:

 

-No, no. No soy uno de ellos, no me des. –Dice mientras usa sus brazos para cubrir su cráneo.

 

-Emmmm… No claro que no, no soy un asesino… -Me quedo perplejo ante aquello, la adrenalina ha estado a punto de hacerme pasar una mala pasada.

 

-No soy uno de ellos… aún… a no ser que no pueda entrar a coger mi coche.- Dice mientras apunta al aparcamiento del edificio de la redacción.

 

-¿Trabajas allí?.- Pregunto apresuradamente a ese tipo de cara ensangrentada.

 

-Sí, claro. Soy el jefe. –Me dice sin entender que importancia tenía aquello ahora mismo.

 

-¿Bob? –Pregunto sorprendido.

 

-¿Nos conocemos? .- Me mira sorprendido.

 

-Conoces a mi hermano. ¿Sabes quién soy? –Le pregunto con retórica.

 

-Claro, eres Patrick, joder qué casualidad. ¿Qué haces aquí? .-Me pregunta, mientras Jared se acerca a nosotros.

 

-¿Quién es éste?- Pregunta Jared perplejo.

 

-Es Bob, el reportero. ¿Te ha mordido? ¿Te ha pasado algo?

 

-No, no que va, gracias.- Me contesta a prisa Jared.

 

-A ver. Déjame ver.- Le digo intentando levantarle la chaqueta.

 

-¡QUÉ NO ME HA MORDIDO JODER!.- Me dice sobresaltado, nunca me había hablado así.- Lo siento Patrick no quería… no era mi intención… lo siento… -Me dice sin enseñarme el antebrazo.

 

Bob se incorpora y nos alarga la mano para estrecharla a modo de saludo a los dos. Me mira de arriba abajo, está hecho un guiñapo.

 

-A ver, chicos. Como os explico esto… A Pete le han preparado una trampa, en unas veinte horas un cabrón asesino a sueldo que han mandado los responsables del orfanato lo ha citado para acabar con él, se han hecho pasar por mí y se lo ha creído. Debemos evitarlo. –Nos dice sobresaltado.

 

Mi cara ante la apresurada noticia debe ser un poema. Voy a ver a mi hermano.

 

-Entonces ¿sabes dónde está?-Le digo perplejo.

 

-Ahora mismo no lo sé, solo me enteré que le contestó el mail y le citó allí. Estará de camino supongo.

 

-¿Dónde se han citado? –Vuelvo a preguntar.

 

-Tossa de Mar, Girona. A unos cien kilómetros al norte.

 

-Monta Bob, te acompañaré, él me salvó la vida muchas veces allí dentro y no me quedaré aquí para que él sin mi, muera. –Le digo mientras se sube a mi moto.

 

Jared mira la escena perplejo, no sé que estará pensando de esto, yo lo tengo clarísimo, me voy a buscar a mi hermano y lo antes posible además.

 

Duda por un momento pero reacciona de la forma que solo él puede hacer.

 

-Vamos chicos, que el camino será movidito.-Jared se pone el casco.- Bob sube mejor aquí, iremos más rápidos que no si te lleva Patrick. ¿No te importa verdad?

 

-No, no. Por mi mejor, tú sabes conducir mejor y más rápido con alguien detrás. –Le digo convencido.

 

Corremos por las calles de la ciudad como si nos fuera la vida en ellos, es más, nos va la vida en ello. Jared es un gran piloto y aún llevando alguien detrás, me cuesta horrores seguirle. Deshacemos el camino en menos tiempo que antes, nos hemos encontrado otro grupo de militares, pero como los hemos visto a lo lejos, Jared ha cogido un atajo y los hemos esquivado.

No deja de sorprenderme la imagen de los Z, es una imagen terrorífica. Están por todos sitios, no muy concentrados, pero sí en los lugares más variopintos, encima de la hierba de las rotondas, puentes que cruzan las rondas poseen figuras inmóviles, que miran al horizonte sin buscar nada. Solo viendo el tiempo pasar. Me estremezco cada vez que veo un niño pequeño o un anciano, son los más tristes de ver sin duda. Uno joven y ágil, mejor que no lo mires demasiado tiempo si pasas a su lado, por tu seguridad.

 

Subimos el bosque que delimita con el desguace, nuestro hogar, haciendo el mínimo ruido posible. Entramos por la verja abierta, cuando hemos pasado todos, Jared vuelve a colocar la valla en su sitio y coloca un bidón de aceite de motor sucio delante, los arrastramos entre los dos, pesa bastante. Pasamos por detrás de los coches para que no se nos vea, me asomo e indico a Jared:

 

-No está el de los disparos.- Digo.

 

-Ahora no hables Bob, tenemos unos vecinos muy especiales, ahora te lo explicamos.- Dice Jared susurrando.

 

-De acuerdo.- Bob asiente con la cabeza mientras anda por el cementerio de coches.

 

Vamos metiendo las motos poco a poco entre los vehículos, cuando me doy cuenta de algo siniestro. La huella de una mano ensangrentada sobre la ventana de uno de los coches, que está esperando para ser compactado algún día lejano, evidencia que mientras hemos estado fuera, alguien o algo ha entrado aquí. Debo avisarles, si se meten dentro de nuestra zona estamos perdidos.

Un escalofrío me recorre la columna vertebral al pensar que a lo mejor me está viendo en este momento. ¿Cuándo ha entrado? La verja estaba solo visible para alguien que estuviera realmente cerca o en su caso la empujase para ver que estaba fuera de sus tensores. Corro agachado entre los turismos hasta llegar a la verja que separa el cementerio del taller.

 

-Chicos, alguien o algo ha entrado mientras nosotros estábamos fuera, he visto huellas que no son nuestras entre los vehículos. Una mano ensangrentada en el Audi A4 plata. –Les digo visiblemente asustado.

 

-¿El de la entrada de la verja?- Me pregunta Jared.

 

-Sí, ese mismo.-Digo.

 

-Nosotros no hemos visto ni oído nada. –Dice Shannon con cara preocupada.

 

Todos me miran extrañados.

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