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HOTEL CALIFORNIA

Capitulo 62 "HC la novela zombie"

PETE NOCHE DEL DIA XV EN EL EXTERIOR (Capítulo 62)


La bajada de la carretera que dirige a la rotonda de la nacional está extrañamente vacía. Cuando llegamos a la intersección voy mirando hacia los lados, ahora conduzco yo. De repente, noto que Alba me aprieta el brazo con mucha fuerza y con la otra mano se tapa la boca para no gritar, me hace un gesto para que mire.

Un podrido tiene acorralado a un perro entre dos coches, es de los pocos que hemos visto vivos desde que esto empezó, se abalanza encima del pobre animal, le agarra la cabeza con la mano izquierda y las costillas con la derecha, lo tiene tumbado, el can le muerde todas las partes que puede al Z pero a éste le importa más bien poco. Le arranca el cuello al perro de un bocado, creando una fuente de sangre  al instante, el alarido del pobre cánido me hace estremecerme.

Con los nervios a flor de piel, seguimos nuestra ruta entre los coches abandonados, está anocheciendo y queremos pasar la noche en algún sitio que no sea la carretera. Así que haremos el camino hasta que nos lo permita la luz. En otras circunstancias puede que me atreviese, pero ahora somos un equipo, arriesgarse uno puede acabar con la vida de los dos y no estamos dispuestos a que eso pase. La nacional pasa por los pueblos costeros, uniéndolos en línea con las vías del tren de la playa paralelas a la calzada.

El trayecto, aunque lento, está bastante tranquilo, en las rotondas es el único sitio donde tenemos que ir esquivando cristales y objetos por el suelo, en el resto de la carretera hay un carril libre, al menos hasta ahora. Como en una de ellas, donde un camión de obras está empotrado contra la entrada de la estación, no quiero mirar, acelero y paso lo más rápido posible. Si tenemos que pasar la noche por aquí, no quiero que Alba se ponga más nerviosa. Ya sé que eso ahora es difícil que pase, porque con lo que hemos visto ya, cualquiera estaría años tratándose en un siquiatra. Pero intento evitarlo, al menos.

La oscuridad de las pequeñas poblaciones que vamos pasando es prácticamente total, no hay electricidad. La sensación claustrofóbica de la situación me está poniendo muy nervioso, los faros del coche son poco eficaces, todo y llevar las largas todo el tiempo. No creo que lo diseñaran pensando en esta catástrofe, me vienen a la cabeza tonterías, como pensar donde estarán los ingenieros, diseñadores, montadores o comerciales que en su día trabajaron para que este coche saliera a la calle. Todo se ha ido al garete, al menos todo lo que mi vista abarca, Barcelona nunca será lo que era.

Según avanzamos a Girona el tren no parece operativo, ya que hemos visto unos cuantos no muertos vestidos con los trajes amarillos fluorescentes en las vías, debían ser los de mantenimiento de Adif, vamos creo yo. Lo peor ha sido cuando hemos llegado a Mataró, un accidente ferroviario nos pone la piel de gallina, dos trenes han colisionado en la estación. Los restos humanos, de hierro y cristales se funden en unos charcos macabros, hay piezas de los trenes hasta en la calzada. Supongo que la gente desesperada por no avanzar la circulación por carretera, decidió tomar el tren, ya que las piezas colisionaron con los coches cuando ya estaban parados. La estación debía estar abarrotada en el momento del descarrilamiento, no quiero ni llegar a imaginarme el sufrimiento que se tuvo que vivir allí.

El único aliciente que me hace seguir hacia delante es saber la recompensa que tendré al final de él. La carretera es muy dura en estas condiciones. Justo unos kilómetros más hacia delante, no podía proponerle a Alba quedarnos donde habíamos visto esa orgía de cuerpos, sufrimiento y desolación, nos vimos forzados a parar.

Del lateral izquierdo, seducido por la luz que emanan los faros delanteros del vehículo de Stuttgart uno de esos miserables se tiró en el lado derecho del coche, golpeó en la aleta y fue deslizándose por la carrocería hasta impactar con la luna delantera. Astilló toda la parte del copiloto y el faro derecho dejó de funcionar correctamente, la luz que sale es de un color púrpura. Eso ayuda bien poco en esta oscuridad casi total. Por tanto seguí unos metros para buscar guarida, a la izquierda de la vía rápida hay una gasolinera.

Puesto que las gasolineras, fueron de los primeros comercios en quedarse sin materia prima que vender, suelen estar cercadas alrededor con vallas metálicas, en este caso azuladas. Sé que si son muchos, eso no los parará, pero el ruido que hacen al caer, pueden avisarnos antes que de que estén cerca.

Por lo que vemos desde nuestra posición, está intacta. Doy la vuelta por debajo del túnel que conduce a la playa porque el carril está separado por la mediana de hormigón. Conduzco hasta las zonas de lavado de coche y lo meto allí. Me giro hacia Alba.

-Voy a sacar la pata de cabra que cogí del garaje de tu vecino, cuando lo cierre sal con los bates. ¿Vale?- Le digo besándola para que se tranquilice.

Salgo hacia fuera, no hay nada ni nadie, abro el maletero que el 911 tiene en la parte delantera y saco la barra de los ladrones. Es de color naranja y creo que no la han usado nunca, no hay marcas en la punta, la pintura está intacta. Justo al cerrarlo con sumo cuidado, la puerta del copiloto se abre, sale ella. Me fijo en el daño que ha causado el Z contra el coche, la aleta está desencajada con el paragolpes, el faro está roto y la luna astillada.

Era duro el tipo, seguro que está aún andando por ahí, eso sí, un poco más perjudicado. La cojo de la mano y nos dirigimos a la entrada principal de la tienda de la pequeña gasolinera, la puerta y los marcos del escaparate son de aluminio, será fácil abrirlos. Con la pata de cabra fuerzo la puerta con la parte más curvada y apoyándome ligeramente en el cristal, suena un clac, la cerradura ha cedido enseguida. Me podría dedicar a ladrón profesional, abro la puerta lo más sigiloso posible sin darme cuenta que unas bolsas de patatas han caído al suelo y al pisarlas, la pequeña explosión y los crujidos de los snacks, me hacen poner unas muecas extrañas temiendo lo peor.

Giro la cabeza suavemente al interior de la tienda, no llevamos linterna, de modo que voy fijando la mirada en las sombras. Al entrar, la pared que queda delante no está a más de cuatro metros y la profundidad a la derecha es de unos diez más. Las estanterías de un metro y medio recorren el local paralelos a la pared más larga. Recorro el pequeño comercio con la pata de cabra levantada a la altura de mi cara, caminando lento, mirando al frente forzando la vista para ver en la oscuridad y con una chica de mi misma edad más o menos agarrada al bolsillo trasero de unos Levi´s gastados que alguien donó a los pobres y mis queridos cuidadores del orfanato me dieron.

Le indico que cierre la puerta de detrás  nuestro, seguimos recorriendo la tiendecita a una velocidad de tortuga. No veo nada y si sale un gul ahora, voy a tener que despacharlo con las manos. Abrimos los servicios del fondo, no hay nada, seguimos por las otras habitaciones. Son solo pequeños almacenes de papel higiénico y artículos de limpieza. Damos la vuelta y volvemos a la tienda. Cogemos unas mantas, una almohada de HelloKittie, unos aperitivos y nos tumbamos en el suelo a pasar la noche. Por la vidriera, puedo ver como pasan algunos seres sueltos, perdidos, arrastrando los pies, muchas veces descalzos, en dirección a la carretera de abajo. Recostado en la pared y con Alba durmiendo en mi pecho, decido quedarme esperando, no quiero dormirme.

Ella cree que estamos seguros aquí, pero me parece que es el sitio menos seguro que hemos elegido para quedarnos.

 

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